Выбрать главу

Continuaron acostados en la penumbra, separados por un abismo, en un mar de pena, sufrimiento y desilusión. Doug la había vencido. India había perdido parte de su integridad y lo único que le quedaban eran las obligaciones domésticas. Podía cocinar, lavar y fregar para Doug, llevar en coche a sus hijos y cerciorarse de que no les faltaba nada. Podía preguntarle cómo iban las cosas en el despacho y abrigar la esperanza de que no estuviese demasiado cansado para responder. Podía darle lo que, para bien o para mal, le había prometido hacía muchos años. En lo que a ella se refería, la derrota era total, y todas sus ilusiones se habían perdido en el pasado.

11

Gail telefoneó varias veces a India desde el regreso de las vacaciones, pero no habían conseguido hablar. Le dejaba alegres mensajes en el contestador, pero cuando India telefoneaba ella no estaba en casa. Habían hablado sólo dos veces desde su regreso de Europa. Gail intuía que su amiga estaba en crisis, pero siempre que se lo preguntaba India respondía que todo iba bien.

Gail comentó que el viaje por Europa había sido más divertido de lo que cabía esperar. Jeff se había mostrado muy animado y, por milagroso que pareciera, durante los largos trayectos en coche los chicos no se habían peleado. Había sido el mejor viaje de su vida.

Las amigas no pudieron verse hasta el comienzo del curso escolar. Se encontraron en el aparcamiento, después de que Sam y los gemelos de Gail entraran en la escuela. En cuanto avistó a India, supo que durante el verano le había sucedido algo terrible.

– ¿Qué te pasa?

India no había tenido tiempo de recogerse el pelo. Había hecho dos trayectos en coche y ya estaba agotada, despeinada y desarreglada.

– No he tenido tiempo de peinarme – explicó, sonrió y se mesó la rubia cabellera -. ¿Tan mal aspecto tengo?

– Sí – respondió Gail con franqueza y la examinó con preocupación -. Pero no tiene que ver con tu pelo. Has adelgazado mucho.

– ¿Y qué tiene de malo?

– Nada, salvo que pareces un cadáver.

India se sentía como muerta, pero no había querido inquietar a Gail.

– ¿Qué ha pasado? ¿Estuviste enferma? – insistió ésta.

– Más o menos – repuso India vagamente.

Intentó eludir la mirada de Gail y no lo consiguió. Cuando su amiga se proponía averiguar algo era toda una sabuesa.

– ¡Bendita seas! ¿Estás embarazada? – dijo Gail, pero no parecía preñada, sino triste e interiormente arrasada. Su problema era más grave que sufrir náuseas matinales -. ¿Tomamos un cappuccino?

– Sí, claro – aceptó India sin demasiado entusiasmo.

Tenía que organizar muchas cosas, hacer la colada y telefonear a varias madres para confirmar el reparto de los traslados en coche; el tiempo se le echaba encima.

– Nos vemos dentro de cinco minutos en el Caffe Latte.

Se dirigieron a sus coches. Cuando India llegó Gail ya había pedido para las dos. Sabía perfectamente que su amiga pedía el cappuccino con un chorrito de leche desnatada y dos terrones de azúcar. Poco después ocuparon una mesa apartada y pidieron dos raciones de bizcocho bañado con chocolate.

– Cuando te llamé a Harwich no comentaste nada. ¿Qué diablos te ha ocurrido este verano?

Gail nunca la había visto tan desgraciada ni carente de vida y rogó que no estuviese enferma. A su edad, ya entraban a formar parte de grupos de riesgo de padecer cáncer de mama. India bebió un sorbo de cappuccino y guardó silencio.

– ¿Sé trata de Doug y de ti? – inquirió Gail con una chispa de inquietud.

– Tal vez. En realidad se trata de mí. No estoy muy segura… La bola de nieve comenzó a rodar en junio y se ha convertido en una avalancha.

– ¿Qué bola de nieve? – Gail no sabía a qué se refería -. ¿Has tenido una aventura en Cape Cod?

Tenía la certeza de que era una pregunta absurda, pero merecía la pena plantearla. Nunca se sabe. A veces las mosquitas muertas como India daban la sorpresa. En el caso de que hubiera tenido una aventura, las cosas no habían ido bien.

– Antes de que terminase el curso tuvimos una charla y planteé la opción de volver a trabajar – explicó India con pesar -. Me refiero a la época en que rechacé el encargo en Corea. No lo sé muy bien… tal vez fue por eso… Francamente, ignoro qué lo desencadenó. Llegué a la conclusión de que me gustaría realizar un reportaje de vez en cuando, nada del otro mundo, una noticia como la que cubrí en Harlem.

– Fue un reportaje importante. Merecías un premio. Fue muy significativo.

– En resumen, pensé que podría cubrir noticias en Nueva York… como máximo dentro de Estados Unidos, siempre y cuando no requirieran demasiado tiempo o viajar muy lejos. Supuse que encontraría a alguien que cuidaría de los niños mientras yo trabajara.

– ¡Fantástico! – exclamó Gail entusiasmada, aunque era evidente que la cosa no acababa ahí -. ¿Y qué ocurrió?

– Doug rugió de cólera. En resumidas cuentas, amenazó con dejarme si lo hacía. Prácticamente no nos hemos dirigido la palabra en todo el verano ni hemos convivido como marido y mujer – reconoció sombría, y Gail comprendió la esencia de lo que decía.

– Por lo que cuentas, se comporta como un troglodita – dijo Gail sin miramientos.

– Más o menos. Lo planteó con toda claridad. Básicamente me ha prohibido aceptar trabajos. Me acusó de traicionarlo, de incumplir el pacto que hicimos cuando nos casamos, de querer destruir nuestra familia. Y añadió que no lo permitiría. Puedo elegir entre realizar un reportaje y que Doug me abandone o mantener la boca cerrada, seguir haciendo lo que he hecho durante catorce años y continuar casada. Así de simple.

– ¿Y cuál es tu recompensa? ¿Qué obtienes si sacrificas tu talento para aplacar su orgullo? Creo que se siente amenazado y atemorizado. ¿Qué te ofrece para dulcificar el pacto?

– Nada. Y hay algo más… – A India se le llenaron los ojos de lágrimas y apoyó la taza en el plato -. En junio fuimos a cenar y mantuvimos una charla delirante. Se refirió a mí como si fuera mano de obra que alquiló hace años. Espera que cuide de sus hijos y siga en casa. – Las lágrimas resbalaron lentamente por sus mejillas cuando añadió -: Sinceramente, a estas alturas ni siquiera estoy segura de que me quiera.

Los sollozos le impidieron continuar.

– Claro que te quiere. – Gail la miró conmovida y la compadeció -. Tal vez no quiere dar el brazo a torcer o no sabe cómo demostrarlo. No es tan distinto de Jeff. Mi marido cree que formo parte del mobiliario, pero si me perdiera probablemente se moriría.

– Yo no sé lo que siente Doug. Se expresó como si yo fuera un objeto de su propiedad, no como la mujer a la que ama. Dudo que me quiera. Además, estoy tan furiosa con él que, aunque me ame, ya no me importa. Me siento muy mal… Tengo la sensación de que este verano mi vida se ha desmoronado. – Gail la observó y se preguntó qué más había ocurrido. Sospechaba que la historia no acababa ahí, pese a que lo que había oído era suficiente para alterar a cualquiera. India se sentía ignorada e infravalorada por su marido -. Le he dicho que no aceptaré más reportajes, ni siquiera como el de Harlem. Mantendré mi nombre en la lista de la agencia pero rechazaré sus propuestas. De lo contrario Doug me dejará. La discusión ha durado dos meses y el verano ha sido una tortura. Si defiendo mis ideas echaré a perder nuestra relación, y no estoy dispuesta a destruirlo todo.

– ¿Y por eso renuncias a lo que quieres? – Gail se sulfuró pese a que comprendía bien la situación -. ¿Qué dijo Doug? ¿Te lo agradeció? ¿Te ha entendido?

– No. Tengo la sensación de que era lo que esperaba. La noche que se lo expliqué intentó hacerme el amor después de casi dos meses sin tocarnos. Estuve a punto de abofetearlo. No ha vuelto a acercarse desde entonces. Ya no sé qué camino tomar… ¿Qué puedo hacer? De pronto todo lo que hacía ha dejado de ser correcto. Siento que este verano he perdido parte de mi integridad y no sé cómo recuperarla. Me parece que le he entregado mi corazón y mis entrañas.