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Caminaron lentamente hasta los coches. Gail la abrazó y le dijo:

– India, no descartes totalmente tu relación con Paul Ward. Algunos hombres se convierten en buenos amigos y, aunque no puedo explicarlo, sospecho que hay más de lo que reconoces… o de lo que estás dispuesta a decir. Cuando hablas de él, tu rostro adopta una expresión peculiar. – La mirada de su amiga se animó y alegró la cara -. Sea lo que sea, no renuncies. Lo necesitas.

– Lo sé – murmuró India -. Creo que Paul me compadece.

– No lo creo. No puede decirse que, en general, seas una figura patética. Eres guapa, inteligente, divertida y graciosa. Probablemente lo atraes y es uno de esos escasos ejemplares que se mantiene fiel a su esposa. Por deprimente que resulte hay que tener en cuenta esta posibilidad.

Gail sonrió con complicidad e India soltó una risita:

– Eres incorregible. ¿Qué hay de ti? ¿Has encontrado nuevas víctimas con las que comer o recorrer moteles?

Las amigas no tenían secretos o, mejor dicho, no los habían tenido hasta entonces. India no estaba dispuesta a reconocer que encontraba muy atractivo a Paul. Le pareció mejor salvaguardar el secreto. Además, probablemente todo era fruto de su imaginación. Claro que la llamada desde Gibraltar sí había sido real. Tal vez Paul estaba aburrido o se sentía solo después de cruzar el Atlántico. Podría haber telefoneado a Serena, pero en cambio quiso hablar con ella. India le había dado vueltas y más vueltas al asunto, qué razón podía tener para llamarla y al final había llegado a la conclusión de que carecía de relevancia.

– Dan Lewison tiene novia – informó Gail -. Harold y Rosalie se casan en enero, en cuanto el divorcio sea definitivo. De momento no hay novedades.

– ¡Qué aburrido! Creo que debería darte el número de Paul – bromeó India y rieron.

– Me encantaría. Chica, tómatelo con calma y alegra el ánimo. Esta noche, cuando Doug llegue, patéale las pantorrillas. Te vendrá bien. Además, se lo merece.

India estuvo de acuerdo. Se despidió con un ademán mientras subía al coche. Se sentía mucho mejor después de ver a Gail y contarle sus penas. No era mucho lo que podía hacer para dar un giro a su vida, pero hablar con su amiga la había ayudado.

Recogió a los niños y, como de costumbre, llevó a Jason y a Aimee a clase de tenis. Sam fue a visitar a un amigo y regresó a la hora de cenar. Jessica estaba entusiasmada por iniciar el segundo año de instituto. Dos chicos del último curso la habían mirado y uno le había dirigido la palabra. Afortunadamente Doug se quedó en Nueva York por una cena de trabajo; India no estaba de humor para vérselas con él. Dormía cuando su marido regresó en el último tren y se acostó a su lado.

Doug ya se había levantado y estaba en la ducha cuando India despertó. Se puso el tejano y una camiseta y, sin cepillarse el pelo, bajó corriendo, abrió la puerta al perro y se dispuso a preparar el desayuno.

Dejó el Wall Street Journal y el New York Times en el sitio de Doug y preparó café. Mientras llenaba de cereales los cuencos de sus hijos echó un vistazo a los periódicos y vio a Serena en la portada. Se sorprendió al comprobar que era la foto que le había hecho en verano; además, el Times la publicaba con el copyright a su nombre y se quedó paralizada, dejando caer los cereales sobre la mesa.

Mientras leía los titulares tuvo la sensación de que se ahogaba. La noche anterior había ocurrido un accidente aéreo en un vuelo de Londres a Nueva York y el FBI sospechaba que la causa era una bomba colocada por terroristas, aunque de momento nadie se había responsabilizado del atentado. Serena viajaba en ese avión. No había supervivientes.

– ¡Dios mío! – exclamó suavemente mientras se sentaba y sostenía el periódico con mano temblorosa.

El artículo refería que el avión había despegado después de una ligera demora debida a un problema mecánico y había estallado al cabo de dos horas de abandonar Heathrow. Transportaba a 376 pasajeros, incluidos una congresista de Iowa, un parlamentario británico, un conocido periodista de la ABC que regresaba de un programa especial que una semana antes había realizado en Jerusalén, y Serena Smith, escritora de éxito y productora cinematográfica de fama mundial. Mientras contemplaba la foto, India pensaba en los comentarios de Serena durante la sesión. Habían transcurrido casi dos meses y supo sin el menor atisbo de duda que Paul tenía que estar destrozado.

No sabía qué hacer, se preguntaba si era mejor escribir o telefonear y de qué modo podía contactar con él. Imaginaba la desdicha que sentiría Paul. Serena había sido una mujer difícil, no le gustaba navegar, pero era extraordinaria y sin duda sabía, como el resto del mundo, que Paul estaba loco por ella. El artículo añadía que tenía cincuenta años y que la sobrevivían su marido Paul Ward y su hermana, que vivía en Atlanta. India seguía con el periódico en la mano cuando Sam bajó a desayunar.

– Hola, mamá. ¿Qué pasa?

La mesa estaba cubierta de cereales y dio la impresión de que India había visto un fantasma. Se había quedado pálida como el papel.

– Yo… bueno, acabo de leer una mala noticia. – Al final decidió explicarle lo que pasaba -. Te acuerdas de Paul, el dueño del Sea Star, ¿verdad? Bueno, su esposa ha fallecido en un accidente aéreo.

– ¡Caramba! – Sam se quedó impresionado -. Supongo que Paul estará muy triste. A ella no le gustaba navegar.

La aversión de Serena por el mar era muy importante para el pequeño e indicaba claramente que tenía algún defecto. De todos modos, lo lamentaba por Paul. Mientras hablaban aparecieron los otros chicos y Doug.

– ¿A qué se debe tanto alboroto? – inquirió Doug.

El nerviosismo, debido sobre todo al aspecto de India, embargó a los niños. Bastaba mirar a su madre para saber que había ocurrido una tragedia.

– La esposa de mi amigo Paul murió a causa de la explosión de una bomba – comunicó Sam dramáticamente.

– Es bastante insólito – murmuró Doug y se sirvió café -. ¿Cuál es el apellido de Paul?

– Ward, Paul Ward – respondió India -. Es el dueño del velero que visitamos este verano. Estaba casado con Serena Smith, la escritora.

Él se acordó enseguida y enarcó las cejas.

– ¿Qué ocurrió? – preguntó Doug estupefacto.

– Viajaba en el avión que anoche estalló dos horas después de despegar de Heathrow.

Doug meneó la cabeza y abrió el Wall Street Journal. No entendía la desazón de su esposa. Desayunó y diez minutos después se fue sin decir nada. Los niños aún hablaban del accidente cuando los recogieron para ir al colegio. India se alegró de no tener que llevarlos.

En cuanto se quedó sola se sentó, clavó la vista en el periódico y se acordó de Paul. Sólo podía pensar en él y en lo afectado que debía de estar. No se atrevió a llamarlo. Sonó el teléfono y al responder oyó la voz de Gaiclass="underline"

– ¿Has leído el periódico?

– Acabo de verlo y no puedo creerlo.

– Nunca se sabe lo que puede ocurrir, ¿verdad? Supongo que nadie sufrió. Dicen que estalló repentinamente.

Otro avión que volaba a mayor altura había sido testigo de la explosión.

– Supongo que Paul está desconsolado. La adoraba.

Pero Gail ya pensaba que cuando Paul se recuperara del golpe sería libre y la situación plantearía un dilema interesante a India.

– ¿Lo llamarás?

– Creo que no debo entrometerme.

De repente India recordó la foto que les había hecho y decidió enviársela a Paul. Era un precioso retrato de la pareja y tal vez querría tenerlo.

– Por lo menos podrías asistir al funeral. Estoy segura de que dentro de unos días ofrecerán un responso por su alma. Tal vez Paul quiera verte – añadió Gail solidaria y pragmáticamente.

– Es posible.