Hablaron unos minutos y colgaron. India fue a buscar la foto, oculta entre el montón de papeles que tenía intención de guardar en el cuarto oscuro. A pesar de lo prometido no la había enviado a Serena. La contempló largo rato y se concentró en los ojos de Paul y luego en los de Serena. La actitud corporal de ambos era muy significativa. Paul estaba apoyado en el respaldo del sillón que Serena ocupaba en el Sea Star y, muy sonriente, ella reposaba la cabeza en el torso de su esposo. Costaba creer que hubiera muerto. Sin duda para Paul era algo imposible de asimilar. En cuanto pensó en él, se dijo que probablemente seguía en Europa, a bordo del Sea Star, o había cogido un avión a Estados Unidos cuando le comunicaron la noticia. Llegó a la conclusión de que no era aconsejable telefonear.
Se sentó a la mesa de la cocina, entre los platos del desayuno, y escribió una breve carta de sentida condolencia. Incluyó la foto en el sobre y luego cogió el coche para ir a correos.
Durante la tarde India tuvo la sensación de que flotaba. Le costaba aceptar la tragedia y aún seguía conmocionada cuando fue a recoger a los niños.
Logró preparar la cena y todavía no se había peinado cuando Doug volvió del trabajo.
– ¿Qué te pasa? Tienes un aspecto horrible, como si te hubieran secuestrado.
– Estoy muy afectada por lo sucedido – replicó francamente pues necesitaba compartir la pena con su marido -. Lo que le ha ocurrido a Serena Smith me ha conmocionado profundamente.
– Pero si apenas la conocías. Sólo la viste una o dos veces, ¿no?
A Doug el tema lo traía sin cuidado y la actitud de su esposa lo desconcertaba.
– Hicimos una sesión fotográfica para la cubierta de su último libro. Es la foto que hoy publica el New York Times.
– No me habías dicho nada – apostilló Doug y apretó los labios con contrariedad.
– Seguramente se me olvidó. Paul estaba loco por ella y sin duda estará destrozado – explicó India afligida.
– Suele ocurrir – comentó Doug sin entusiasmo y se puso a charlar con Jason.
A ella se le cayó el alma a los pies. Ya no existía comprensión entre ellos. No quedaba nada salvo el persistente resentimiento del verano, semejante al olor acre después de un incendio. Llegó a la conclusión de que, desde entonces, todo había ardido.
En cuanto los niños se acostaron India encendió el televisor de su dormitorio para conocer más datos sobre el atentado. Había mucha cobertura sobre el avión estrellado y un comentario breve acerca de Serena. En el telediario entrevistaron a varios expertos y al portavoz del FBI. Cuando repitió que Serena viajaba en el avión, el presentador informó de que el viernes se celebraría el funeral en la iglesia neoyorquina de San Ignacio. India continuó largo rato sentada, con la vista fija en el televisor, mientras daban las noticias deportivas y el tiempo, pensando en el consejo de Gail de que asistiera al oficio.
– ¿No piensas acostarte? – preguntó Doug.
India no se había duchado ni peinado, actividades que no tenían la menor importancia comparadas con la trascendencia del accidente. Su mente sólo estaba concentrada en lo que le había ocurrido a Serena.
– Dentro de un rato – replicó distraída.
Entró en el baño, cerró la puerta y se sentó en la tapa del váter. Pensaba en Paul, en su esposa, en la convivencia truncada, en la vida que había estallado en mil pedazos sobre las aguas del Atlántico. Desde el fondo de su ser la asaltaban ideas sobre su marido y de que ya no deseaba acostarse con él. Incluso le desagradaba la idea de que compartieran la cama. La situación no podía continuar indefinidamente. No sabía qué hacer, aunque era más fácil llorar por Paul y por Serena que por Doug, por sí misma y por el fin de su matrimonio.
Estuvo una eternidad en la ducha y se lavó la cabeza con la esperanza de que al salir Doug estuviese dormido, pero estaba sentado en la cama y leía una revista. Su marido le dirigió una mirada llena de frialdad.
– India, ¿cuánto van a durar estos jueguecitos?
Su modo de hablar no lo volvía atractivo ni seductor. Ella lo consideraba un carcelero, lo que no fomentaba en modo alguno una activa vida sexual.
– ¿A qué juegos te refieres?
– Ya sabes de qué hablo. Si te quedas en la ducha un segundo más te hubieras escurrido por el desagüe. He captado el mensaje.
– Fuiste tú quien durante el verano lanzó el mensaje. – De repente se sintió enojada, arrinconada, cansada, deprimida. ¿Qué les había ocurrido en los últimos tres meses? Su matrimonio se había convertido en una pesadilla -. Dejaste muy claro tu finalidad para conmigo hasta que te dije que no aceptaría más trabajos. Entonces decidiste que podías volver a tocarme. No es una actitud precisamente erótica. Te has salido con la tuya y crees que soy de tu propiedad. De acuerdo, lo soy, pero tendrías que ser más sutil.
India jamás le había dicho algo semejante y él se volvió como si lo hubiera abofeteado.
– Me ha servido de gran ayuda saber tu opinión.
– Lo dejaste muy claro. Decidiste que podíamos volver a tener relaciones en cuanto conseguiste lo que pretendías. Ni siquiera te tomaste la molestia de agradecérmelo, reconocer que hice concesiones o tan sólo decir que me quieres.
A esas alturas India sólo necesitaba saber que Doug la quería y estaba dispuesto a cuidarla.
– No dejas de repetir lo que ya sé – puntualizó irritado -. Y estás equivocada si crees que esa clase de declaración fomenta un ambiente íntimo.
– Pues lo siento mucho – espetó ella con la mirada encendida. Estaba harta de todo, especialmente de la actitud de Doug hacia la vida sexual. Después de ignorarla dos meses había dado el pistoletazo de salida y le molestaba que ella no estuviese dispuesta. No hizo nada por reparar el daño que le había causado durante el verano -. Quizá tendrías que haber incluido en nuestro pacto que el sexo se practica cuando tú estas de humor y que lo que yo sienta da igual.
– De acuerdo, India, te he entendido. Olvídalo.
Doug apagó la luz y la dejó plantada en la oscuridad, rabiando de ira. Le dio la espalda y al cabo de dos minutos dormía a pierna suelta. La discusión no lo había afectado. India continuó despierta durante horas. Sabía que había pronunciado palabras hirientes, pero Doug se las merecía.
Por fin cerró los ojos e intentó pensar en Paul y transmitirle sentimientos de comprensión y amistad. Cuando se durmió soñó con Serena. La escritora intentaba decirle algo pero, por mucho que se esforzaba, India no la oía. A lo lejos veía llorar a Paul solo. Pese a los denodados esfuerzos que hizo, en el sueño India no consiguió llegar hasta él.
12
A lo largo de los días siguientes los periódicos dedicaron una amplia cobertura al accidente e India leyó todo lo que cayó en sus manos. Pasó horas en la cocina hojeando los artículos. No era mucho lo que se sabía. Sospechaban de distintos grupos árabes, pero ninguno reivindicó el atentado; pero eso no tenía la menor importancia para los familiares de las víctimas. Los periódicos no hacían el menor comentario sobre Paul. Sin duda estaba muy afectado y se había aislado del mundo. A India se le partió el corazón.
El jueves vio una nota en el periódico, anunciando que el funeral de Serena se celebraría al día siguiente en la iglesia de San Ignacio. Permaneció largo rato con el diario en la mano.
Por la noche subió con Doug al dormitorio sin haber decidido si acudiría o no. Toda la semana la tensión entre ellos había ido ganando enteros. Tanto sus palabras como sus actos habían causado graves daños irreparables. India decidió que debía hablar con su marido. La palabra era lo único que les quedaba.
– Creo que mañana acudiré al funeral de Serena Smith en Nueva York – dijo y sostuvo en alto la percha con el traje negro que Doug le había regalado por Navidades.