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India no supo qué decir. No censuró la posición de Paul, pero lo cierto es que no había muerto y debía continuar su camino.

– No estabas destinado a morir. Sigues aquí y a ella no le gustaría que desperdiciaras tu vida.

– Lo sé, pero los terroristas la han echado a perder. Destrozaron mi vida y la de los demás.

– Te comprendo. – Le pareció inoportuno añadir que con el tiempo se sentiría mejor, pero algún día se recuperaría. La vida es así. Jamás olvidaría a Serena ni dejaría de amarla, pero con el tiempo aprendería a vivir sin ella porque no tenía otra alternativa -. Una temporada en el Sea Star te sentará bien.

India vio que Aimee atravesaba la cocina y salía y se preguntó cuánto tardarían Doug y Sam. De momento seguía estando sola.

– ¿Prometes llamarme? – insistió Paul, que se sentía desesperadamente solo.

– Claro. Tengo tu número.

– Yo también te llamaré. A veces necesito hablar con alguien.

India deseaba ayudarlo y la conmovió que se hubiese puesto en contacto con ella.

– Este verano me ayudaste mucho. – Presa de la desesperación, India sintió que le debía disculpas o una explicación -. Lamento decepcionarte.

– India, no me has decepcionado. Lo que no quiero es que te falles a ti misma y luego lo lamentes. No lo harás, lo verás. Tarde o temprano te armarás de valor y harás que tienes que hacer.

Ella se preguntó qué tenía que hacer. ¿Plantar cara a su marido? Si actuaba así lo perdería, y no era lo que quería.

– Aún no he llegado a ese punto y tal vez nunca lo alcance – reconoció con sinceridad.

– Algún día llegarás. Guarda tus sueños en lugar seguro y no olvides dónde los has dejado.

Este comentario fue muy cariñoso e India se emocionó.

– Paul, me alegro de tu llamada.

– Yo también.

El magnate parecía hablar totalmente en serio.

– ¿Cuándo te marchas?

Ella deseaba saber dónde estaba para imaginárselo y, si era necesario, ponerse en contacto con él.

– Esta noche. Vuelo a París, cambio de avión y me traslado a Niza, donde me espera el velero. – Los tripulantes habían viajado esa misma mañana y de Portofino a Niza la distancia era corta. Paul sabía que lo estarían esperando. Suspiró y miró a su alrededor. La estancia estaba llena de fotos de Serena y de tesoros coleccionados a lo largo de los años de matrimonio. Aquello le resultó insoportable -. Supongo que al final venderé el apartamento. No quiero quedarme aquí. Puede que lo vendan mientras no estoy y dejen el mobiliario en un guardamuebles.

– No tomes decisiones apresuradas – aconsejó India con sensatez -. Paul, necesitas tiempo. De momento no sabes qué hacer.

– Es verdad, no lo sé. Me gustaría echar a correr y retrasar el reloj.

– Podrás hacerlo en cuanto abordes el Sea Star – afirmó ella mientras Doug entraba en la cocina y se detenía a sus espaldas -. Cuídate e intenta ser fuerte – prosiguió cuando su marido salió a buscar algo -. Cuando te sientas débil, llámame. Aquí estaré.

– Lo sé. Lo mismo digo. India, siempre podrás contar conmigo. No lo olvides. No permitas que nadie te considere una posesión. Está muy equivocado. – Ambos supieron que se refería a Doug -. Eres dueña de ti misma, ¿me has entendido?

– Sí.

– Cuídate.

India percibió que Paul volvía a llorar y una profunda congoja la invadió de nuevo.

– Paul, cuídate mucho. No estás tan solo como crees. Recuerda lo que digo. A su manera, Serena está a tu lado… incluso en este instante.

El magnate rió en medio del llanto.

– Probablemente es la única manera en que navegaría conmigo en el Sea Star, aunque resulta muy dolorosa. – Era agradable volver a oír su risa -. Hasta pronto, India.

– Gracias por llamar.

Colgaron. India suspiró, se incorporó y vio a Doug apoyado en el vano de la puerta y con el ceño fruncido.

– ¿Con quién hablabas? – inquirió él.

– Con Paul Ward. Telefoneó para agradecer que le enviara una foto de su esposa.

– Está claro que el viudo inconsolable se recupera deprisa. ¿Cuánto hace que ha muerto? ¿Una semana o menos?

– Acabas de decir algo horrible. – Las sospechas de Doug la afectaron profundamente -. Paul lloraba por teléfono.

– Seguro que sí. Es el truco más antiguo que conozco. Basta quejarse un poco, lograr que lo compadezcas y ya está. India, has mordido el anzuelo. Te comportabas como si hablases con tu novio.

– ¡Eres repugnante! Paul es un hombre educado e íntegro. Está destrozado por la muerte de su esposa. Se siente muy afligido y solo y este verano nos hicimos amigos.

– Ya lo creo. Apuesto lo que quieras a que, como yo, su esposa tampoco estaba presente. Por lo que recuerdo, la primera vez que me hablaste de él hiciste hincapié en la ausencia de su esposa. ¿Dónde se había metido si tanto lo quería?

Doug la atacaba con recelos y resentimientos.

– Estaba trabajando – repuso India con serenidad -. Por si no lo sabes, algunas mujeres trabajan.

– ¿Es ella la que te llenó la cabeza de tonterías? ¿Paul forma parte del plan?

Hacía denodados esfuerzos por descalificar al magnate.

India se enojó con él. Sintiera lo que sintiese por Paul, no pensaba comentarlo con su marido. No sabía exactamente cuáles eran sus sentimientos, pero el afecto que compartían había tomado el rumbo de la amistad y nada indicaba que pudiera llegar más lejos.

– Eres tonta si no te das cuenta de lo que pretende – añadió Doug -. Además, no quiero que vuelva a llamar a casa. Parecía que hablabas con tu amante.

– No tengo ningún amante – precisó ella gélidamente y ya no pudo contener su ira. Odiaba todo lo que Doug había dicho -. Si lo tuviera tal vez estaría más contenta. Pero Paul Ward no es mi amante. Amaba a su esposa, la respetaba y apreciaba su profesión, algo de lo que tú no tienes ni idea. Me temo que llorará su muerte durante mucho tiempo.

– ¿Lo estarás esperando cuando se canse de llorar? ¿A eso te refieres? Tal vez te gustaría ser la amante de un hombre tan rico.

– Doug, me das asco – le espetó ella, y subió a la habitación de Jessica para terminar de ordenar los armarios.

No tenía ganas de ver a su marido y lo evitó toda la tarde.

Cuando salieron a cenar la situación continuaba tensa. India no tenía ganas de acompañarlo, pero pensó que si se quedaba crearía más problemas.

Si hubiera reflexionado, quizá se habría sentido halagada de que Doug estuviera celoso de Paul, pero sus comentarios habían sido tan ofensivos que se enfureció. Sus palabras le resultaron repugnantes. Paul Ward no era su amante y jamás lo sería. Sólo se trataba de un buen amigo.

La cena fue muy tensa, pese a las intenciones conciliatorias con que Doug había planteado la salida. Pero sus comentarios de la tarde la habían condenado al fracaso. Apenas se dirigieron la palabra y la película era tan deprimente que India no dejó de sollozar.

Se sintió todavía peor cuando regresaron y Doug pagó a la niñera. En lo que a India se refería, la velada había sido desastrosa y Doug tenía más o menos la misma opinión.

Cuando subieron al dormitorio él estaba cabizbajo. No tenían ganas de acostarse, por lo que se repantigaron en los sillones, encendieron el televisor y vieron una vieja película que les gustaba. Les agradó más que la del cine. Estuvieron levantados hasta tarde y a la una de la madrugada bajaron a la cocina a tomar un tentempié.

– Lamento lo que te dije – reconoció Doug súbitamente y la miró apenado. India se sorprendió -. Sé que no es tu amante.