– Te llamo porque te quiero y porque eres la mejor. Recuerda tu reportaje en Harlem.
– Fue muy distinto. Sólo queda a una hora en tren y tenía suficiente tiempo para regresar a casa a preparar la cena a mis hijos.
– Pagaré una cocinera mientras estés fuera y, si no queda más remedio, yo mismo les prepararé la cena. Te ruego que no lo rechaces. Esta vez tienes que aceptarlo.
Raúl estaba desesperado y ella lo percibió. Además, los temas le interesaban.
– ¿Cuándo? – preguntó.
Si disponía de tiempo podría convencer a Doug, suplicarle o prometerle que si se lo permitía le lustraría los zapatos hasta el fin de sus días. Se moría de ganas de cubrir esas noticias y no quería rechazar el ofrecimiento.
– La boda se celebra dentro de tres semanas – respondió el representante.
India calculó mentalmente la fecha.
– ¿Tres semanas? – repitió mientras calculaba, pero frunció el entrecejo cuando comprobó que el resultado era el mismo -. Es para Acción de Gracias.
– Más o menos – reconoció Raúl, al tiempo que rogaba para que India aceptase.
– ¿Qué quieres decir? ¿Coincide o no con el Día de Acción de Gracias?
– De acuerdo, está bien. Coincide con el fin de semana de Acción de Gracias, pero debes estar en Londres el jueves. Antes de la boda hay dos grandes celebraciones a las que asistirán los jefes de Estado, incluidos nuestro presidente y la primera dama. Compartirás el pavo con ellos o, mejor aún, puedes llevártelo.
– Te odio. Lo que dices no me hace ninguna gracia. Doug me matará.
– Seré yo quien lo mate si no te permite cubrir esta noticia. India, tienes que hacer este reportaje. Hazme un favor: reflexiona y llámame mañana.
– ¿Mañana? ¿Te has vuelto loco? ¿Sólo me concedes una noche para decirle a mi marido que no estaré en casa el Día de Acción de Gracias? ¿Qué pretendes de mí?
– Intento salvarte de una vida tediosa y de un marido que no aprecia tu valía. Por no hablar de un montón de críos que, por encantadores que sean, no merecen tener como cocinera y chófer particular a una de las fotógrafas con más talento que conozco. India, date esta oportunidad. Te necesito, y a ti te hace falta. Haz este reportaje.
– Veré qué puedo hacer – declaró sombría -. Te llamaré mañana… o pasado… si sigo viva.
– Eres un encanto. – Raúl estaba entusiasmado, pues Indía era la reportera perfecta para ambas noticias -. Gracias. Hablaremos mañana.
– Prométeme que te sentirás culpable cuando encuentren mi cadáver en el centro comercial de Westport.
– Dile a Doug que madure y se entere de con quién está casado. No puede mantenerte encerrada de por vida.
– No puede pero lo intenta. Ya hablaremos.
India permaneció de pie en medio de la cocina, temblando. La aterrorizaba hablar con Doug, pero estaba tan entusiasmada como su representante, sobre todo con la red de prostitución infantil. Y cubrir la boda sería divertido. Se moría de ganas por volver al trabajo. Pero ¿cómo se lo explicaría a Doug? Se sentó en un taburete, recapacitó y salió a hacer la compra.
Compró aquellos productos que más agradaban a su marido. Había decidido prepararle una cena inolvidable que incluía caviar. Prepararía los platos que mejor le salían y los preferidos de Doug, tomarían vino, después charlarían… y su marido la mataría.
Pero al menos decidió intentarlo.
Cuando llegó a casa y vio la cena preparada Doug se entusiasmó. Su mujer había comprado chateaubriand y lo había preparado con su salsa favorita de pimienta y mostaza, patatas al horno, judías verdes a la francesa, champiñones rellenos y, como entrante, salmón ahumado y caviar. Cuando se sentaron a la mesa Doug tuvo la sensación de que había ascendido al cielo.
– Mamá, ¿has abollado el coche? – bromeó Jason al tiempo que cubría la patata asada con nata agria.
– Claro que no – replicó India sorprendida -. ¿Por qué lo preguntas?
– Has preparado una cena fantástica. Supongo que has hecho algo que enfurecerá a papá, que lo enfurecerá realmente – precisó y miró el caviar.
– No digas tonterías.
Jason demostraba ser más inteligente que su padre, ajeno a todo y sin sospechar nada. Después de la cena se repantigó en su sillón preferido con aspecto satisfecho. De postre, India había servido mousse de chocolate con galletas. Su táctica no era nada sutil.
– ¡Vaya cena! – exclamó Doug y sonrió cuando, después de recoger la cocina, su esposa se sentó a su lado en la sala. Los niños habían subido a terminar los deberes -. ¿Qué he hecho para merecer esto?
– Casarte conmigo – respondió ella y se acomodó más cerca de Doug.
India pidió a los dioses que, por una vez en su vida, fuesen compasivos con ella. Estaba dispuesta a suplicar a su marido. Se moría de ganas de ir a Londres aunque coincidiese con la fiesta de Acción de Gracias.
– Por lo visto he tenido suerte – comentó él y se frotó el vientre.
– Yo también – concordó ella cariñosamente. Era el diálogo más amable que sostenían desde el verano, pero en esta ocasión encubría segundas intenciones -. Doug…
Miró a su marido y en un santiamén éste se percató de la jugarreta. La mirada de India traslucía interés y Doug frunció el entrecejo.
– Vaya, vaya. – Doug rió porque la situación todavía lo divertía -. ¿Jason tiene razón? ¿Has abollado el coche?
– Mi carné de conducir sigue impoluto, y el coche está en perfecto estado. Si quieres, compruébalo.
– ¿Te han detenido por robar en el supermercado?
– ¡Qué cosas dices! – India decidió ser explícita. No le quedaba otra salida pues al día siguiente o, como máximo, el otro debía dar una respuesta a Raúl -. He recibido una llamada.
– ¿De quién?
India se sintió como si, con catorce años, pidiera permiso a su padre para salir, aunque la situación que vivía le resultaba diez veces más difícil y aterradora. Quizá fuera cien veces peor. Sabía perfectamente cuál sería la respuesta de su marido.
– De Raúl – respondió francamente.
– No volvamos a las andadas.
Doug se incorporó y la miró furibundo.
– Escucha, es el trabajo más civilizado que me han ofrecido en la vida y necesitan una dama. Ya había decidido que no mencionaría la red de prostitución del West End. Doug jamás permitiría que cubriera esa noticia, mientras que una boda real… -. Un miembro muy importante de la familia real británica va a contraer matrimonio y necesitan que alguien cubra la noticia. Asistirán al acontecimiento jefes de Estado, reyes de toda Europa, nuestro presidente y la primera dama…
– Y tú no irás – apostilló Doug con firmeza -. Cualquier fotógrafo puede hacer ese trabajo.
– Pues quieren que vaya yo. Doug, te lo ruego, me encantaría cubrir esa noticia.
– Pensaba que ya habíamos aclarado esta cuestión. ¿Cuántas veces tendremos que librar la misma batalla? Por eso te pedí que quitaras tu nombre de la lista de colaboradores de la agencia. Raúl insistirá y te seguirá llamando. Deja de torturarme… y de torturarte. Tienes hijos y responsabilidades que cumplir, no puedes salir corriendo y olvidarte de todo.
– Doug, sólo será una semana. Sólo pido una semana, nada más. Los chicos no se suicidarán si no estoy en casa el Día de Acción de Gracias.
El pánico dominó a India en cuanto pronunció esas palabras. Pensaba decirlo más tarde, pero ya estaba todo dicho, por lo menos todo lo que estaba dispuesta a explicar a su marido.
– No me lo puedo creer. ¿Me pides que te deje ir en el Día de Acción de Gracias? ¿Qué pretendes, que yo prepare el pavo?
– Lleva a los niños al restaurante. Prepararé la verdadera cena de Acción de Gracias antes de irme, el día antes. No notarán la diferencia.
– Tus hijos no, pero yo sí. Ya sabes cuál es nuestro pacto. Este verano lo discutimos hasta la saciedad.