– Lo sé, pero se trata de algo importante para mí.
– ¿No es más importante estar casada y tener hijos? No pienso aguantar a una esposa que no esté en casa el Día de Acción de Gracias. Si haces el reportaje me da igual que te metas en una zona en conflicto.
– En la boda no correré peligro.
– A no ser que los terroristas coloquen una bomba, como en el avión de tu amiga. Presta atención a lo que acabo de decir. ¿Estás dispuesta a correr ese riesgo?
Doug estaba decidido a tocar todas las teclas con tal de que su esposa no aceptara el encargo.
– También puedo quedarme el resto de mi vida en casa, metida en la cama. Ya está bien, Doug, incluso los rusos podrían bombardear Westport si fueran capaces de montar sus artilugios bélicos.
– India, ¿por qué no te dejas de tonterías y maduras de una vez? Lo que dices es agua pasada o debería serlo.
– ¡Pues no lo es! Forma parte de mí y siempre será así. Tienes que entenderlo.
– Yo no tengo que entender nada – replicó colérico y se puso de pie -. No pienso acceder, India. Si decides irte es asunto tuyo. De todos modos, si te largas no esperes seguir casada conmigo.
– Te agradezco que dejes tan claras las posibilidades – espetó ella, se incorporó y lo miró a los ojos -. ¿Sabes una cosa? Nunca más permitiré que me intimides o me chantajees. Soy la persona que soy, la misma con la que te casaste. Puedes establecer las reglas que te dé la gana, pero no me amenaces – advirtió con serenidad, sin saber de dónde salían aquellas palabras. De pronto supo exactamente qué haría y adónde iría -. Viajaré a Inglaterra para hacer el reportaje. Me quedaré una semana, volveré y cuidaré de nuestros hijos como siempre he hecho. Si a eso vamos, también seguiré cuidando de ti. ¿Quieres que te dé mi opinión? Sobreviviremos. No permitiré que vuelvas a decirme lo que tengo que hacer. No es justo ni lo aceptaré.
Doug la escuchó sin pronunciar palabra, luego le volvió la espalda, subió la escalera y cerró violentamente la puerta del dormitorio.
Por fin India se había armado de valor para defender lo que quería. Al ser la primera vez estaba aterrorizada pero, al mismo tiempo, se sentía muy bien. Era consciente de que hacía años que su marido la amenazaba. Fue su ultimátum lo que diecisiete años antes la llevó a abandonarlo todo para casarse con él. Doug entonces le dijo que si no volvía lo perdería. Como había perdido muy jovencita a su padre, India supuso que lo peor que podía ocurrirle era perder a Doug. Diecisiete años después comprendía que, en realidad, era peor perderse a sí misma, que era lo que había estado a punto de ocurrir. Supuso que después de tantos años no cumpliría su amenaza y, si así era, tendría que afrontarlo. De todos modos, abrigaba esperanzas de continuar con Doug.
Esperó un rato y se dirigió al dormitorio.
Doug estaba acostado y con la luz apagada, pero no lo oyó roncar.
– ¿Estás despierto? – susurró India, pero no obtuvo respuesta. Intuyó que su marido no dormía y al acercarse comprobó que tenía razón. Se detuvo a oscuras al pie de la cama y notó que él se movía, aunque no dijo nada -. Doug, lamento lo ocurrido. Habría preferido que estuvieras de acuerdo. Te quiero muchísimo… pero tengo que hacerlo… Tengo que hacerlo por mí. Es difícil de explicar. – A decir verdad, no lo era; simplemente, a Doug le resultaba imposible comprenderlo. Pretendía dictar las normas con amenazas. Desde siempre, ésa había sido su forma de dominarla, a lo que había que sumar el terror a perderlo. Sin embargo, ella no podía continuar eternamente asustada -. Doug, te quiero – repitió.
Silencio por respuesta. Poco después se dirigió al cuarto de baño y se metió en la ducha. Estuvo una eternidad bajo el agua caliente, pero una sonrisa dibujaba sus labios. ¡Lo había conseguido!
15
Tal como había prometido, la víspera de su partida India preparó la cena de Acción de Gracias. La comida fue deliciosa y, de no ser porque él estuvo toda la noche con el ceño fruncido, semejaba una familia perfecta. Quedó claramente de manifiesto la opinión de Doug acerca del viaje de su esposa.
India explicó a los niños lo que haría y, una vez superada la sorpresa inicial, se mostraron encantados; las chicas estaban entusiasmadas, pues cubrir la noticia de la boda real les parecía de fábula. A los chicos les daba igual. Lo cierto es que ninguno reaccionó como esperaba Doug. No se sintieron abandonados, no se enfadaron ni pensaron que jamás regresaría, que era la sensación que invadió a India cuando durante seis meses enviaron a su padre a Vietnam y, con anterioridad, a lugares igualmente aterradores. Entendieron a la primera que su madre no corría peligro y sólo lamentaron que no pasase el Día de Acción de Gracias con ellos.
India emprendía viaje a Londres la mañana de Acción de Gracias y Doug y los niños cenarían con unos amigos de Greenwich, pues ni los padres de una ni del otro vivían. India comprendió que ésta era otra de las razones por las que dependía tanto de su marido y de su aprobación. No tenía a nadie más, salvo a sus hijos.
Los chicos devoraron cuanto sirvió y Jason afirmó que era la mejor cena de su vida. India se lo agradeció. Cuando terminaron pasaron a la sala a ver vídeos mientras India y Jessica recogían la cocina. Envió a su hija con sus hermanos cuando Doug entró en la cocina para hablar con ella. A cada minuto que pasaba se ponía de peor humor.
– ¿No te avergüenzas de dejar huérfanos a tus hijos? – dijo con toda la intención de azuzar su sentimiento de culpabilidad.
– Doug, no se quedan huérfanos. Tienen una madre que de vez en cuando trabaja y, por lo visto, lo comprenden mucho mejor que tú.
– Ya veremos si dices lo mismo cuando empiecen con problemas escolares.
– Estoy segura de que no ocurrirá – opinó ella con firmeza.
Gail había accedido a sustituirla en los traslados en coche, la niñera habitual iría todos los días desde las tres de la tarde hasta después de la cena y Jessica se había comprometido a ayudar en la cocina. Todo estaba en orden y, además, dejaba seis hojas con instrucciones. El único problema era su marido. Reconocía que nunca en su vida había estado tan decidida a hacer algo. Había hablado con Paul esa misma semana y el magnate le había dicho que se sentía muy orgulloso. India había quedado en telefonear desde Londres. El Sea Star seguía en Turquía y Paul deseaba tener noticias suyas.
– Cuando regreses tendrás que vértelas conmigo.
Doug volvía a amenazarla, táctica en la que insistía desde hacía semanas. Al parecer no vacilaba ni se avergonzaba. Ella se negó a hacerle caso. No sabía muy bien qué había cambiado, pero ya no podía vivir encerrada en una caja, la misma que Doug le había construido hacía diecisiete años y que le impedía extender las alas. Sabía mejor que nadie que debía realizar ese reportaje costara lo que costase. Si no lo hacía pagaría un precio todavía más alto. Por fin lo había comprendido. Raúl dio saltos de alegría cuando lo llamó para confirmar que aceptaba. Le pagarían bien y pensaba dedicar ese dinero a una actividad lúdica con sus hijos, tal vez un viaje o esquiar en Navidades. Deseaba que Doug se sumara si le apetecía, pero ya se vería.
Como era fiesta permitió que los niños trasnochasen y por la mañana, antes de irse, entró en sus dormitorios. Los cuatro dormían, pero despertaron cuando los besó y cada uno le deseó buen viaje. Prometió que telefonearía. Les había dado el nombre del hotel donde se hospedaría y el número de teléfono. También lo había pegado con un imán a la puerta de la nevera. Todo estaba perfectamente organizado. India se sorprendió de lo fácil que era y de lo bien que discurrían las cosas. El único problema seguía siendo su marido.
Regresó a su dormitorio para despedirse de Doug, quien se limitó a mirarla furibundo. Estaba despierto desde que ella se había levantado, pero se hacía el dormido. Ambos se percataron de que había perdido parte de la capacidad de obligarla a hacer lo que quería. Ese cambio no le sentó nada bien.