– ¿A qué hora es la boda? – preguntó Paul y bostezó, soñoliento.
Esa noche el mar se encontraba embravecido. De todos modos, no le molestaba, más bien le encantaba.
– A las cinco en punto.
– ¿Qué harás hasta entonces?
– Dormir. – Sonrió. No había tenido un momento libre desde su llegada a Londres. Todo era como en los viejos tiempos, aunque en este caso con tacones de aguja y vestidos de fiesta -. A decir verdad, me gustaría hablar con la policía. Me han dejado un mensaje y el domingo empiezo con el otro reportaje.
– No pierdes ni un segundo, ¿eh? – Serena también era así, pero Paul no lo mencionó. Siempre tenía trabajo entre manos: un libro nuevo, un nuevo guión, una revisión, una corrección de galeradas. Paul echaba de menos su vitalidad, añoraba todo lo relacionado con su difunta esposa -. Llámame mañana y cuéntame los detalles de la boda.
Al magnate le atraía el trabajo de su amiga y la posibilidad de comunicarse a cualquier hora del día o de la noche, algo que cuando ella estaba en Westport no podía hacer.
– Te llamaré cuando vuelva al hotel.
– Mañana por la noche estaremos navegando. – Paul tenía debilidad por las travesías nocturnas e India lo sabía -. Estaré de guardia a partir de medianoche. – Ella supo que cogería el teléfono en la cabina de mando -. Me ha gustado mucho hablar contigo. Me recuerdas un mundo que me obstino en olvidar.
Paul no quería estar en tierra firme sin Serena, aunque las noticias que India le transmitía lo divertían.
– Volverás al mundo el día que te apetezca.
– Supongo que sí, pero no me imagino sin ella – reconoció apesarado -. Juntos vivimos tantas cosas divertidas que no me veo haciéndolas solo. Soy demasiado viejo para empezar de nuevo.
India era consciente de que no era tan viejo, aunque se sintiera así. Tenía la sensación de que la pérdida de Serena lo había envejecido.
– Hablas como yo. Si no soy demasiado vieja para volver a trabajar, tú tampoco lo eres para retornar al mundo en cuanto estés en condiciones.
Se llevaban catorce años, la diferencia de edad no suponía ningún problema. Por momentos parecían hermanos y en algunas ocasiones India experimentaba la misma excitación que había percibido cuando se conocieron. Paul jamás aludía a esa cuestión. No quería ser infiel a Serena y todavía se sentía culpable por no haber muerto con ella. Nada justificaba que la hubiese sobrevivido. Su hijo era adulto y sus nietos tenían la vida asegurada. Sentía que nadie lo necesitaba y lo comentó con India.
– Yo sí – murmuró dulcemente la fotógrafa -. Te necesito.
– No, no es verdad. Ahora has aprendido a andar sola.
– Yo no estaría tan segura. Antes de irme Doug ni siquiera me dirigía la palabra. Ya veremos qué sucede cuando vuelva a Westport. Sabes perfectamente que deberé enfrentarme a una situación muy difícil.
– Tal vez. Será mejor que de momento no pienses en ese asunto. Tienes muchas cosas de las que ocuparte antes de emprender el regreso.
Ambos sabían que pocos días después tendría que afrontar la situación. El viernes regresaba a Estados Unidos pues quería pasar el fin de semana con sus hijos.
– Hablaremos mañana – dijo India.
Se despidieron y colgaron. Cada vez que se comunicaban se sentían extrañamente cómodos. India reflexionó y pensó que tenía la sensación de que conocía a Paul de toda la vida. Habían recorrido un largo camino y salvado obstáculos difíciles. Paul había sufrido más que ella, aunque su trayecto tampoco había sido un lecho de rosas.
Estaba acostada a oscuras y a punto de dormirse cuando sonó el teléfono. Supuso que eran sus hijos o Doug, por lo que se sorprendió al oír nuevamente a Paul.
– ¿Dormías? – susurró él.
– No. Estaba tumbada y pensaba en ti.
– Yo también. India, llamo para decirte cuánto admiro lo que has hecho… y lo orgulloso que me siento de ti.
¡Paul había llamado para halagarla!
– Gracias. Significa mucho para mí.
Esas cosas eran tan importantes como Paul.
– Eres una persona maravillosa. – Y añadió con voz entrecortada por el llanto -: Sin ti no podría superar lo que estoy pasando.
– Yo tampoco – musitó ella -. En eso pensaba cuando sonó el teléfono.
– Un día de éstos nos encontraremos en alguna parte. Todavía no sé cuándo, pero te aseguro que volveré.
– No te preocupes. Limítate a hacer lo que consideres necesario.
– Buenas noches – se despidió Paul cálidamente.
En cuanto colgó India cerró los ojos y se quedó dormida con una sonrisa en los labios mientras pensaba en su amigo.
16
La boda se celebró al día siguiente y fue excelsa, pura pompa y ceremonial. Incluso antes de revelarlas India supo que había hecho unas fotos magníficas. La novia estaba fabulosa con un vestido de Dior. Era una mujer menuda y delicada y daba la sensación de que la cola del traje medía kilómetros. La suegra le había regalado una tiara exquisita. La celebración del enlace rozó la perfección. Se ofició en la catedral de San Pablo y contó con catorce damas de honor. Semejaba un cuento de hadas e India estaba impaciente por mostrar las fotos a sus hijos, pues así comprobarían a qué había ido a Londres.
La recepción se celebró en el palacio de Buckingham y la fotógrafa regresó temprano al hotel. Habló con sus hijos, que acababan de volver de patinar y bebían chocolate caliente en la cocina. Cuando preguntó por Doug respondieron que no estaba en casa, pero no les creyó. Era muy improbable que los hubiera dejado solos. De todos modos, decidió no insistir. Eran las diez y cuarto cuando colgó e inmediatamente telefoneó a Paul. El magnate estaba en el salón de su velero. Comentó que su guardia empezaba a medianoche.
– ¿Cómo ha ido la boda? – preguntó.
– Ha sido increíble, como un cuento de hadas. Supongo que ha costado millones.
– Es muy probable. – Paul rió y ella tuvo la sensación de que su amigo estaba de excelente humor -. Serena y yo nos casamos en el ayuntamiento. Después comimos frankfurts picantes en la calle y dormimos en el Plaza. Fue heterodoxo y muy romántico. Serena estaba tan empecinada en no casarse conmigo que cuando aceptó pensé que era mejor hacerlo sin esperar un segundo. Dedicó la noche de bodas a decirme lo que no haría por mí, a recalcar que jamás sería una esposa tradicional y a insistir en que no era de mi propiedad. Fue coherente con casi todo, aunque creo que a la larga se olvidó de hacerme cumplir lo que siempre prometí.
Paul aún se refería constantemente a Serena, pero a India eso no la molestaba.
– Hoy miraba a la novia y, como sé que los seres humanos podemos fastidiar nuestra vida, me preguntaba si saldrá bien o se llevarán un chasco. Después de tanto alboroto ha de ser muy incómodo que la pareja no funcione.
– No creo que el alboroto tenga demasiada importancia. A nosotros nos fue bien con los frankfurts y la noche de bodas en el Plaza.
– Probablemente mejor que a la mayoría – exclamó India apenada.
Las bodas desataban su nostalgia, sobre todo últimamente.
– A ti también te fue bien – comentó Paul en voz baja.
El magnate estaba relajado. Bebía una copa de vino y leía cuando India telefoneó. Le encantaba sentarse a leer durante horas.
– ¿Cómo ha ido la travesía? – preguntó India, sonriente, pues sabía que cuanto más accidentada mayor era el disfrute de Paul.
– Sin sobresaltos. – De repente cambió de tema -. ¿Te has reunido con la policía para hablar del reportaje?
– Estuve hablando con ellos antes de la boda. La investigación ha dado resultados muy desagradables. Prostituyen a niñas de ocho años. Cuesta creer que haya gente tan desalmada.