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– Pues no es precisamente gracias a ti – espetó como respuesta al comentario sobre los chicos -. Me parece significativo que estés dispuesta a hacer a tus hijos lo que tu padre hizo contigo. ¿Has pensado en la cuestión a lo largo de esta semana?

Pretendía que se sintiera culpable pero, de momento, no lo había conseguido.

– Una semana en Londres no es lo mismo que seis meses en Da Nang o un año en Camboya. Es muy distinto.

– Poco a poco todo se andará. Estoy seguro de que sólo es cuestión de tiempo.

Doug se mostraba cada vez más desagradable.

– Pues no lo es. Tengo muy claro lo que estoy dispuesta a hacer.

– ¿De veras? ¿Qué estás dispuesta a hacer? ¿Por qué no me lo explicas?

– Sólo aceptaré algún encargo ocasional como el de Londres – respondió sin darle más vueltas a la cuestión.

– ¿Tiene que ver con tu vanidad y con tu orgullo? ¿No te alcanza con quedarte en casa y cuidar de tus hijos? Necesitas salir al mundo y pavonearte, ¿verdad?

Doug habló como si ella fuera una exhibicionista.

– Adoro mi trabajo y os quiero muchísimo. Una cosa no excluye la otra.

– Tal vez sí. No está muy claro si son o no excluyentes.

Las palabras de su marido encubrían una amenaza y el tono enfureció a India. Estaba cansada del viaje, para ella eran las dos de la madrugada y desde su llegada Doug había sido implacable.

– ¿A qué te refieres? ¿Intentas amenazarme?

– Ya sabías a qué te exponías cuando te largaste la víspera de Acción de Gracias.

– Doug, yo no me largué. La noche antes preparé la cena y a los niños les pareció bien.

– Pues a mí no me gustó y lo sabes.

– El mundo no gira a tu alrededor. – Eso era lo que había cambiado entre ellos. Ahora al menos una parte del mundo giraba alrededor de ella -. ¿Por qué no lo dejas estar? Yo ya lo he olvidado. Los niños están bien y seguimos adelante. Sólo se trata de una semana en nuestras vidas y me ha sentado de maravilla. ¿No lo notas?

India aún intentaba que le hiciera caso pero, por mucho que la escuchase, lo cierto es que su felicidad no le importaba.

– Lo único que noto es que se trata de un estilo de vida que no me va. India, éste es el fondo del problema.

Ella comprendió que su marido sólo pretendía controlarla. Estaba rabioso por lo que consideraba insubordinación y traición. Pero no estaba dispuesta a dejarse controlar. Quería que la amase y empezaba a pensar que no era así. Mejor dicho, hacía tiempo que lo intuía.

– Lamento que le des tanta importancia. No tiene por qué ser así. ¿Qué tal si lo dejas estar una temporada a ver qué ocurre? Si se complica demasiado, si afecta en exceso a los chicos y no podemos soportarlo, ya lo hablaremos

India intentaba hacerlo entrar en razón, pero no hubo caso. Su propuesta era racional, característica que él no poseía.

Sin más, Doug cogió una revista y se puso a leer. Así terminó la conversación. La había descartado. En lo que a Doug se refería, ni siquiera merecía la pena discutirlo con su esposa.

India deshizo la maleta, se acostó y lamentó no poder hablar con Paul. Era materialmente imposible y para el magnate eran las cinco de la mañana dondequiera que estuviese, en Sicilia, en Córcega o rumbo a Venecia. Parecía formar parte de otra vida, de un sueño lejano que para India jamás adquiriría realidad. Paul era una voz por teléfono y Doug la persona con la que tenía que convivir.

Al día siguiente India llevó a Sam al fútbol. Hasta el fin de semana Doug y ella no se dirigieron la palabra. Se encontró con Gail, que habló de las compras navideñas. Después de dejar a Sam, India llevó los carretes a Raúl López. Comieron juntos y le dio todos los detalles de los reportajes. Raúl se interesó, sobre todo, por la red de prostitución de menores, ya que sabía que se trataba de una bomba informativa. A las cuatro de la tarde, cuando regresaba de Nueva York a Westport, se detuvo en una gasolinera. Sabía de memoria el número de Paul y en el aeropuerto había cambiado veinte dólares en monedas por si se le presentaba una oportunidad como ésa.

Una voz con acento británico respondió rápidamente:

– Buenas noches, aquí el Sea Star.

India reconoció al sobrecargo, lo saludó y preguntó por Paul. En el velero eran las diez de la noche y supuso que el magnate estaba leyendo en su camarote.

Paul respondió con rapidez y la fotógrafa tuvo la sensación de que se alegraba de oírla.

– Hola, India. ¿Dónde estás?

Ella miró alrededor y rió antes de replicar:

– A punto de congelarme en una cabina de una gasolinera. Me he acercado a la ciudad a entregar los carretes y regreso a Westport.

En ese preciso momento empezó a nevar.

– ¿Va todo bien?

Paul parecía preocupado.

– Más o menos. Los niños están muy bien, creo que ni siquiera me han echado de menos. – La infancia de sus hijos era muy distinta de la suya. India había estado sola con su madre, mientras que sus hijos se apoyaban unos en otros y llevaban una vida estable y feliz que ella se había encargado de proporcionarles -. Desde que he vuelto Doug no me ha dirigido la palabra, salvo para decirme lo mal que he hecho las cosas y cuestionar por qué me he ido. Aquí no ha cambiado casi nada.

India empezó a tomar conciencia de que nada cambiaría y de que ese paisaje yermo se había convertido en su existencia.

– ¿Qué tal las fotos?

Paul siempre mostraba entusiasmo por su trabajo y muy especialmente, por los reportajes que acababa de realizar en Londres.

– Todavía no lo sé. Me pidieron que no las revelara. Las grandes publicaciones se hacen cargo del revelado y montaje. Ya no están en mis manos.

– ¿Cuándo las publicarán?

– Las de la boda saldrán dentro de unos días. Raúl ha vendido las de la red de prostitución a una agencia internacional y las publicarán más adelante. ¿Cómo estás?

El frío había insensibilizado los pies de India y sentía que la mano con que sostenía el auricular se había congelado, pero no le importaba. Se alegraba de oír a Paul. Era una voz cálida y amistosa en las penumbras de su vida.

– Estoy bien. Pensé que no volverías a llamarme y empecé a preocuparme.

Paul había fantaseado con que, al regresar a casa, India tendría un cálido y romántico reencuentro con su marido, pero se había inquietado al darse cuenta de que tal posibilidad lo ponía nervioso.

– Desde que regresé no he parado un segundo. Esta mañana llevé a Sam a jugar a fútbol y luego me trasladé a la ciudad. Por la noche iré al cine con los niños. – Era algo que podía hacer mientras Doug la ignoraba. Habría preferido cenar con él y contarle sus experiencias en Londres, pero eso era una utopía. No le había quedado más remedio que llamar a Paul desde una cabina a fin de hablar con un adulto comprensivo -. ¿Dónde estás?

– Acabamos de dejar Córcega, nos dirigimos al estrecho de Mesina y después navegaremos en línea ascendente hasta Venecia.

– Me gustaría estar contigo.

India habló en serio y de pronto se preguntó qué había querido decir. A Paul le agradó el comentario. Habrían charlado toda la noche, jugado a los dados, escuchado música y navegado durante el día. Para ambos era una fantasía arrebatadora, aunque incluía facetas que ninguno había asumido todavía.

– A mí también me gustaría tenerte a mi lado – aseguró él con voz ronca.

– ¿Has dormido bien anoche?

Ella siempre se lo preguntaba pues sabía que tenía dificultades para conciliar el sueño. Paul se emocionó.

– Más o menos.

– ¿Vuelves a tener pesadillas?

Aún lo obsesionaban las visiones de Serena y la culpa de haber sobrevivido.

– Sí, algo así.

– Toma un vaso de leche tibia.