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– Si tuviera tomaría somníferos.

Sus noches se habían convertido en una larga y agotadora batalla.

– Ni se te ocurra. Date un baño caliente o sube al puente y navega un rato.

– A sus órdenes – bromeó él, muy contento de oír su voz -. India, ¿te estás congelando? – preguntó con tono sensual y divertido.

– Sí, pero merece la pena. – Rió. La incomodaba hacer algo tan clandestino y detestaba actuar sigilosamente. De todos modos, era fabuloso charlar con Paul, y de pronto pensó que, en realidad, sus conversaciones eran inofensivas -. Está nevando pero no me hago a la idea de que solo faltan cuatro semanas para Navidad. Todavía no he organizado nada.

En cuanto las palabras brotaron de su boca se arrepintió de haberlas dicho. Sabía que ese año las fiestas navideñas serían terribles para Paul y que no iría a Saint Moritz, como había hecho siempre con Serena.

– Apuesto que a Sam le encanta la Navidad – comentó tranquilamente el magnate -. ¿Todavía cree en Papá Noel?

– Más o menos. Yo diría que no pero, para no correr riesgos, finge creer. – Ambos rieron y en ese momento la telefonista pidió que introdujera más monedas. India añadió apenada -: Tengo que colgar, se me han acabado las monedas.

– Llama siempre que quieras. Te telefonearé el lunes. Ah, India…

Paul parecía a punto de decir algo importante y a la fotógrafa le dio un vuelco el corazón. En algunos momentos ella tenía la sensación de que rozaban una frontera peligrosa y no sabía cómo reaccionarían cuando la alcanzaran o la cruzasen.

– Dime – murmuró valientemente.

– No bajes la guardia.

Aliviada y decepcionada, India sonrió al oír esas palabras. Seguían en terreno seguro y se preguntó si siempre se mantendrían allí. A veces le costaba esclarecer sus sentimientos. Estaba casada con un hombre que no parecía preocuparse por ella, pero desde una cabina telefoneaba a alguien que se encontraba a miles de kilómetros y se preocupaba de si dormía bien o no. De una manera extraña e inexplicable era como estar casada con dos hombres, con ninguno de los cuales tenía una relación tangible.

– Volveremos a hablar pronto – apostilló la fotógrafa mientras en el frío ambiente de la cabina se acumulaban bocanadas de vapor escarchado.

– Gracias por tu llamada – dijo Paul cariñosamente.

Colgaron y ambos permanecieron inmóviles unos minutos. India se preguntó a qué extremos sería capaz de llegar con tal de hablar con Paul. Por su parte, el magnate decidió alentarla para que siguiese llamando. Reanudaron sus actividades igualmente confundidos y satisfechos de haber conversado, aunque fuese por teléfono.

Al llegar a Westport, India vio que la esperaban para cenar mientras discutían qué película verían. Doug repasaba unos documentos y no le dirigió la palabra ni le preguntó dónde había estado. Un escalofrío de remordimiento la recorrió cuando su marido se sentó a su lado para cenar. Se preguntó si le gustaría que él llamara a otras mujeres desde una cabina. Claro que ésa no era su situación. Paul era su amigo, su confidente, su mentor. Lo grave no era lo que Paul proporcionaba a su vida, sino lo que Doug no le daba.

Después de muchas protestas, Doug decidió acompañarlos al cine. Fueron a un multicine de nueve salas y Doug y los chicos eligieron una película de acción mientras India y las niñas veían la última de Julia Roberts. Regresaron contentos y de buen humor.

Pese a las tensiones, el fin de semana transcurrió relativamente tranquilo, tanto como podían esperar. India descubrió que tenía que aplicar normas distintas si quería sobrevivir a la soledad de su vida. Siempre y cuando no tuviesen discusiones de fondo y Doug no amenazara con dejarla, el fin de semana discurriría más o menos bien. No se trataba precisamente de una situación perfecta.

Tal como había prometido, Paul telefoneó el lunes.

India le habló de la película que había visto y de la llamada de Raúl para comunicarle que las publicaciones estaban encantadas con sus fotos, y luego le preguntó si seguía teniendo pesadillas. Él respondió que la víspera había dormido a pierna suelta y le contó que no tardaría en aparecer el último libro de Serena, el que incluía el retrato que le había hecho. Se había deprimido al pensar en la publicación de la novela. Era como si Serena siguiera viva. India lo escuchó y asintió con la cabeza.

Después de conversar de diversos temas colgaron. Por la tarde India recogió a los chicos y compró varios regalos navideños.

Durante las dos semanas siguientes Paul la llamó para saber cómo estaba, contarle dónde se encontraba y cómo se sentía. Las Navidades comenzaban a pesarle y hablaba cada vez más de Serena.

India se manejó con Doug lo mejor que pudo, pese a que desde antes de Acción de Gracias la ignoraba y a que parecía que en el dormitorio les separaba una pared de cristal. Se veían, pero no se tocaban y apenas se dirigían la palabra. Ya no eran más que simples compañeros de piso.

India aún tenía expectativas de mantener vivo su matrimonio, pero no sabía cómo hacerlo. Estaba dispuesta a hacer las concesiones que hiciera falta siempre y cuando fuesen razonables, lo que ya no incluía el rechazo de todos los reportajes. Con un poco de suerte tal vez pasarían las Navidades en paz. Esperaba que así fuese por el bien de los niños.

En un par de ocasiones comentó su situación con Gail. A Gail no se le ocurrió otra cosa que aconsejarle una aventura para animarse y modificar las pautas reinantes. India todavía no le había contado sus charlas con Paul. Seguía siendo su secreto más íntimo. Sólo ellos lo conocían, lo que los convertía en cómplices y aliados.

India acababa de hablar con el magnate un día en que Doug regresó tarde del trabajo, entró hecho una furia y le pidió que subiera al dormitorio. No sabía por qué estaba tan frenético. Él dejó el maletín sobre la cama, lo abrió violentamente y, con un brutal ademán, arrojó una revista a sus pies.

– ¡Me has engañado! – chilló mientras India lo miraba sin comprender. Pensó que se refería a las llamadas a Paul, pero Doug no estaba alterado por esas llamadas; de hecho, no sabía que existían -. ¡Me dijiste que ibas a Londres a hacer un reportaje sobre una boda!

Señaló la revista que había arrojado al suelo e India notó que su marido temblaba de ira.

– Hice el reportaje de la boda real – confirmó, sorprendida y algo asustada. Nunca lo había visto tan enfadado -. Te mostré las fotos.

La semana anterior habían publicado el artículo y las fotos eran fabulosas. A los niños les habían encantado y su marido se había negado a mirarlas.

– ¿Y qué es esto? – inquirió Doug, recogiendo la revista del suelo y acercándosela a la cara.

India se percató de lo que ocurría. Seguramente había aparecido el otro reportaje. Cogió la revista, la hojeó y asintió lentamente con la cabeza.

– Cuando estuve en Londres cubrí otra noticia – explicó quedamente y le temblaron las manos.

Habían publicado el artículo antes de lo previsto. Tenía intención de decírselo a Doug, pero el momento oportuno no había llegado y ahora estaba hecho un basilisco, no sólo porque había realizado un reportaje sin su consentimiento, sino porque el tema le repugnaba.

– Es basura, es la peor porquería que he visto en mi vida. ¿Cómo pudiste tomar esas fotos y firmarlas? Es pornografía pura, basura sin paliativos y lo sabes. ¡Es repugnante!

– Claro que es repugnante… y terrible. Pero no son fotos pornográficas. Se trata de abusos a menores. Quiero que los lectores sientan lo mismo que tú al enterarse de lo ocurrido. Espero que queden asqueados y ultrajados. Ese es el objetivo de mi trabajo.

Doug acababa de demostrar que había hecho un buen trabajo. Lo cierto es que no estaba furioso con los jefes de la red, sino con ella por tratar ese tema. Tenía una perspectiva ligeramente tergiversada de la realidad.

– India, tienes que estar enferma para haber participado en esto. Piensa en tus hijos. ¿Qué opinarán cuando sepan lo que has hecho? Se avergonzarán de ti tanto como yo.