– Parece la factura del teléfono.
India se preguntó si subía demasiado y, presa del pánico, repentinamente recordó que durante la semana que Doug había pasado en la ciudad había llamado varias veces a Paul.
– Y lo es, ya lo creo que lo es. – Doug caminó de un lado a otro como un león enjaulado -. ¿De esto se trata? ¿Con que éstas tenemos? ¿La pesadilla de los últimos tiempos ha tenido que ver con tu profesión? India, ¿cuánto hace que te acuestas con él? ¿Compartís la cama desde el verano pasado?
La fotógrafa repasó la factura y comprobó que había cinco llamadas al Sea Star.
– No me acuesto con él, sólo somos amigos – repuso quedamente, aunque tenía la sensación de que le estallaría el corazón. No había manera de explicárselo a Doug. Era evidente que inducía al equívoco y comprendía la reacción de su esposo. En realidad, se trataba de amistad y el propio Paul lo había confirmado -. Quedé muy afectada cuando me dejaste. Paul llamó un par de veces para hablar de su esposa. Sabe que yo la apreciaba y se siente muy desgraciado. Eso es todo. Dos seres desdichados que buscan un hombro en el que llorar.
Le costó reconocerlo, pero no había mucho más que decir.
– No te creo – insistió Doug fuera de sí -. Estoy seguro de que te acuestas con él desde el verano pasado.
– No es cierto y lo sabes. Si así fuera nuestra situación no me afectaría tanto ni haría lo imposible por comunicarme contigo.
– ¡Déjate de tonterías! Lo único que has hecho es luchar por tu trabajo con la intención de abandonarnos y largarte de aquí. ¿Te has visto con él en Londres?
– Por supuesto que no – replicó serenamente a pesar de que no las tenía todas consigo.
Se sentía apenada, asustada y algo culpable. Tuvo la sensación de que los jirones de su relación con Doug se esfumaban. No quedaba nada por lo que luchar. No había nada que hacer.
– ¿Te ha llamado?
– Sí.
– ¿A qué os dedicáis? ¿Practicáis el sexo por teléfono? ¿Os excitáis a distancia?
Las palabras de Doug la estremecieron.
– No. Paul llora la ausencia de su esposa y yo sufro por nosotros dos. No tiene nada de erótico.
– Estáis perturbados y sois tal para cual. No pienso soportar un minuto más. Se acabó. No te necesito y tampoco le serás de utilidad a él. Eres una mala esposa y una amante fatal – exclamó con malicia -. Sólo te interesa tu profesión, nada más. De acuerdo, es toda tuya.
Sonó el teléfono y los timbrazos resaltaron las palabras de Doug y aceleraron el pulso de India, que contestó con la esperanza de que no fuese Paul, ya que eso empeoraría las cosas. Se trataba de Raúl y parecía muy entusiasmado.
India explicó que en ese momento no podía hablar, pero el representante insistió. Notó que Doug la vigilaba y, como temió que pensase que era Paul, permitió que Raúl le explicara por qué llamaba.
Quería que hiciese un reportaje en Montana. Se trataba de una secta religiosa que había conseguido muchos adeptos y al parecer se había desmandado. Estaban asediados, tenían rehenes y el FBI los había rodeado. Se trataba de más de un centenar de personas y, como mínimo, la mitad eran niños.
– Será un bombazo informativo – aseguró Raúl.
– En este momento no puedo.
– Tienes que hacerlo. La revista quiere que vayas. Si no fuera importante no te hubiera llamado. ¿Aceptas?
– Te llamaré más tarde. Estoy hablando con mi marido.
– ¡Mierda! ¿Ha vuelto? De acuerdo, espero una respuesta antes de dos horas. Tengo que confirmarlo a los directores de la revista.
– Diles que no puedo y que lo siento.
India lo tenía muy claro. No estaba dispuesta a añadir leña al fuego que Doug acababa de encender ni a utilizar su matrimonio como madera.
– Llámame – insistió Raúl.
– Lo intentaré.
– ¿Quién era? – preguntó Doug receloso.
– Raúl López.
– ¿Qué quería?
– Encargarme un reportaje en Montana. Ya me has oído, le he dicho que no puedo.
– Me da igual. Se acabó. – Doug se expresó con tanto reconcomio que India supo que hablaba muy en serio -. Estoy harto. No quiero saber nada. No eres la mujer con la que me casé ni la que quiero. No me interesa seguir casado contigo. Así de sencillo. Díselo a Raúl López, a Paul Ward o a quien quiera oírlo. El lunes llamaré a mi abogado.
– No serás capaz – murmuró ella con los ojos anegados de lágrimas y pidió clemencia.
– Ya verás si lo soy. Tú ocúpate de tu reportaje. Ahora no tiene importancia.
– Ya lo creo que la tiene.
– Estuviste dispuesta a destrozar nuestro matrimonio por tu profesión. Es lo que querías. Y lo has conseguido.
– No hay por qué elegir una cosa u otra. Podría haber hecho ambas.
– Casada conmigo es imposible.
De pronto estar casada con Doug dejó de ser una opción que le interesara. Lo miró, vio que la observaba cabreado y supo que no la amaba. Por muy doloroso que fuese, tenía que afrontarlo. Se le quitaron las ganas de luchar, le volvió la espalda y lo dejó plantado.
Cogió el abrigo, salió, aspiró una bocanada de aire frío y notó que le quemaba los pulmones. Sintió que se le partía el corazón y, por muy aterrador que resultase, simultáneamente experimentó la imperiosa necesidad de ser libre. No podía seguir viviendo en medio de amenazas, con miedo a que la abandonase, con el manto de culpa que pretendía imponerle o con sus acusaciones constantes. Necesitaba que Doug la dejara sola y desnuda. Ya no tenía nada salvo sus hijos, su cámara, su vida y su libertad. El matrimonio que tanto había cuidado, al que se había aferrado con uñas y dientes y por el que había luchado estaba muerto y enterrado. Tan muerto como Serena. Tal como le había dicho a Paul con respecto a su vida, ahora le tocaba a ella resistir, ser fuerte y sobrevivir.
19
Al final India rechazó el trabajo en Montana y Doug y ella comunicaron a los niños que se separaban. Fue el peor día de su vida y se odió. Jamás había pretendido hacerle algo parecido a sus hijos, del mismo modo que no había querido perder a su padre. Sabía que originaría un cambio en sus vidas tanto como en la suya; pero era consciente de que, como los quería, sobrevivirían.
– ¿Papá y tú os divorciáis? – preguntó Sam horrorizado.
India se habría arrancado el corazón, pero Doug ya lo había hecho.
– Eso es, tonto. Lo acaban de decir – confirmó Aimee, que disimuló un sollozo y fulminó a sus padres con la mirada.
Los detestó por destruir en una fracción de segundo su existencia perfecta y sus ilusiones.
Jason guardó silencio, corrió a su dormitorio y se encerró dando un portazo. Luego volvió, pero tenía los ojos enrojecidos e inflamados y se comportó como si no pasara nada.
Cuando India y Doug terminaron de dar explicaciones Jessica se volvió hacia su madre y le espetó:
– Te detesto. Tienes la culpa de lo que pasa por insistir en colaborar con esas estúpidas revistas y hacer fotos tontas. Te oí discutir con papá. ¿Por qué nos haces esto?
Lloraba como una cría y en un abrir y cerrar de ojos perdió su apariencia adulta.
– Jess, para mí es importante, forma parte de mi manera de ser y lo necesito. No es tan fundamental como tú o como tu padre, pero para mí significa mucho y esperaba que papá lo entendiese.
– ¡Sois dos estúpidos! – exclamó Jessica, y corrió escaleras arriba, se encerró en su habitación y lloró desconsoladamente.
A India le habría gustado darle una explicación, pero es imposible hacer entender a una chica de catorce años que ya no estás enamorada de su padre. ¿Cómo explicarle que te ha roto el corazón y destruido parte de tu esencia? Ni siquiera India lo entendía del todo.
Sam se sentó en el regazo de su madre y sollozó largo rato sin dejar de temblar penosamente.