– ¿Qué te parece Daniel?
Había sido uno de los preferidos de Serena, pero a Paul también le gustaba. Serena consideraba que no era tan ostentoso como La Grenouille o el Cóte Basque, razón por la cual al magnate le encantaba. Lo encontraba más elegante y refinado que los demás. Y la cocina era excelente.
– Nunca he estado – reconoció India -. He leído varios artículos elogiosos y una amiga dice que es el mejor de Nueva York.
Era evidente que salir con Paul no tenía nada que ver con su vida en Westport.
– ¿Contratarás a una canguro?
Ella sonrió cuando salieron de la FDR Drive y la calle Setenta y nueve.
– Te agradezco el interés por mis hijos. – Sin duda hacía muchos años que no se preocupaba por esas cuestiones e India agradeció que lo tuviese en cuenta -. La contrataré. ¿Quieres venir a casa este fin de semana? Así conocerás a mis hijos. A Sam le encantaría verte.
– Sería muy divertido. Podemos comer en una pizzería e ir al cine.
Paul sabía que la pizza era uno de los platos preferidos de los chicos y deseaba compartirlo con India. Para ambos se había abierto un mundo totalmente nuevo. La fotógrafa seguía desconcertada por su repentino regreso, aunque todavía no lo asimilaba ni sabía cuánto tiempo se quedaría. Pensó que preguntarlo resultaría descortés. Además, estaba segura de que visitaría a otros amigos e ignoraba cuánto tiempo le dedicaría. Seguramente muy poco antes de que volvieran a charlar todos los días por teléfono. Claro que eso era lo único que esperaba de Paul.
El apartamento de Paul se encontraba en la Quinta Avenida, en un edificio muy elegante, poco más arriba de la calle Setenta y tres. El portero se asombró al ver a Paul.
– ¡Señor Ward! – exclamó, y le estrechó la mano.
– Hola, Rosario. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te trata Nueva York?
– Muy bien, señor Ward. Gracias por preguntarlo. ¿Ha pasado estos meses en el barco?
El portero había oído rumores en ese sentido y enviado la correspondencia al despacho del magnate.
– Así es – contestó Paul y sonrió.
El portero quería darle el pésame por la muerte de su esposa, pero no le pareció adecuado pues iba en compañía de una rubia muy atractiva. Supuso que se trataba de su novia y, por el bien de Paul, esperó que así fuese.
Subieron al ascensor. Cuando bajaron, India esperó mientras Paul buscaba el llavero en el maletín. Cuando introdujo la llave en la cerradura vio que le temblaba la mano. Lo cogió delicadamente del brazo y el magnate se volvió para mirarla, pues pensó que quería decirle algo.
– No pasa nada – susurró ella -. Tómatelo con calma…
Él sonrió. Como siempre, India sabía exactamente qué pensaba y, aún más importante, qué sentía. Por teléfono ella tenía la misma actitud y por eso él la apreciaba. Era un refugio donde siempre podía buscar consuelo. Antes de girar la llave dejó el maletín en el suelo y la abrazó.
– Muchas gracias. Me resultará más doloroso de lo que suponía.
– Tal vez no. Inténtalo.
India estaba a su lado de la misma forma que Paul la había apoyado durante los últimos meses. Ella sabía que podía llamarlo, ya que la estaba esperando en el Sea Star. De repente el rostro que contemplaba dejó de estar separado de la voz fraternal que conocía, y vio al hombre, al alma, a la persona en la cual había aprendido a confiar.
Paul giró lentamente la llave, la puerta se abrió y él encendió la luz. Salvo la mujer de la limpieza, nadie había entrado desde septiembre. El apartamento estaba impecable, pero se veía desolado y silencioso. India contempló un ancho recibidor blanco y negro, decorado con litografías y esculturas modernas, y vio un interesante cuadro de Jackson Pollock.
Paul se dirigió al salón y encendió más luces. Era una amplia estancia, cuidada y decorada con una interesante combinación de muebles antiguos y modernos. De las paredes colgaban un Miró, un Chagall y varias obras de artistas desconocidos. Se trataba de una estancia muy ecléctica que recordaba poderosamente a Serena. En el apartamento todo tenía su sello, su estilo, su fuerza y su humor. Por todas partes había fotos de la escritora, en su mayoría procedentes de sus libros, y sobre la chimenea colgaba un enorme retrato que hipnotizó a Paul, quien permaneció en silencio junto a India.
– Ya no recordaba lo bella que era – susurró con tristeza -. Procuro no pensar en ella.
India asintió con la cabeza, consciente de que la situación resultaba muy dolorosa, aunque también sabía que Paul tendría que superarla. Se preguntó si el magnate descolgaría el retrato o lo dejaría donde estaba. Era tan imponente como Serena lo había sido en vida.
Paul se dirigió a una habitación más pequeña y revestida en madera, su despacho, y dejó el maletín. India lo siguió. La fotógrafa temió que podía estar de más y que tal vez debía irse.
– ¿Quieres que me vaya? – le preguntó en voz baja.
Paul la miró súbitamente decepcionado y algo dolido.
– ¿Tan pronto? India, si no tienes que regresar con tus hijos quédate un rato más.
– No tengo prisa, pero no quisiera molestar.
Paul se mostró tal cual era y manifestó su dolor, seguro de que India lo comprendería.
– Te necesito. ¿Qué quieres beber?
– No puedo beber, he de conducir hasta Westport.
– No me tranquiliza que tengas que conducir – dijo el magnate y se sentó en un sofá de terciopelo delante de una chimenea más pequeña que la del salón. El despacho estaba decorado con terciopelo azul oscuro y sobre la chimenea colgaba un Renoir -. Me ocuparé de que un chófer te traiga y te lleve. Si lo prefieres, a veces te acompañaré personalmente a casa.
– Me gusta conducir. – Sonrió y agradeció su amabilidad. Paul se sirvió un whisky y la fotógrafa aceptó una coca-cola -. El apartamento es precioso – comentó.
India ya había imaginado que era hermoso, en algunos sentidos tanto como el Sea Star.
– Serena lo decoró personalmente. – Paul suspiró, miró a su amiga y por enésima vez comprobó lo bonita que era. Gracias a su melena rubia y sus facciones clásicas llamaba la atención más de lo que él recordaba. Estaba sentada con las piernas elegantemente cruzadas. Él recordó las horas de charla que el verano pasado habían compartido en el Sea Star. Volvió a pensar en su difunta esposa y añadió -: Era capaz de hacer de todo, aunque a veces resultaba difícil de soportar. India se dio cuenta de que el apartamento poseía la elegancia natural, el ingenio y el sentido del humor que caracterizaban a Serena -. No sé qué haré con el piso. Supongo que debería coger mis pertenencias y venderlo.
– Tal vez no – opinó India y bebió un trago de CocaCola -. El apartamento es magnífico. Quizá sólo deberías cambiar algunas cosas de sitio.
Paul rió entre dientes.
– Serena me mataría. Cada vez que colocaba algo insistía en que se lo había dictado Dios. Se enfadaba si me atrevía a mover un cenicero. Puede que tengas razón, tal vez debería adaptarlo a mis necesidades. Ahora tiene la impronta de Serena. Antes no me había percatado de la influencia de su estilo. – Serena jamás había dispuesto algo en el velero ni le había importado; el Sea Star era el mundo de Paul, razón por la cual le había resultado tan sencillo recluirse allí desde septiembre. En la nave los recuerdos eran más escasos y discretos. En el apartamento saltaban a la vista desde cada rincón -. ¿Piensas redecorar la casa de Westport y sacarte a Doug de la cabeza? ¿Se ha llevado muchas cosas?
Tuvieron más de un tira y afloja, pero al final Doug sólo se había llevado el ordenador y algunos recuerdos de su época universitaria. No quería alterar a los chicos más de lo necesario.