– Te amo y quiero que lo sepas dijo ella al cabo -. Si recuperas la cordura, llámame.
– Estoy cuerdo. Por fin estoy cuerdo. Te aseguro que no te llamaré. – No quería que se formara ilusiones, pues habría sido demasiado cruel. Sabía que Serena era la dueña de su alma por toda la eternidad y que el resto no merecía la pena -. Adiós – se despidió suavemente y colgó.
India oyó el tono de marcar y colgó. Cerró los ojos, lloró desconsoladamente y deseó haber muerto en el accidente, porque así todo habría sido más sencillo.
Por la tarde Gail recogió a los niños en la escuela y fue a visitarla. Se sentó en la cama y pensó que su amiga estaba aún peor. No había probado bocado en todo el día e insistía en que no tenía hambre.
– Querida, tienes que comer o te sentirás peor.
Gail le preparó una taza de té. Al llevársela a los labios, India se acordó de Paul y tuvo un acceso de tos. Ni siquiera podía tragar.
A Gail le bastó mirarla para saber qué había ocurrido. Ignoraba con quién, pero su amiga tenía un problema amoroso.
– Tiene que ver con un hombre, ¿no? – preguntó delicadamente. India guardó silencio -. No permitas que ningún hombre te haga daño. No te lo mereces, no es justo que vuelvas a sufrir. – Con Doug ya lo había pasado bastante mal y lo único que le faltaba era alguien peor que él -. Te recuperarás. Estoy segura de que, sea quien sea, no vale la pena.
– Vaya si vale la pena. – India se echó a llorar y, sin haber probado el té, apoyó la taza en el plato -. El problema es que vale la pena.
Gail no se atrevió a preguntar a quién se refería, pero tuvo un curioso pálpito. India no había mencionado a Paul Ward desde el verano anterior, pero cuando sus miradas se cruzaron Gail puso en marcha su sexto sentido. El hombre en cuestión sólo podía ser él. Era un misterio cuándo se habían visto y qué habían hecho. Por lo que Gail recordaba, él se encontraba en Europa. De pronto tuvo la certeza de que había regresado y provocado en su amiga ese estado calamitoso. Nunca había visto tan mal a India. Solo había tratado con otra mujer tan desesperada: su hermana. A los veinte años se había suicidado por el vecino de al lado y Gail fue quien la encontró. Era la tragedia de su vida y jamás lo olvidaría. Miró a India, se asustó y se preguntó si la víspera había intentado matarse.
Ni siquiera India lo sabía. Volvió a tumbarse, cerró los ojos y pensó en Paul mientras Gail la contemplaba con el corazón encogido.
24
India se recuperó lentamente. Los puntos se convirtieron en una cicatriz que seguía la línea del nacimiento del pelo a lo largo de la sien izquierda. Tres semanas después del accidente, la herida aún tenía un color rojo intenso, pero le aseguraron que en seis meses no se notaría y que podría haber sido peor, muchísimo peor. Había tenido mucha suerte, pues podía haber sufrido daños cerebrales irreversibles o morir. Aquella noche en urgencias había de guardia un cirujano plástico que le había cosido la herida. Tres semanas después la visitó y se mostró satisfecho de su trabajo. El brazo roto sólo tardó cuatro semanas en curarse y, como era el izquierdo, no quedó absolutamente imposibilitada. Lo que creó más problemas fue la contusión cervical y todavía llevaba collarín cuando en abril la llamó Raúl. Quería que cubriese un reportaje en la ciudad. Una revista publicaba un artículo sobre la víctima de una violación. El juicio despertaba mucho interés y necesitaban fotografías.
India lo pensó durante dos días y aceptó el encargo. Necesitaba salir de la rutina. Conoció a la víctima y le cayó bien. Se trataba de una famosa top model, de veinticinco años. El violador le había hecho cortes en la cara la noche en que había puesto fin a su carrera en un montículo de hierba de Central Park, donde la condujo a punta de pistola cuando ella se apeó de un taxi en la Quinta Avenida.
El reportaje requirió dos días de trabajo y lo único que le desagradó fue que el encuentro tuvo lugar en el Carlyle, lo que le recordó a Paul. Por lo demás, todo marchó sobre ruedas. Publicadas una semana después, las fotos provocaron gran revuelo.
Hacía un mes que no tenía noticias de Paul pero se abstuvo de llamarlo. Ignoraba dónde estaba e intentaba no pensar en él. Un mes después de la ruptura seguía en medio de una nube de confusión. Había sido como conseguir cuanto había soñado y luego perderlo. La única diferencia con la modelo consistía en que ésta estaba físicamente afectada. Las cicatrices de India eran igualmente profundas pero no se veían. Sólo ella sabía de su existencia.
Le costaba creer que no volvería a tener noticias de Paul pero en mayo no le quedó otro remedio que aceptarlo. Se había alejado de su vida, cargado con sus penas, sus heridas y sus recuerdos de Serena. India sabía que jamás recuperaría algo muy íntimo que Paul le había arrebatado. Tenía qué aprender a vivir con esto y con su fracaso matrimonial. Por algún motivo la ruptura con Paul le dolía más que la pérdida de Doug. Le resultaba más lacerante que todo lo que había vivido, salvo la muerte de su padre. Se trataba de la pérdida de las esperanzas en un momento vulnerable de su vida y estaba decepcionada. Sabía que el tiempo lo cura todo, aunque ignoraba cuánto tardaría. Tal vez le llevaría toda la vida, pero no tenía alternativa. Su sueño se había esfumado con Paul, lo mismo que su corazón y el amor que le había prodigado. Lo único que le quedaba era la certeza de que éste la había amado. Paul la amaba. Por mucho empeño que él pusiese en negarlo, durante un tiempo la había amado.
A principios de mayo comió con Gail. Todos los años almorzaban juntas el día del cumpleaños de India. Era una tradición. La víspera, India había comprado una camioneta nueva. Gail la contemplaba cuando de repente miró a su amiga. Hacía dos meses que deseaba hacerle una pregunta y hasta entonces no se había atrevido. Se armó de valor al comprobar que India estaba muy recuperada; además, la curiosidad la azuzaba. Se sentaron a comer y Gail se lo preguntó. India desvió la vista, luego miró a su amiga con expresión afligida. No tenía sentido guardar el secreto, ahora carecía de importancia.
– Sí, se trata de Paul. Durante mucho tiempo, casi desde el verano, nos hablamos por teléfono. Si quieres que sea exacta, a partir de la muerte de Serena. Al cabo de unos días me llamaba diariamente. Se convirtió en mi mejor amigo, en una especie de hermano… Durante una época lo fue todo para mí. Era la luz al final del túnel, aunque él se negaba a admitirlo. – Sonrió -. Después, regresó a Nueva York y me declaró su amor. Creo que la primera vez que lo vi me enamoré de él. A él le ocurrió lo mismo, incluso en vida de Serena, aunque nunca lo reconoció y creo que, en realidad, no se dio cuenta. Entre nosotros existía algo muy poderoso que lo asustó. Era más de lo que podía asimilar. Todo acabó en una semana. Dijo que era por mis hijos, por su edad y por una serie de tonterías que no vienen a cuento. En realidad lo hizo por él. Se sentía demasiado culpable debido a Serena, seguía enamorado de ella. Sea como fuere, puso fin a la relación la noche del accidente.
Miró a Gail con lágrimas en los ojos.
– ¿Aquella noche intentaste quitarte la vida?
La cuestión obsesionaba a Gail. India le recordaba mucho a su hermana; por suerte, se había salvado y parecía muy repuesta.
– Supongo que sí – reconoció ella con franqueza -. Tenía ganas de morir, pero me faltó valor. Sigo sin recordar qué ocurrió. Sólo sé que iba llorando y con la sensación de que mi vida estaba acabada. Cuando recobré el conocimiento ingresaba en el hospital. Recuerdo que después me llevaste a casa y me dolía mucho la cabeza. La verdad es que el corazón me dolía mucho más que la cabeza.
– ¿Has sabido algo más de Paul? – inquirió Gail con pesar, pues le parecía una historia terrible que había estado a punto de terminar en tragedia.