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Se trasladarían a la casa de Westport el mismo día de la partida de India, que ya lo tenía todo preparado: listas, instrucciones y alimentos para una semana en la nevera y el congelador. Pensaba dejar cenas congeladas para calentar en el microondas, pero Doug le dijo que a Tanya le encantaba cocinar y que con mucho gusto prepararía la cena a los chicos.

Después de desayunar se marcharon a la escuela. India les dio un beso de despedida y les pidió que se portasen bien. Había dejado varios números de teléfono por si la necesitaban, aunque les advirtió que sería difícil contactar con ella. El hospital de campaña disponía de radio y le retransmitirían los mensajes. Sabía que para sus hijos lo más duro sería la imposibilidad de hablar con ella. Pero los dejaba en buenas manos y, gracias a Doug y Tanya, se quedaban en casa y sus vidas no se alterarían demasiado.

Telefoneó a Gail y le pidió que de vez en cuando echase un vistazo a los chicos. Gail le deseó suerte. Echaría de menos a su amiga, pero sabía que a ella le iría bien desconectar. Habían transcurrido dos meses desde la ruptura con Paul y desde entonces India parecía más muerta que viva, pero Gail abrigaba la esperanza de que el viaje la ayudara a recuperarse. Estaría tan ocupada, tan lejos y tan distante de todo que nada se lo recordaría.

India cubriría la primera etapa del viaje volando a Londres. Pernoctaría en un hotel del aeropuerto y al día siguiente cogería un vuelo a la ciudad ugandesa de Kampala. Una vez allí tomaría un pequeño avión para desplazarse a Kigali – la capital de Ruanda – y luego viajaría en jeep por la selva hasta Cyangugu, en el extremo meridional del lago Kivu.

Salió de casa vestida con tejano, botas y plumón; de su hombro colgaba la vieja bolsa con el equipo fotográfico y sólo llevaba un bolso pequeño. Una vez fuera se detuvo, miró alrededor, acarició al perro y rezó para que en su ausencia no pasara nada.

– Cuídalos por mí – dijo a Crockett.

El perro la miró y meneó la cola. India sonrió expectante y cogió el autobús que la conduciría al aeropuerto.

El viaje le resultó interminable. Las dos últimas etapas fueron peores de lo que Raúl había augurado. El avión de Kigali a Cyangugu era una minúscula huevera que sólo transportaba dos pasajeros y apenas había espacio para su bolso de mano. Despegó a duras penas, casi rozando la copa de los árboles, y aterrizó en un claro rodeado de arbustos ralos. El paisaje era increíble e India comenzó a disparar su cámara antes de que tomaran tierra. El jeep era, en realidad, un viejo camión ruso. Nadie sabía de dónde lo habían sacado y al cabo de media hora de trayecto se dio cuenta de que los dueños anteriores no lo revisaban porque dejó de funcionar. La media hora de recorrido se convirtió en dos horas y media. Se detuvieron varias veces para reparar el camión o para ayudar a sacar del barro a vehículos atascados. A mitad de trayecto India ya se había convetido en una experta en bujías.

Le habían asignado un conductor sudafricano que se presentó con Ian, un neozelandés que llevaba tres años en la zona. Este amaba África y le contó muchas cosas sobre las tribus hutus y tutsis, y la procedencia de los niños que vivían en el hospital de campaña,

– Será un reportaje estupendo – opinó el neozelandés.

Era muy atractivo e India se deprimió cuando advirtió que probablemente le doblaba la edad. En ese rincón del mundo había que ser joven para soportar las penurias. Con cuarenta y cuatro años, prácticamente era una anciana comparada con los demás integrantes del equipo. Claro que sólo se quedaría tres semanas.

– ¿De donde obtenéis las provisiones? – preguntó mientras avanzaban dando tumbos.

Hacía rato que había anochecido, pero tanto Ian com el conductor insistían en que no corrían peligro. Le explicaron que sólo debían preocuparse por la presencia ocasional de elefantes o leones. Ambos iban armados y aseguraron ser buenos tiradores.

– Obtenemos alimentos de donde podemos – respondió mientras traqueteaban.

– Espero que no los consigáis en el mismo sitio de donde procede el camión.

El joven rió y le explicó que las provisiones llegaban del extranjero y que las transportaban por puente aéreo. También contaban con ayuda de la Cruz Roja.

Llegaron a las dos de la madrugada y la acompañaron a su tienda de campaña. Era minúscula y parecía un desecho de guerra, pero a India no le importó. Le dieron un saco de dormir y un catre y le aconsejaron que no se quitara los zapatos por si los elefantes o los rinocerontes arrasaban el campamento y tenía que huir por piernas. También le advirtieron que había serpientes.

– ¡Fantástico! – exclamó.

No estaba en Londres sino en África, pero se encontraba tan agotada que habría dormido de pie.

Por la mañana la despertaron los sonidos del campamento. Salió de la tienda con la misma ropa que llevaba la noche anterior, sin peinarse ni lavarse los dientes, y divisó el hospital de campaña. Estaba instalado en una enorme cabaña que un grupo de australianos había construido hacía dos años. Todos parecían muy concentrados en lo que hacían. Tuvo la sensación de ser una perezosa pues aún estaba medio dormida.

– ¿Has tenido buen viaje? – preguntó una inglesa sonriente que le indicó dónde estaban los lavabos.

La cocina se encontraba detrás del hospital e India fue hacia allí después de lavarse los dientes y la cara, de cepillarse la melena y hacerse una coleta.

Era una mañana fantástica y el calor apretaba. Había dejado el plumón en la tienda y estaba hambrienta. En la cocina había una extraña mezcla de alimentos africanos para los nativos y una variedad poco tentadora de platos congelados para los demás. La mayoría de los presentes tomaban fruta. India sólo necesitaba un café antes de redactar la lista de las personas que tenía que entrevistar para el reportaje.

Estaba a punto de terminar la segunda taza de café y una tostada cuando entró un grupo de hombres en compañía del neozelandés que había conocido la víspera. Alguien comentó que eran pilotos. India contempló la espalda de uno de los recién llegados y le resultó ligeramente conocida. Llevaba chaqueta de vuelo y gorra de béisbol, pero no le vio la cara. De todos modos, no tenía importancia. No conocía a nadie, quizá era alguien con quien se había cruzado en los años en que deambulaba de un lado a otro del planeta. Le pareció harto improbable. Casi todas las personas con que trató se habían retirado ya, seguido su camino o muerto. En su profesión no existían muchas opciones y casi nadie perseveraba en esa clase de trabajo. Entrañaba demasiados riesgos y la inmensa mayoría de las personas cuerdas lo cambiaban encantadas por una mesa de despacho.

Aún miraba a los hombres cuando Ian la saludó con la mano y se acercó. Tres pilotos lo siguieron. El primero era bajo y corpulento y el segundo, negro. India miró al tercero y, atónita, lanzó una exclamación de sorpresa. Era Paul Ward. Se miraron fijamente, con una mezcla de miedo e incredulidad. El grupo llegó a la mesa que ocupaba la fotógrafa. El neozelandés los presentó y le resultó imposible pasar por alto la expresión de India. Su rostro de por sí pálido se había tornado blanco como el papel.

– ¿Os conocéis? – preguntó Ian, percatándose de que había un problema grave.

Si India hubiera sido capaz de imaginar la única escena de su existencia que no quería vivir, probablemente habría sido la que se estaba desarrollando ante sus ojos.

– No es la primera vez que nos vemos – atinó a decir India y estrechó la mano de los recién llegados.