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– Dijo que a mi edad no se conciertan citas con una mujer. Desde su perspectiva debo mantener el celibato hasta el final de mis días. Según sus cálculos llegaré a cumplir ciento catorce años. – Sonrió -. Dice que soy un hombre maduro. Los hijos suelen tener ideas peculiares sobre sus padres, ¿no crees?

India sabía que el propio Paul tenía ideas peculiares pues parecía decidido a mantenerse fiel al recuerdo de Serena hasta que la muerte se lo llevara. No lo mencionó por que se le veía contento comiendo galletas y gelatina y no quiso aguarle la fiesta.

India se alegró de volver a sentirse a sus anchas a su lado. Por lo visto, el episodio del accidente de Sam había roto el hielo. No esperaba nada más de él y por fin sentía que eran amigos. Aún apreciaba esa amistad. Por ahí había empezado todo compartiendo infinidad de confidencias. A ambos les había dolido perder esa confianza.

– ¿Qué me cuentas de tu vida? – preguntó él y troceó otro pomelo porque aún tenía hambre -. ¿Sales con alguien?

Se moría de ganas de preguntarlo e India se sobresaltó.

– No. Estuve muy ocupada lamiéndome las heridas y madurando. Creo que lo llaman encontrarse a una misma. He tenido que buscarme a mí misma y no he encontrado a nadie. Tampoco me apetece.

– ¡Qué tontería!

– ¿De veras? ¿Quién eres tú para decir que es una tontería? No te he visto en los bares para solteros ni saliendo con la gente guapa y las modelos de Nueva York. Estás sentado en la copa de un árbol de Ruanda y te dedicas a comer pomelos y gelatina de fresa.

La imagen era muy divertida y Paul rió de buen grado.

– Hablas como si fuera mitad hombre y mitad mono.

– Tal vez. ¿Sales con alguien?

Súbitamente India se percató de que desconocía las actividades de Paul. Por lo que sabía podía estar liado con la mitad de las enfermeras, aunque no había oído comentarios. A decir verdad, varias personas habían asegurado que era muy agradable y un solitario empedernido.

– No, no salgo con nadie – repuso, y con la cuchara recogió el jugo del pomelo. Seguía teniendo un aspecto juvenil se sentía cómodo y, al igual que en el pasado, le agradaba estar con India, una mujer despierta, divertida y de trato afable. El problema consistía en que él no lo era. Poseía muchas virtudes, sí, pero tratar con él no era nada fácil -. Sigo fiel a Serena – apostilló casi con orgullo.

India pensó que no era una actitud correcta pero lo comprendió.

– ¿Qué tal tus pesadillas? – preguntó con tacto.

Hacía mucho que no estaba en condiciones de formular esa clase de preguntas.

– Ya no son tan terribles. Sospecho que estoy demasiado cansado para tener pesadillas. Sólo se repiten cuando regreso a la civilización.

– Lo recuerdo.

La última vez Paul sólo había resistido nueve días e India había acabado con el corazón roto, un brazo fracturado y conmoción cerebral.

– ¿Por qué no has buscado a alguien con quien salir? – insistió él.

India suspiró.

– Señor Ward, yo diría que la respuesta es evidente. Mejor dicho, debería serlo, al menos para usted. Necesitaba tiempo para recuperarme de lo que viví contigo… y con Doug. Fue un golpe muy duro, un desastre tras otro. – Hacía tiempo que había perdido a Doug y la ruptura con Paul representó la pérdida de todas sus esperanzas e ilusiones -. Supongo que me sentó bien. En algunos aspectos me dio fuerza y ahora sé lo que quiero y necesito, si es que alguna vez decido buscarlo, aunque dudo que vuelva a hacerlo. Nunca se sabe. Puede que en el futuro mi vida tome otro cariz.

– Eres demasiado joven para tirar la toalla.

Paul tuvo la impresión de que India estaba muy desilusionada, pero también parecía más fuerte. Había madurado sutilmente desde la última vez que se habían visto, tal como él advirtió cuando la oyó hablar con Doug: no había permitido que la avasallara. Y tampoco permitía que él se pasase de la raya. Por fin había empezado a poner límites. Ya no la asustaba tanto la posibilidad de perder a sus seres queridos, lo cual era consecuencia directa de que ya los había perdido. No tenía nada que perder salvo sus hijos, a los que siempre querría, por lo que se sentía más valiente.

– No he conocido a nadie que me interese – aclaró India con sinceridad.

Puesto que volvían a ser amigos, podía hacer esa clase de comentarios.

– ¿Y qué te interesa? – repuso Paul con curiosidad.

India reflexionó.

– Estar en paz y llevar una vida tranquila en solitario. Si decido entregar nuevamente mi corazón, sólo se lo daré al hombre adecuado.

– ¿Cómo te gustaría que fuera? – preguntó él con falsa objetividad.

Al igual que en el pasado, se puso en un papel que le encantaba: el de confesor.

– ¿Cómo me gustaría que fuera? Su aspecto no me preocupa demasiado, aunque me agradaría que fuese apuesto. Prefiero que sea agradable, bueno, inteligente, amable, comprensivo… ¿Quieres saber una cosa? – Lo miró a los ojos y decidió sincerarse -. Quiero que esté loco por mí. Quiero que me considere lo mejor de su vida y se sienta tan afortunado de tenerme que no le preocupe nada más. Siempre me he dedicado a querer, a dar y hacer concesiones. Creo que ha llegado el momento de cambiar las tornas y recibir parte de lo que he dado.

Ella había estado locamente enamorada de Paul y estuvo dispuesta a darle cuanto tenía, incluso sus hijos, pero el magnate seguía perdidamente enamorado de Serena. En última instancia, saberlo producía dolor. Lo había perdido por una mujer que ya no existía. Paul había preferido guardar fidelidad al recuerdo de Serena en vez de amar a India.

– Tal vez parezca una locura – apostilló la fotógrafa -, pero quiero un hombre dispuesto a mover cielo y tierra por mí… Un hombre que, con tal de estar a mi lado, sea capaz de atravesar un huracán. – De pronto sonrió y Paul pensó que su aspecto era bello y sorprendentemente joven -. Lo que digo es que el hombre adecuado tiene que amarme realmente. No que me quiera a medias o que dude. No estoy dispuesta a ser segundona ni a aguantar ningún pacto injusto, como en el caso de Doug. Tengo que amar a ese hombre con toda mi alma, y él ha de amarme de la misma manera. A menos que lo encuentre en algún lugar prefiero seguir sola, tomando fotos en la Cochinchina o en casa con mis hijos. No estoy dispuesta a aceptar una situación relegada y no pienso pedir disculpas ni suplicar.

Paul advirtió que no se refería a Doug, sino a él, al hombre que le había dicho que, en realidad, no la amaba. Se alegró de que ella conservase sus sueños, aunque se preguntó si alguna vez conseguiría llevarlos a la práctica. Afortunadamente sabía qué esperaba y qué quería de la vida. En este aspecto tenía las cosas muy claras.

India decidió volver las tornas:

– Señor Ward, puesto que ya hemos hablado de mí, ¿qué es lo que usted busca? ¿Cómo es la mujer perfecta para usted?

El magnate no deseaba decirle que era ella a quien quería, y estuvo a punto de hacerlo, pero la definió con un sola palabra:

– Serena. – India guardó silencio. Aunque lo esperaba, le cayó como un cubo de agua fría, pues no imaginaba que Paul sería tan explícito -. Si miro hacia el pasado me doy cuenta de que era casi perfecta, al menos para mí, lo que no permite muchas mejoras.

– Mejoras no, pero podría dar pie a algo o a alguien diferente. – Una vez más, decidió sincerarse pues pensó que Paul debía saber su postura -. Siempre supe que no podía estar a su altura, que ocuparía un segundo plano en caso de que… salvo durante aquella semana. Fue el único período en que estuve segura de que me amabas.

Ella sabía que la había amado a pesar de los comentarios que hizo más adelante. Cuando le aseguró que no la quería era el miedo el que se expresaba por su boca.

– Y te amé, India, mejor dicho, pensé que te amaba… durante una semana… Después me aterrorizaron las palabras de Sean, tú, tus hijos, los viajes de Nueva York a Westport… mis pesadillas y mis recuerdos de Serena. Esos sentimientos me llenaron de culpa.