El propio traje era como un baño turco.
«Tu traje te parecerá más confortable cuando tu cuerpo contenga menos agua», le había dicho Stilgar.
Sabía que tenía razón, pero este conocimiento no la hacía sentirse más cómoda en aquel momento. La inconsciente preocupación por el agua era un peso en su mente. No, se corrigió: es la humedad lo que me preocupa.
Y este era un problema más sutil y profundo.
Oyó pasos acercándose, se volvió y vio a Paul salir de las profundidades de la caverna, seguido por Chani y su rostro de elfo.
Hay otra cosa, pensó Jessica. Paul debe ser advertido acerca de sus mujeres. Una de esas mujeres del desierto no será nunca una esposa digna de un Duque. Una concubina, si, pero nunca una esposa.
Después se dijo, maravillándose: ¿Acaso me ha convencido con sus proyectos? Y ella sabía lo bien condicionada que había sido. Puedo pensar en las necesidades matrimoniales de la nobleza sin siquiera recordar mi propio concubinato. Sin embargo… yo era algo más que una concubina.
—Madre.
Paul se detuvo ante ella. Chani se detuvo a su lado.
—Madre, ¿sabes lo que están haciendo allá al fondo?
Jessica observó la sombría mirada de sus ojos bajo la capucha.
—Creo que sí.
—Chani me lo ha mostrado… porque se supone que debo verlo y dar mi… consentimiento acerca de la medida del agua.
Jessica miró a Chani.
—Están recuperando el agua de Jamis —dijo Chani, y su voz tenía un acento nasal a causa de los filtros—. Es la norma. La carne pertenece a la persona, pero el agua pertenece a la tribu… excepto en el combate.
—Dicen que el agua es mía —dijo Paul.
Jessica se preguntó por qué todo aquello despertaba de pronto su desconfianza.
—El agua del combate pertenece al vencedor —dijo Chani—. Es debido a que uno tiene que combatir sin destiltraje. El vencedor tiene derecho a recuperar el agua que ha perdido en la lucha.
—No quiero esa agua —murmuró Paul. Sentía como si formara parte de muchas imágenes distintas que se agitaban simultáneamente de un modo fragmentario que desconcertaba su visión interior. No estaba seguro de lo que haría, pero estaba convencido de algo: no quería el agua destilada de la carne de Jamis.
—Es… agua —dijo Chani.
Jessica se maravilló del modo cómo lo decía. «Agua». Algo más significativo que un simple sonido. Un axioma Bene Gesserit acudió a su mente: «La supervivencia es la habilidad de nadar en aguas extrañas». Y Jessica pensó: Paul y yo tenemos que encontrar las corrientes favorables en estas aguas extrañas… si queremos sobrevivir.
—Aceptarás esta agua —dijo Jessica.
Reconoció el tono de su propia voz. Había usado el mismo tono con Leto, cuando le había dicho al desaparecido Duque que aceptara una gruesa suma ofrecida a cambio de su participación en una arriesgada empresa… simplemente porque el dinero contribuía a la potencia de los Atreides.
En Arrakis, el agua era dinero. Lo había visto con claridad.
Paul permaneció silencioso, sabiendo que haría lo que ella le había ordenado… no porque fuera una orden, sino porque el tono de voz empleado por ella le obligó a reconsiderar las cosas. Rehusar el agua significaría romper con las prácticas Fremen que habían aceptado.
Entonces, Paul recordó las palabras del Kalima 467 de la Biblia Católica Naranja de Yueh.
—El agua es el inicio de toda vida —dijo.
Jessica le miró. ¿Dónde ha aprendido esa cita?, se preguntó. Jamás ha estudiado los misterios.
—Así está dicho —dijo Chani—. Giudichar mantene: está escrito en el Shah-Nama que el agua ha sido el origen de toda cosa creada.
Sin ninguna razón que pudiera explicar (y esto la asustó mucho más que la propia sensación), Jessica se estremeció repentinamente. Se volvió para disimular su turbación, y en aquel mismo momento el sol se puso. Un violento estallido de colores llenó el cielo mientras el sol desaparecía tras el horizonte.
—¡Es el momento!
La voz de Stilgar resonó por toda la caverna:
—El arma de Jamis ha sido muerta, Jamis ha sido llamado por El, por Shai-hulud, el cual ha ordenado las fases de las lunas que se desvanecen cada día un poco más, hasta que sean al final tan sólo ramitas desecadas —la voz de Stilgar bajó de tono—. Así ha ocurrido con Jamis.
El silencio cayó como un palpable velo en la caverna.
Jessica vio la sombra gris de los movimientos de Stilgar como la silueta de un fantasma en las tenebrosas vísceras de la caverna. Miró de nuevo a la depresión, sintiendo el frescor de la noche.
—Que los amigos de Jamis se acerquen —dijo Stilgar.
Algunos hombres se movieron tras Jessica, colocando una cortina en la abertura. Un solo globo fue iluminado muy arriba, al fondo de la caverna. Su amarillo resplandor reveló figuras humanas en movimiento. Jessica escuchó el lento roce de ropas.
Chani avanzó un paso, como atraída por la luz.
Jessica se acercó al oído de Paul, diciéndole en el código familiar:
—Sígueles, muchacho; haz lo que ellos hagan. Será una simple ceremonia para aplacar el alma de Jamis.
Será mucho más que esto, pensó Paul. Experimentó una sensación lacerante en lo profundo de su conciencia, como si intentara inmovilizar algo que estaba en perenne movimiento.
Chani se deslizó al lado de Jessica y tomó su mano.
—Ven, Sayyadina. Nosotras debemos permanecer a un lado. Paul las observó mientras se apartaban entre las sombras, dejándole solo. Se sintió abandonado.
Los hombres que habían colocado la cortina se le acercaron.
—Ven, Usul.
Dejó que le guiaran, que le empujaran hasta el interior de un círculo de gente que se había formado alrededor de Stilgar, el cual permanecía de pie bajo el globo y al lado de un objeto informe y anguloso sobre el suelo de roca, cubierto con unas ropas.
Los asistentes se acuclillaron en el suelo a un gesto de Stilgar, con sus ropas siseando por el movimiento. Paul siguió su ejemplo, observando fijamente a Stilgar, notando que bajo el globo sus ojos parecían dos profundos pozos, mientras la tela verde brillaba en torno a su cuello. Después, Paul dirigió su atención hacia lo que tenía Stilgar a sus pies, cubierto por unas ropas, y reconoció el mango de un baliset surgiendo por un lado de la ropa.
—El espíritu deja el agua del cuerpo cuando se levanta la primera luna —entonó Stilgar—. Así está dicho. Cuando se levante la primera luna, esta noche, ¿a quién llamará?
—Jamis —dijeron los demás a coro.
Stilgar giró sobre uno de sus talones, paseando su mirada por el círculo de rostros.
—Yo era amigo de Jamis —dijo—. Cuando el halcón mecánico planeó sobre nosotros en el Agujero-en-la-Roca, fue Jamis quien me puso al abrigo.
Se inclinó, tomó las ropas que cubrían el bulto.
—Como amigo de Jamis tomo estas ropas… es el derecho del jefe —se echó las ropas al hombro y se irguió.
Entonces, Paul vio el contenido de lo que tapaban las ropas: el gris relucir de un destiltraje, un litrojón abollado, un pañuelo con un pequeño libro en su centro, el mango sin hoja de un crys, una funda vacía, un fragmento de tejido doblado, un paracompás, un distrans, un martilleador, un montón grande como un puño de garfios metálicos, un surtido de pequeñas rocas envueltas en un trozo de tela, un montón de plumas atadas juntas… y el baliset puesto a un lado.
Así que Jamis tocaba el baliset, pensó Paul. El instrumento le recordó a Gurney Halleck y todo aquello que había perdido. Paul sabía, gracias a su memoria del futuro, que algunas líneas de probabilidad podían conducir a un encuentro con Halleck, pero las intersecciones eran pocas y confusas. Esto le inquietó. El factor de incertidumbre le dejaba perplejo. Esto quiere decir que tal vez yo haré algo… que podré hacerlo, que destruirá a Gurney… o le devolverá a la vida… o…