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—Nuestras necesidades han sido calculadas con precisión — dijo Stilgar—. Cuando hayamos alcanzado la cantidad requerida, podremos cambiar el rostro de Arrakis.

Un murmullo de respuesta surgió de todo el grupo:

—Bi-lal kaifa.

—Atraparemos a las dunas bajo plantaciones de hierba —dijo Stilgar, y su voz sonó más fuerte—. Mantendremos el agua en el suelo con árboles y raíces.

—Bi-lal kaifa —entonaron los demás.

—Cada año, los hielos polares se retraen —dijo Stilgar.

—Bi-lal kaifa —cantaron.

—Convertiremos Arrakis en un hogar… con lentes derretidoras en los polos, con lagos en las zonas templadas, y solamente el alto desierto para el hacedor y su especia.

—Bi-lal kaifa.

—Y ningún hombre tendrá en el futuro necesidad de agua. Podrá tomarla de los pozos, de los lagos y de los canales. Correrá libremente a lo largo de los qanats para alimentar nuestras plantas. Estará allí para que cualquiera pueda tomarla. Será de todo el mundo, bastará que uno tan sólo ponga su mano.

—Bi-lal kaifa.

Jessica captó el ritual religioso en aquellas palabras, notó su propia instintiva respuesta reverencial. Han hecho una alianza con el futuro, pensó. Tienen su montaña que escalar. Es el sueño científico… y ese pueblo sencillo, esos campesinos, se han embebido de él.

Sus pensamientos se dirigieron hacia Liet-Kynes, el ecólogo planetario del Emperador, el hombre que se había transformado en un nativo… y sintió maravilla por él. Era un sueño capaz de capturar el alma de aquellos hombres, y sintió la mano del ecólogo en él. Era un sueño por el cual los hombres estarían dispuestos a morir. Aquel era otro de los ingredientes esenciales que necesitaría su hijo: un pueblo con una finalidad. Sería tan fácil suscitar fervor y fanatismo en un tal pueblo. Podría empuñarlo como una espada para reconquistar su lugar.

—Ahora debemos partir —dijo Stilgar— y esperar a que se levante la primera luna. Cuando Jamis esté en el buen camino, podremos volver a casa.

Murmurando su reluctancia, el grupo le siguió hacia la escalera tallada en la roca, dando su espalda al agua.

Y Paul, caminando tras Chani, sintió que un momento vital acababa de escapársele de las manos, que había dejado pasar una decisión esencial y que ahora ya era prisionero de su propio mito. Sabía que había visto aquel lugar antes, en un fragmento de un sueño presciente en el lejano Caladan, pero había detalles de aquel lugar que nunca antes había visto. Una vez más, los límites de su poder le turbaron. Era como si cabalgase en una ola del tiempo, a veces en su seno, a veces en su cima… y a todo su alrededor otras olas alzándose y cayendo, revelando y luego escondiendo aquello que transportaban en su superficie.

Y por encima de todo ello, el salvaje jihad aparecía siempre ante él, con la violencia y la matanza. Era como un escollo dominando las olas.

El grupo enfiló a través de la última puerta y penetró en la caverna principal. La puerta fue sellada. Las luces fueron apagadas, los orificios de la caverna abiertos de nuevo, revelando la noche y las estrellas brillando sobre el desierto.

Jessica avanzó hacia el reseco borde, más allá del umbral de la caverna, y miró hacia arriba, hacia las estrellas. Eran brillantes y nítidas. Había gente moviéndose a su alrededor, oyó el sonido de un baliset que era afinado a sus espaldas, y la voz de Paul ajustando el tono con la boca cerrada. Había una melancolía en aquella voz que no le gustó.

La voz de Chani resonó en lo hondo de la oscuridad de la caverna.

—Háblame de las aguas de tu mundo natal, Paul-Muad’Dib.

Y Pauclass="underline"

—En otro momento, Chani. Te lo prometo.

Tanta tristeza.

—Es un buen baliset —dijo Chani.

—Muy bueno —dijo Paul—. ¿Crees que Jamis me odiará si lo uso?

Habla de los muertos en presente, pensó Jessica. Las implicaciones de aquello la turbaron.

—A Jamis le gustaba tocar algo a esta hora —intervino una voz de hombre.

—Entonces, cántame una de tus canciones —pidió Chani.

Hay tanta feminidad en la voz de esa chica, pensó Jessica. Tengo que prevenir a Paul acerca de sus mujeres… y pronto.

—Es una canción que cantaba un amigo mío —dijo Paul—. Creo que ya está muerto ahora… Gurney. La llamaba su canción del anochecer.

Los hombres callaron, mientras la suave voz de tenor de Paul se alzaba a los acordes del baliset:

«En este cielo de cenizas ardientes… Un sol dorado se pierde en el crepúsculo. Qué sentidos locos, perfume de desesperación Son los consortes de nuestros recuerdos.»

Jessica sintió en su pecho la música de las palabras… pagana y cargada de sonidos que de pronto la hicieron sentir intensamente consciente de sí misma, de su cuerpo y de sus necesidades, escuchó en el tenso silencio:

«Perlas de incienso en el réquiem de la noche… ¡Son para nosotros! Qué alegría, entonces, resplandece… Luminosa en tus ojos… Qué amores sembrados de flores Atraen nuestros corazones… Qué amores sembrados de flores Aplacan nuestros deseos.»

Y Jessica oyó el prolongado silencio que siguió a la última sostenida nota que quedó vibrando en el aire. ¿Por qué mi hijo le ha cantado una canción de amor a esa chica?, se preguntó. Sintió un miedo repentino. Notaba la vida deslizarse a su alrededor, y no podía aferrarla. ¿Por qué ha elegido esa canción?, pensó. Los instintos son a veces veraces. ¿Por qué lo ha hecho?

Paul permaneció silencioso en la oscuridad, con un único pensamiento dominando su consciencia: Mi madre es mi enemiga. Ella no lo sabe, pero lo es. Es ella quien lleva el jihad en su sangre. Me ha hecho nacer; me ha adiestrado. Es mi enemiga.

CAPÍTULO XXXV

El concepto de progreso actúa como un mecanismo de protección destinado a defendernos de los terrores del futuro.

De «Frases escogidas de Muad’Dib», por la Princesa Irulan.

En su decimoséptimo aniversario, Feyd-Rautha Harkonnen mató a su centésimo esclavo-gladiador en los juegos familiares. Los visitantes observadores de la Corte Imperial -el Conde y Dama Fenring- se encontraban en el mundo natal de los Harkonnen, Giedi Prime, para el acontecimiento, y fueron invitados a sentarse aquella tarde con la familia inmediata en el palco dorado encima de la arena triangular.

En honor del aniversario del na-Barón, y a fin de recordar a todos los Harkonnen y a sus súbditos que Feyd-Rautha era el heredero designado, aquel día fue declarado festivo en Giedi Prime. El viejo Barón decretó que todo trabajo fuera interrumpido de uno a otro meridiano, y en la ciudad familiar de Harko no se regateó ningún esfuerzo para crear una ilusión de alegría: estandartes ondeando en todos los edificios, una nueva capa de pintura en las paredes a lo largo de toda la Gran Avenida.

Pero, entre una casa y la otra, el Conde Fenring y su Dama vieron montones de inmundicias, y las paredes destilando suciedad que se reflejaban en los charcos de agua sucia entre los cuales la gente andaba furtivamente.

Tras los azules muros de la morada del Barón reinaba una perfección inspirada en el terror, pero el Conde y su Dama vieron el precio pagado: guardias por todos lados, y armas con aquel brillo particular que a un ojo entrenado indicaba un frecuente uso. Había puestos de control en casi todas las calles, incluso en el interior del castillo. Los sirvientes revelaban su adiestramiento militar en su forma de andar, en sus hombros rígidos… en la forma en que sus atentos ojos lo observaban todo, vigilando y vigilando.