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—La presión aumenta —murmuró el Conde a su Dama en su lengua secreta—. El Barón apenas empieza a ver el precio que realmente está pagando por desembarazarse del Duque Leto.

—Un día te contaré la leyenda del fénix —dijo ella.

Se encontraban en la sala de recepción del castillo, en espera de acudir a los juegos familiares. No era una sala amplia — quizá cuarenta metros de largo por la mitad de ancho— pero falsos pilares a lo largo de las paredes uniéndose en ángulo agudo con un techo ligeramente arqueado daban la ilusión de un espacio mucho más amplio.

—Ahhh, aquí está el Barón —dijo el Conde.

El Barón avanzaba a lo largo de la sala con aquel peculiar andar flotante motivado por la necesidad de guiar constantemente los suspensores que soportaban su enorme cuerpo. Sus mejillas temblequeaban, y los suspensores se movían cadenciosamente bajo sus ropas color naranja. Los anillos brillaban en sus dedos, y los opafuegos llenaban de iridiscencias su atuendo.

A su lado avanzaba Feyd-Rautha. Sus oscuros cabellos estaban peinados en apretados bucles que parecían incongruentemente alegres en contraste con sus tristes ojos. Llevaba una entallada túnica negra y pantalones ajustados ligeramente abiertos al final. Blandas pantuflas calzaban sus pequeños pies.

Dama Fenring, notando el porte del joven y la firmeza de los músculos bajo su túnica, pensó: He aquí alguien que no se dejará engordar.

El Barón se detuvo frente a ellos, sujetó a Feyd-Rautha con un gesto posesivo y dijo:

—Mi sobrino, el na-Barón, Feyd-Rautha Harkonnen —y, volviendo su rostro de bebé gordo hacia Feyd-Rautha—: El Conde y Dama Fenring, de los que ya te he hablado.

Feyd-Rautha inclinó su cabeza con la requerida cortesía. Miró a Dama Fenring. Su exquisita figura estaba enfundada en un sencillo vestido ondeante de lino, sin ningún adorno. Sus cabellos eran sedosos y dorados. Sus ojos gris verde le devolvieron la mirada. Tenía la serena calma de las Bene Gesserit, y esto turbó profundamente al joven.

—Hummm… ahmmm… —dijo el Conde. Estudió a Feyd- Rautha—. ¿El, hummm, meticuloso joven, ha, hummm… querida? —el Conde miró al Barón—. Mi querido Barón, ¿decís que habéis hablado de nosotros a ese meticuloso joven? ¿Qué le habéis dicho?

—He hablado a mi sobrino de la gran estima en que os tiene el Emperador, Conde Fenring —dijo el Barón. Y pensó: ¡Obsérvalo bien, Feyd! Es un asesino con los modales de un conejo… el tipo más peligroso de hombre.

—¡Por supuesto! —dijo el Conde, y sonrió a su Dama.

Feyd-Rautha consideró casi insultantes las acciones y las palabras de aquel hombre. Se detenían justo en el umbral de la afrenta directa. El joven concentró su atención en el Conde: un hombre delgado, de aspecto frágil. Tenía rostro de comadreja, con ojos oscuros demasiado grandes. Sus sienes eran grises. Y sus movimientos… movía una mano o volvía la cabeza hacia un lado y hablaba hacia el otro. Era difícil seguirle.

—Hummm… ahmmm… raramente se encuentra… uhhh… una tan precisa cualidad —dijo el Conde, dirigiéndose al hombro del Barón—. Yo… ah… os felicito por la… hummm… perfección de vuestro… ahhh… heredero. Lleva en sí… hummm… la experiencia de sus mayores, por decirlo de algún modo.

—Sois demasiado gentil —dijo el Barón. Se inclinó, pero Feyd-Rautha notó que no había la menor cortesía en los ojos de su tío.

—Cuando vos sois… hummm… irónico, esto… ahhh… sugiere que estáis… hummm… meditando algo —dijo el Conde.

Está empezando de nuevo, pensó Feyd-Rautha. Se expresa en forma insultante, pero no hay nada en sus palabras que nos permita exigirle satisfacciones.

Escuchar a aquel hombre le daba a Feyd-Rautha la sensación de que le metían la cabeza en una olla hirviendo… ¡hummm… ahhh…! Feyd-Rautha volvió su atención hacia Dama Fenring.

—Estamos… ahhh… robando demasiado tiempo a este joven —dijo ella—. Tengo entendido que debe aparecer en la arena hoy.

Por las huríes del harén Imperial, ¡es condenadamente adorable! pensó Feyd-Rautha.

—Hoy mataré a alguien por vos, mi Dama —dijo—. Con vuestro permiso, proclamaré mi dedicatoria en la arena.

Ella le miró serenamente, pero su voz fue como un latigazo cuando dijo:

—Vos no tenéis mi permiso.

—¡Feyd! —dijo el Barón. Y pensó: ¡Ese mocoso! ¿A caso quiere hacerse desafiar por ese asesino de Conde?

Pero el Conde se limitó a sonreír, y dijo:

—Hummm… mmm…

—Debes prepararte para la arena, Feyd —dijo el Barón—. Debes estar bien descansado y no correr riesgos estúpidos.

Feyd-Rautha se inclinó, con el resentimiento oscureciendo sus facciones.

—Estoy seguro de que todo será según tus deseos, tío. —Hizo una inclinación de cabeza hacia el Conde Fenring—: Señor —a la Dama—: mi Dama —y se volvió, saliendo a largos pasos del salón, sin dignarse echar una mirada a los miembros de las Familias Menores reunidos cerca de las dobles puertas.

—Es tan joven —suspiró el Barón.

—Hummm… oh, sí… hummm… —dijo el Conde.

Y Dama Fenring pensó: ¿Es ese el joven al cual se refería la Reverenda Madre? ¿Es esa la línea genética que debemos preservar?

—Tenemos aún más de una hora antes de acudir a la arena — dijo el Barón—. Quizá pudiéramos sostener ahora esa pequeña charla, Conde Fenring —inclinó su enorme cabeza hacia la derecha—. Quedan aún muchos puntos por discutir.

Y el Barón pensó: Veamos cómo se las arreglará este lacayo del Emperador para transmitirme el mensaje que trae para mí sin llevar su grosería hasta el punto de decírmelo en voz alta.

El Conde se volvió hacia su Dama.

—Hummm… ahh… ¿nos… hummm… excusarás… ahhh… querida?

—Cada día, y a veces cada hora, lleva sus cambios —dijo ella —. Hummm… —y sonrió al Barón antes de alejarse. Su amplia falda siseó mientras avanzaba, con un paso mesurado y noble, hacia las dobles puertas del fondo del salón.

El Barón observó que las conversaciones entre las Casas Menores cesaban al acercarse ella, que todos los ojos la seguían ¡Bene Gesserit!, pensó el Barón. ¡El universo haría mejor desembarazándose de ellas!

—Hay un cono de silencio entre los dos pilares ahí, a nuestra izquierda —dijo el Barón—. Podremos hablar sin temor a ser escuchados. —Abrió camino con su andar ondulante hasta la zona acústica aislante, notando cómo los ruidos del salón se volvían confusos y distantes.

El Conde avanzó a su lado, y ambos se volvieron hacia la pared para impedir que alguien pudiera leer en sus labios.

—No nos ha satisfecho el modo como habéis echado a los Sardaukar de Arrakis —dijo el Conde.

¡Habla claro!, pensó el Barón.

—Los Sardaukar no podían quedarse allí más tiempo sin correr el riesgo de que otros descubrieran cómo el Emperador me había ayudado —dijo el Barón.

—Pero vuestro sobrino Rabban no parece en absoluto preocupado por resolver el problema de los Fremen.

—¿Qué es lo que quiere el Emperador? —preguntó el Barón —. No queda más que un puñado de Fremen en Arrakis. El desierto meridional es inhabitable. El desierto septentrional es batido regularmente por mis patrullas.

—¿Quién dice que el desierto meridional es inhabitable?

—Vuestro propio planetólogo lo ha dicho, mi querido Conde.

—Pero el doctor Kynes está muerto.

—Ah, si… desgraciadamente.

—Hemos sobrevolado los territorios meridionales —dijo el Conde—. Hay evidencias de vida vegetal.