—Estarnos perdiendo tiempo, Barón —dijo Piter.
—Quizá.
El Barón inclinó las cabeza hacia él.
—Mi querido Leto, sabes que vas a terminar diciéndonos dónde se encuentran. Existe un nivel de dolor que vencerá incluso a tu voluntad.
Probablemente tiene razón, pensó Leto. Si no fuera por el diente… y por el hecho de que en realidad no sé dónde se encuentran.
El Barón pinchó un trozo de carne y lo llevó a su boca, masticándola lentamente, engulléndola. Hay que probar alguna otra cosa, pensó.
—Observa a este prisionero que niega estar en venta —dijo—. Obsérvalo bien, Piter.
Y el Barón pensó: ¡Sí! Míralo, este hombre que cree no poder ser comprado. ¡Míralo detenidamente, mientras un millón de fragmentos de sí mismo están siendo vendidos al detalle cada instante de su vida! Si lo cogieras en este momento y lo sacudieras, todo él sonaría a vacío. ¡Vendido! ¿Qué diferencia hay en que muera de una y otra forma?
Los sonidos de rana tras la puerta se interrumpieron bruscamente.
El Barón vio a Umman Kudu, el capitán de los guardias, aparecer en el umbral y agitar la cabeza. El prisionero no había dado la información solicitada. Otro fracaso. Era ya tiempo de dejar de contemporizar con aquel idiota estúpido del Duque, que no quería darse cuenta de lo cerca de él que estaba el infierno… sólo al espesor de un nervio de distancia.
Este pensamiento calmó al Barón, venciendo su reluctancia a someter a un noble al dolor. Se vio de pronto a sí mismo como a un cirujano preparado para practicar infinitas disecciones… arrancando las máscaras a los idiotas y exponiendo el infierno que había debajo de ellas.
¡Conejos, todos ellos conejos!
¡Y cómo huían temblando apenas veían a un carnívoro!
Leto miró fijamente a través de la mesa, preguntándose qué estaba esperando. El diente pondría fin a todo muy rápidamente. Pero… la vida había sido tan hermosa en su mayor parte. Se descubrió a sí mismo recordando un milano real antenado suspendido sobre el cielo de Caladan, y a Paul riendo de alegría al contemplarlo. Y recordó el sol del alba, aquí en Arrakis… y las estrías de color de la Muralla Escudo difuminadas por la bruma de polvo.
—Tanto peor —murmuró el Barón. Echó su silla hacia atrás, se levantó con ligereza con la ayuda de sus suspensores, y vaciló notando un súbito cambio en la expresión del Duque. Le vio inspirar profundamente, y que su mandíbula se había endurecido. Un músculo se estremeció en el momento en que el Duque cerró con fuerza su boca.
¡Cuánto miedo me tiene!, pensó el Barón.
Aterrado ante el temor de que el Barón pudiera escapársele, Leto mordió salvajemente la cápsula en el diente y la notó romperse. Abrió la boca y expelió el pungente vapor que sentía formarse sobre su lengua. El Barón pareció hacerse más pequeño, una figura vista a través de un túnel que se alejara. Leto oyó un jadeo junto a su oído… la voz sedosa: Piter.
¡También le he cogido a él!
La voz retumbó lejana.
Leto sintió sus recuerdos girar en su mente… parecidos a murmullos de viejas desdentadas. La estancia, la mesa, el Barón, el par de ojos aterrorizados… azul sobre azul… todo se fundió a su alrededor en una simétrica destrucción.
Había un hombre con el mentón parecido a la puntera de una bota, un títere, cayendo. El títere tenía la nariz rota hacia la izquierda: un metrónomo inmovilizado para siempre al inicio de su recorrido. Leto oyó el entrechocar de vajilla… tan lejano… un rumor en sus oídos. Su mente era un pozo sin fondo, recogiéndolo todo. Todo aquello que siempre había existido: cada grito, cada susurro, cada… silencio.
Un único pensamiento quedaba en él. Leto lo percibió como algo informe, unos trazos de luz negra: El día modela la carne y la carne modela el día. El pensamiento le golpeó con un sentimiento de plenitud que supo que nunca podría explicar.
Silencio.
El Barón estaba de pie, con la espalda apoyada contra su puerta privada, en el refugio de seguridad tras su mesa. La había cerrado a una habitación llena de hombres muertos. Sus sentidos le decían que sus guardias corrían por todos lados. ¿Lo he respirado?, se preguntó. Fuera lo que fuese ¿me ha alcanzado también a mi?
Los sonidos volvían a él… y la razón. Oyó a alguien gritando órdenes: máscaras de gas… mantened la puerta cerrada… accionad los extractores.
Los otros han caído muy aprisa, pensó. Yo aún sigo en pie. Todavía respiro. ¡Infiernos! ¡Ha faltado poco!
Ahora podía analizar lo sucedido. Su escudo estaba activado como siempre, regulado al mínimo pero siempre con la potencia suficiente para retardar el intercambio molecular a través de la barrera energética. Y se estaba separando de la mesa… y el jadeo de Piter que había provocado la intervención del capitán de la guardia y su muerte.
La muerte y la advertencia que había leído en los rasgos de un hombre moribundo… esto le había salvado la vida.
El Barón no sintió ninguna gratitud hacia Piter. El idiota se había dejado matar. ¡Y aquel estúpido capitán de los guardias! ¡Había dicho que los había registrado a fondo a todos antes de llevarlos a presencia del Barón! ¿Cómo había sido posible que el Duque…? No había habido ningún aviso. Ni siquiera el detector de venenos sobre la mesa… hasta que había sido demasiado tarde. ¿Cómo era posible?
Ahora ya no tiene ninguna importancia, pensó el Barón, mientras su mente se reafirmaba. El próximo capitán de los guardias empezará a trabajar buscando las respuestas a estas preguntas.
Percibió un aumento de la actividad fuera, al otro lado de la puerta de aquella estancia donde reinaba la muerte. El Barón empujó la otra puerta y salió, estudiando a los lacayos a su alrededor. Todos permanecían inmóviles y silenciosos, esperando la reacción del Barón.
¿Estará el Barón furioso?
Y el Barón se dio cuenta de que habían pasado tan sólo unos segundos desde que había escapado de aquella terrible habitación.
Algunos de los guardias mantenían sus pistolas apuntadas contra la puerta. Otros dirigían su ferocidad hacia el vacío vestíbulo donde se oían ahora los ruidos procedentes de la esquina a su derecha.
Un hombre apareció por esa esquina, con la máscara antigás colgando de su cuello, sus ojos fijos en los detectores de veneno alineados en el corredor. Tenía cabellos rubios, rostro aplanado y ojos verdes. Finas arrugas partían de su boca de gruesos labios. Hacía pensar en alguna criatura acuática perdida por algún extraño motivo entre los animales terrestres.
El Barón observó al hombre que se acercaba, recordando su nombre: Nefud. Iakin Nefud. Cabo de la guardia. Nefud era adicto a la combinación de música y semuta, que actuaba en los más profundos estratos de la consciencia. Este era un precioso dato de información.
El hombre se detuvo frente al Barón y saludó.
—El corredor está limpio, mi Señor. Estaba montando guardia en el exterior y he pensado en seguida que se trataba de un gas letal. Los ventiladores de vuestra estancia aspiraban el aire de este corredor —alzó los ojos hacia el detector encima de la cabeza del Barón—. No ha escapado ni un átomo de gas. Hemos limpiado ya completamente la estancia. ¿Cuáles son vuestras órdenes?
El Barón reconoció la voz del hombre… la misma que había gritado las órdenes. Eficiente este cabo, pensó.
—¿Están todos muertos ahí dentro? —preguntó el Barón.
—Sí, mi Señor.
Bien, habrá que adaptarse a ello; pensó el Barón.
—En primer lugar —dijo—, déjame felicitarte, Nefud. Eres el nuevo capitán de mi guardia. Y espero que aprenderás la lección en la muerte de tu predecesor.