El Barón captó la consciencia de lo que representaba aquel ascenso para el hombre de su guardia: Nefud sabía que ya nunca más le faltaría semuta.
Nefud asintió.
—Mi Señor sabe que me consagraré enteramente a su seguridad.
—Sí. Bien, a lo que íbamos. Sospecho que el Duque llevaba algo en su boca. Descubrirás lo que era, cómo ha sido usado y quién lo puso allí. Toma todas las precauciones…
Se interrumpió, con la cadena de sus pensamientos rota por una perturbación en el corredor, detrás de éclass="underline" los guardias de la puerta del ascensor que conducía a los niveles inferiores de la fragata intentaban detener a un alto coronel Bashar que acababa de emerger de la cabina.
El Barón no consiguió situar el rostro del coronel Bashar: delgado, con la boca parecida a una hendidura hecha en el cuero y unos ojos como manchas de tinta.
—¡Quitadme vuestras manos de encima, pandilla de carroñeros! —rugió el hombre, y empujó violentamente a los guardias.
Ahhh, uno de los Sardaukar, pensó el Barón.
El coronel Bashar avanzó a grandes pasos hacia el Barón, cuyos ojos se cerraron hasta convertirse en dos sutiles hendiduras de aprensión. Los oficiales Sardaukar le llenaban de inquietud. Tenían un aspecto que les hacía parecer parientes del Duque… del difunto Duque. ¡Y sus modales hacia el Barón!
El coronel Bashar se plantó a un paso del Barón, con las manos en las caderas. Los guardias se inmovilizaron detrás de él, indecisos.
El Barón observó la ausencia de saludo, el desdén en los modales del Sardaukar, y su inquietud aumentó. Había una sola legión de Sardaukar en el planeta, diez brigadas, reforzando las legiones Harkonnen, pero el Barón no se hacia ilusiones. Aquella única legión era perfectamente capaz de revolverse contra los Harkonnen y vencerles.
—Decid a vuestros hombres que no intenten impedirme que os vea, Barón —gruñó el Sardaukar—. En cuanto a los míos, os han traído al Duque Atreides antes de que pudiera discutir con vos su suerte. Vamos a hacerlo ahora.
No debo perder prestigio ante mis hombres, pensó el Barón.
—¿Y? —Su voz era fría y controlada, y el Barón se sintió orgulloso de ella.
—Mi Emperador me ha encargado asegurarme de que su real primo perecerá limpiamente, sin agonía —dijo el coronel Bashar.
—Estas son las órdenes Imperiales que he recibido —mintió el Barón—. ¿Creéis que iba a desobedecerlas?
—Debo informar a mi Emperador de lo que haya visto con mis propios ojos —dijo el Sardaukar.
—El Duque ya ha muerto —cortó el Barón, y levantó una mano para despedir al hombre.
El coronel Bashar permaneció inmóvil frente al Barón. Ni un parpadeo, ni el menor estremecimiento de ninguno de sus músculos indicaron que se había dado cuenta de que había sido despedido.
—¿Cómo? —gruñó.
¡Realmente, esto ya es demasiado!, se dijo el Barón.
—Por su propia mano, si es eso lo que queréis saber —dijo el Barón—. Se ha envenenado.
—Quiero ver el cadáver —dijo el coronel Bashar.
El Barón alzó los ojos al techo, fingiendo exasperación, mientras sus pensamientos galopaban. ¡Maldición! ¡Ese Sardaukar de ojos aguzados va a penetrar en la estancia antes de que podamos cambiar nada!
—Ahora —precisó el Sardaukar—. Quiero verlo con mis propios ojos.
No había forma de impedirlo, se dio cuenta el Barón. El Sardaukar iba a verlo todo. Sabría que el Duque había matado a hombres Harkonnen… y que el Barón había escapado por escaso margen. Los restos de la comida en la mesa eran una evidencia, y el Duque muerto frente a ellos, con la destrucción a su alrededor.
Era imposible evitarlo.
—No quiero oír excusas —dijo ásperamente el coronel Bashar.
—Nadie quiere daros excusas —dijo el Barón, y miró a los ojos de obsidiana del Sardaukar—. No tengo nada que esconder al Emperador. —Inclinó la cabeza hacia Nefud—: El coronel Bashar quiere verlo todo, en seguida. Hazlo entrar por la puerta ante la que te hallas, Nefud.
—Por aquí, señor —dijo Nefud.
Lentamente, insolentemente, el Sardaukar rodeó al Barón y se abrió camino entre los guardias.
Insufrible, pensó el Barón. Ahora el Emperador sabrá cómo le he fallado en esto. Lo considerará un signo de debilidad.
Y experimentó la agonía de pensar que el Emperador y su Sardaukar eran idénticos en su desdén hacia cualquier signo de debilidad. El Barón se mordió el labio inferior, consolándose con la idea de que al menos el Emperador no estaba al corriente de la incursión de los Atreides sobre Giedi Prime, y de la destrucción de los almacenes de especia que los Harkonnen tenían allí.
¡Maldita sea ese pérfido Duque!
El Barón observó las dos espaldas que se alejaban… el arrogante Sardaukar y el robusto y eficiente Nefud.
Tendremos que adaptarnos, pensó el Barón. Deberé poner otra vez a Rabban al frente de este condenado planeta. Sin restricciones. Tendré que derramar incluso mi propia sangre Harkonnen para colocar a Arrakis en condiciones de aceptar a Feyd-Rautha. ¡Maldito sea Piter! ¡No se le ha ocurrido otra cosa que hacerse matar antes de que yo hubiera terminado con él!
El Barón suspiró.
Debo enviar inmediatamente a alguien a Tleilax para buscar un nuevo Mentat. Indudablemente ya tendrán a otro nuevo preparado para mí.
Un guardia tosió cerca de él.
El Barón se volvió hacia el hombre.
—Tengo hambre.
—Sí, mi Señor.
—Y deseo ser divertido mientras vosotros limpiáis esa estancia y estudiáis todos sus secretos para mí —retumbó el Barón.
El guardia bajó los ojos.
—¿Que diversión prefiere mi Señor?
—Estaré en mi dormitorio —dijo el Barón—. Hazme traer aquel joven que compramos en Gamont, el que tiene esos ojos tan adorables. Que lo droguen bien. No tengo el menor deseo de luchar.
—Sí, mi señor.
El Barón se volvió y se dirigió hacia sus habitaciones, dando saltitos por efecto de los suspensores. Sí, pensó. Ese con los ojos tan adorables, ese que se parece tanto al joven Paul Atreides.
CAPÍTULO XXII
Paul sintió que todo su pasado, toda su vida antes de aquella noche, era como arena deslizándose por una clepsidra. Estaba sentado al lado de su madre, sujetándose las rodillas dentro de la pequeña tienda de tejido y plástico, una destiltienda, que habían encontrado, junto con las ropas Fremen que se habían puesto inmediatamente, en el paquete descubierto en el tóptero.
No había ninguna duda en la mente de Paul respecto a quién había escondido la Fremochila allí, quién había dirigido el rumbo del tóptero que transportaba a los cautivos.
Yueh.
El doctor traidor les había llevado directamente hasta las manos de Duncan Idaho.
Paul miró afuera, a través de la parte transparente de la destiltienda, observando las rocas iluminadas por la luz de la luna que rodeaban el refugio que Idaho había preparado para ellos.
Escondiéndome como un chiquillo ahora que soy el Duque, pensó Paul. Aquel pensamiento le irritaba, pero no podía negar que esconderse era por el momento lo más seguro.
Algo había ocurrido con su percepción aquella noche; veía con absoluta claridad todas las circunstancias y los acontecimientos en torno suyo. Se sintió incapaz de asimilar el flujo de datos, pero con fría precisión, cada nuevo elemento encajaba en sus conocimientos y los cálculos parecían concentrarse en su consciencia. Tenía el poder de un Mentat, y más aún.