Sin embargo, casarse con un hombre al que apenas conocía y mudarse a otro país, a otra cultura, cuando ni siquiera hablaba el idioma supondría un gran desafío. Ciertamente no sería lo más fácil. Además, sería la segunda esposa y no estaba del todo segura de que le apeteciera ese papel. Leandro había dicho que las comparaciones eran odiosas. ¿Significaba eso que no se podía comparar en modo alguno a su primera esposa? ¿Se estaba dejando llevar por la paranoia? Molly decidió que era paranoia. Habría preferido que Leandro no hubiera estado nunca con otra mujer y, sobre todo, que ninguna le hubiera importado lo suficiente como para casarse con ella.
A la mañana siguiente, él la recogió poco después de las diez y la acompañó a su cita con un ginecólogo en Harley Street. Una prueba de embarazo confirmó lo que ella ya sabía. Sufrió una reprimenda del médico por estar tan delgada, lo que la enojó profundamente, porque ella era así y, además, comía mucho.
– No creo que debas discutir con tu médico -le recriminó Leandro cuando volvieron a montarse en la limusina.
– Bueno, tú mismo dijiste que me gustaba demasiado discutir. Soy menuda y delgada. Nací menuda y delgada. ¡Creo que es mejor que vayas acostumbrándote!
– ¿Acaso voy a tener… oportunidad de acostumbrarme a ti? -le preguntó Leandro mientras la miraba fijamente a los ojos.
Ella giró la cabeza.
– No me has dado mucha elección cuando me has amenazado con ir a los tribunales para pelear por la custodia del niño…
– Entonces, ¿eso es un sí?
Molly siguió haciéndose la desinteresada y se encogió de hombros.
– No me gustan demasiado las bodas -admitió Leandro con abrumadora falta de táctica-. Me gustaría una discreta ceremonia religiosa celebrada aquí sólo con los testigos antes de regresar a España.
A Molly no le gustó aquel comentario. A Leandro no parecía importarle lo que ella pudiera desear. Él había estado casado antes y toda la pompa de las bodas parecía aburrirle. Sin embargo, ella esperaba casarse tan sólo una vez en su vida y habría preferido una boda normal.
Leandro la llevó a una exclusiva joyería para escoger las alianzas de boda. A continuación, almorzaron en un elegante hotel. Sin embargo, para entonces, el silencio de Molly estaba empezando a poner nervioso a Leandro.
– ¿Qué es lo que te pasa? -le preguntó él fríamente.
– Eres tan mandón que resulta insoportable. No sé si vuelvo a estar en el colegio o estoy en la cárcel porque nunca dejas de decirme qué hacer y cómo van a ser las cosas -se quejó ella.
– Deberías hablar más fuerte. Por naturaleza soy un hombre muy autoritario.
– Y a mí, por naturaleza, me gusta desafiar a los demás.
– En ese caso, vamos a chocar -replicó Leandro tras mirarla fijamente durante unos minutos.
Durante los siguientes diez días, los futuros novios no tuvieron muchas oportunidades de chocar entre ellos porque Leandro regresó a España por negocios. Su único medio de comunicación era alguna que otra llamada por teléfono.
Molly firmó su acuerdo prenupcial, dejó su trabajo y comenzó a dar carpetazo a su vida en Londres. Leandro le envió una tarjeta de crédito y le dijo que se fuera a comprar un vestido para la boda y también ropa que ponerse en un clima más cálido. Se marchó a Harrods y se compró un vestido de boda con el dinero de Leandro. Él le había sugerido algo elegante y sobrio, pero Molly no le hizo caso y se decantó por un corsé de encaje blanco acompañado de una gloriosa falda de vuelo y unos zapatos de tacón de vértigo.
Aquel día, cuando llegó a su casa, encontró una intrigante carta en el buzón. Provenía de un importante bufete de abogados de Londres y la invitaba a asistir a una reunión para hablar de un asunto confidencial. Molly sintió mucha curiosidad por saber por qué era necesario tanto misterio y llamó. Sin embargo, no le dieron información alguna por teléfono.
– ¿Crees que podría ser algo relacionado con un miembro de tu familia biológica que está tratando de ponerse en contacto contigo? -preguntó Jez-. ¿Una herencia, tal vez?
– Lo dudo. Sólo quedaban mi hermana y mi abuela y ésta me entregó a los servicios sociales.
Sin embargo, la curiosidad y la esperanza de que, efectivamente, alguien de su familia pudiera estar tratando de ponerse en contacto con ella hicieron que Molly acudiera a la cita. La hicieron pasar a un elegante despacho. Allí, la recibió Elena Carson, una abogada.
– Según tengo entendido, va usted a casarse muy pronto, señorita Chapman.
– Así es -replicó Molly. Se preguntó inmediatamente cómo la otra mujer conocía aquel detalle y por qué lo había mencionado.
– Debo pedirle que tenga paciencia sobre las razones por las que usted ha sido invitada a acudir hoy aquí. Mi cliente desea permanecer en el anonimato, pero me ha pedido que le haga a usted una generosa oferta económica.
– ¿Una oferta económica? -preguntó Molly, completamente asombrada. Algo decepcionada, comprendió que aquella reunión no tenía nada que ver con sus parientes de sangre. Se sintió algo estúpida por haber podido pensar que así podría ser.
– Mi cliente desea evitar su matrimonio.
– ¿Evitar mi matrimonio? -preguntó Molly, cada vez atónita.
– Mi cliente es consciente de que dicho matrimonio sería muy ventajoso para usted y está dispuesto a darle una gran suma de dinero para compensarla por tener que cambiar de opinión -respondió la abogada muy tranquilamente.
Molly se quedó boquiabierta. ¿Que alguien quería pagarle dinero por no casarse con Leandro? ¿Quién? ¿Un miembro de la familia de él? ¿Otra mujer que lo quisiera para sí?
– No estoy interesada en cambiar de opinión -replicó ella sin dudarlo.
– ¿Ha pensado usted en lo difícil que va a ser encajar en una familia de la nobleza española cuyos primeros miembros se remontan al siglo XV? ¿Ha pensado en lo difícil que podría ser cumplir las altísimas expectativas de su futuro esposo?
Molly se sentía furiosa.
– No quiero escuchar más tonterías. Aunque Leandro fuera rey, yo me sentiría igualmente capaz de afrontar el desafío porque él es el padre de mi hijo y supongo que él sabía perfectamente lo que estaba haciendo cuando me pidió que me convirtiera en su esposa -proclamó ella acaloradamente.
La abogada, sin embargo, ni siquiera pestañeó.
– Mi cliente actúa en interés de todos y reconoce que usted estaría haciendo un enorme sacrificio si renunciara a ese matrimonio…
– ¿De verdad? -la interrumpió Molly llena de furia mientras volvía a ponerse de pie.
– Y, por lo tanto, está dispuesto a ofrecerle a usted la cantidad de dos millones de libras para que usted se haga una vida en otro lugar sin volver a ponerse en contacto nunca con el señor Carrera -concluyó la abogada.
– Dado que no me voy a casar con Leandro por su dinero, no se puede utilizar para persuadirme de que no me case con él -proclamó Molly con su orgullo herido.
– La intención de mi cliente no era ofenderla a usted, señorita Chapman. Mi cliente sabe que está usted esperando un hijo y desea asegurarse de que tanto el niño como usted disfrutan de un futuro completamente asegurado. Debería usted considerar la oferta. Permítame que le diga que, si va a firmar o ha firmado ya un acuerdo prenupcial con su prometido, cabría la posibilidad de que recibiera usted mucho menos dinero en el caso de que se divorciaran.