Molly ya lo sabía, dado que había firmado tal acuerdo hacía tan sólo un par de días. Es decir, todo acto de adulterio, abandono o lo que vagamente se denominaba «comportamiento no razonable» la dejaría sumida en la pobreza. Sin embargo, Molly quería saber quién era capaz de ofrecer una cantidad de dinero tan grande para impedir un matrimonio. Desgraciadamente, la abogada se negó a proporcionarle aquella información. Evidentemente, el asunto no era ya tan secreto como ella había pensado en un principio. ¿A cuántas personas les había hablado Leandro de su embarazo? Si le decía lo que la abogada acababa de comunicarle a ella, ¿sabría él quién estaba detrás de todo aquello?
Como sólo faltaban cuarenta y ocho horas para la boda, Molly no durmió aquella noche pensando si debía contarle a Leandro lo sucedido en el bufete o no. ¿Y si se trataba de alguien de la familia más cercana de Leandro quien quería comprarla y persuadirla de que desapareciera para siempre? Por la cifra de dinero que la abogada le había ofrecido sólo se le ocurrió que el culpable seguramente era uno de sus parientes más cercanos. Leandro se pondría furioso. ¿De verdad quería arriesgarse a causar tantos problemas dentro del circulo familiar antes siquiera de llegar a España? ¿No sería mejor guardar silencio por el momento y darles a todos sus familiares la oportunidad de conocerla antes de juzgarla?
Capítulo 6
Molly se miró en el espejo del armario desde todos los ángulos. Ciertamente, Leandro no podría acusarla de no parecer una verdadera novia. Se había comprado todos lo necesario para la ocasión, desde la provocativa ropa interior hasta la liga de encaje adornada con una cinta azul. Su vestido era de ensueño, propio de una princesa de cuento de hadas, y estaba confeccionado en organza y raso. La pedrería del corpiño y la falda reflejaban hermosamente la luz. Unas peinetas en forma de mariposa le recogían el cabello en la parte posterior de la cabeza. No había añadido nada más para no excederse con los adornos.
– ¿Estás lista? -le preguntó Jez-. El conductor de la limusina está muy nervioso. Sin embargo, quiero que sepas que no es demasiado tarde para cambiar de opinión.
– Sé lo que estoy haciendo -respondió Molly a su mejor amigo-. Quiero que mi hijo tenga lo que yo no he tenido nunca…un hogar y una familia.
– Esperemos que Leandro sepa aceptar el desafío -replicó Jez secamente.
– No creo que tuviera tantas ganas de casarse conmigo si no fuera así -respondió Molly tratando de parecer más positiva de lo que se sentía. El hecho de que hubieran intentado sobornarla para que no se casara con Leandro había afectado profundamente su seguridad en sí misma. ¿Tan poco adecuada era como esposa para él?
Jez había accedido a actuar como testigo en la ceremonia. Molly se alegró de tener el apoyo de su amigo mientras la limusina la llevaba de camino a la iglesia. Al entrar por la puerta del templo, sintió que el corazón le latía frenéticamente en la base de la garganta. Comenzó a avanzar hacia el altar del brazo de Jez. Leandro, acompañado sólo por otro hombre, la estaba esperando. Iba vestido con un traje gris marengo de raya diplomática, que acompañaba con una camisa blanca. Estaba tan guapo…
Leandro observó a Molly. Estaba radiante, tal y como correspondía a una novia. Sus ojos verdes eran mares llenos de luz en su delicado rostro. Sus labios resultaban tan hermosos como las rosas que llevaba en su ramo y tan sensuales como los cremosos pechos que se asomaban por encima del escote del romántico vestido. Cuando ella se arrodilló a su lado, le supuso un desafío apartar los ojos de ella. La tensión que estaba sintiendo en la entrepierna se intensificó un poco más.
Molly dijo sus votos con voz clara y serena, a pesar de los nervios que la atenazaban por dentro. Era muy consciente de la cercanía de Leandro. Se permitió mirar su duro y bronceado perfil y sintió que el pulso se le aceleraba cuando él se volvió a mirarla al llegar el momento de intercambiar los anillos. Ya era su esposo.
Cuando la ceremonia terminó, él le presentó a su abogado, que era el hombre que había actuado como su testigo. A ella le sorprendió mucho que no se tratara de un amigo.
Los dos testigos declinaron la invitación de acompañarlos a almorzar. Jez la abrazó emocionadamente, dado que la pareja iba a marcharse directamente a España después de comer.
– No me puedo creer que estemos casados -le dio a Leandro mientras almorzaban en la suite de un lujoso hotel.
Por el contrario, Leandro se había sentido casado desde el instante en el que entró en la iglesia. Ya se estaba enfrentando a una opresiva sensación de confinamiento, a la que no había contribuido a aliviar la llamada histérica de su madre poco antes de la ceremonia, en la que le pidió desesperadamente que cambiara de opinión. Comprendió que tal vez había sido demasiado optimista al pensar que su familia vería el buen sentido de su decisión. Después de todo, una novia embarazada reunía a la vez dos de las cosas que se esperaban de él.
– Supongo que es mejor que vaya a cambiarme -dijo ella tras levantarse de la mesa.
– No. Déjate el vestido puesto, querida.
– ¿Para el vuelo?
– ¿Y por qué no? -replicó él, con los ojos llenos de deseo.
Leandro le agarró una mano y tiró de ella para saborear el fresco aroma a limón que había aprendido a asociar con la presencia de Molly.
– Quiero quitártelo yo. Podrás cambiarte antes de que aterricemos…
Molly se sonrojó. Aquel comentario la excitó profundamente. Los pezones se le irguieron y una cálida humedad la inundó. Leandro le había enseñado a desearlo y, aunque le molestaba que así fuera, no podía aún contener la pasión que provocaban en ella sus caricias.
– ¿Cómo fue tu primera boda? -le preguntó ella mientras iban de camino al aeropuerto. Se moría de ganas por saberlo aunque había tenido que sacrificar su orgullo para hacerlo.
– No creo que debamos hablar de eso -replicó él, muy secamente.
– ¿Y por qué no? -quiso saber ella. Se sentía ofendida por la reticencia de Leandro.
El respiró profundamente.
– Fue diferente. Una gran boda de sociedad.
Después de esa frase, quedó sumido en un profundo silencio. No obstante, había dicho más que suficiente para satisfacer la curiosidad de Molly. Ella deseó no haber preguntado nada. Una vez más, estaba haciendo comparaciones. De hecho, ni siquiera había sonreído ni le había dicho lo guapa que estaba en el día en el que todas las mujeres esperan sentirse verdaderamente especiales.
Ya en el aeropuerto, mucha gente se volvió para mirarla con su vestido de novia. Molly no prestó atención, pero sintió lo mucho que Leandro despreciaba aquel escrutinio. Estaba muy tenso. Las cosas no mejoraron cuando su equipo de seguridad no fue lo suficientemente rápido para evitar que un fotógrafo se les pusiera delante y les tomara una foto.
– Deberías haberme dejado que me cambiara.
– Creía que te gustaría recibir tanta atención, querida. Te has vestido para que así sea y, además, te aseguraste de que hubiera un fotógrafo en la iglesia para inmortalizar la ocasión.
Molly respiró profundamente y se contuvo para no responder. No creía que la sala VIP del aeropuerto fuera el lugar más adecuado para tener una discusión con su marido. Apretó los dientes y decidió esperar hasta que estuvieron acomodados en la cabina del lujoso avión privado de Leandro.
Con gran dificultad, se sentó y trató de abrocharse el cinturón.
– Creo que, después de todo, no ha sido muy buena idea pedirte que no te quitaras el vestido de novia -admitió Leandro poco después de que despegaran.
– Oh, bueno. Al menos no me pediste que me pusiera una bolsa de papel sobre la cabeza ni fingiste en el aeropuerto que no me conocías -ironizó ella.