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– ¿Qué significa ese extraño comentario? -replicó él.

– Que cuando me criticas por haber contratado un fotógrafo, dejas al descubierto lo poco realistas que son tus expectativas -respondió ella. Con eso, se quitó el cinturón y volvió a ponerse de pie-. Se supone que éste es el día de mi boda. Al contrario que tú, yo me he casado antes y me habría gustado que fuera una ocasión más memorable. Por supuesto, lo que yo podría querer no te importa a ti en absoluto. No sólo eres una persona autoritaria, Leandro… ¡estás a punto de convertirte en un tirano dominante!

– Estás histérica -dijo él fríamente.

– No, no lo estoy. Si estuviera histérica, estaría arrojando cosas por todas partes y gritando como una loca. En realidad, estoy furiosa contigo. ¡Por supuesto que quería fotografías del día de mi boda! Poder fingir de algún modo que se trataba de un matrimonio normal nos podría venir bien para el futuro. ¿O acaso te gustaría decirle a nuestro hijo que no tenemos ninguna foto porque fue una boda improvisada y tú no viste necesidad alguna de celebrar la ocasión?

– Si querías un fotógrafo, deberías habérmelo dicho.

– ¿Cuándo? Estabas en España y a mí ni siquiera se me permitió formar parte de los preparativos -le recordó ella.

– Di por sentado que te aliviaría ver que yo me ocupaba de todo.

– ¿Y qué malo había en preguntarme a mí lo que sentía al respecto? Pero claro, tú nunca me preguntas nada. No te importa cómo me siento, entonces, ¿por qué molestarte?

– Si no me importara, ¿tendrías ese anillo en el dedo? -le espetó él lleno de convicción.

– No. Si yo te importara, no me habrías amenazado para asegurarte de que me ponías este anillo en el dedo -repuso Molly-. Ese fue el acto de un hombre muy cruel, a quien no le importa lo que tenga que hacer para conseguir lo que quiere.

Leandro la miró fijamente a los ojos.

– Lo considero un acto necesario, empujado por mi comprensible preocupación por tu bienestar, un acto que me ha hecho estar en la posición perfecta para poder cuidar de ti y de mi hijo. En estos momentos, considero ese papel como el propósito fundamental de mi vida.

– No sabes cómo tener una relación, ¿verdad? En vez de tratar de ganarte mi confianza y mi apreciación, utilizas amenazas. Tal vez la agresividad funcione bien en el mundo de los negocios, pero no se pueden forjar relaciones humanas saludables de ese modo.

De repente, se produjo una fuerte turbulencia. Leandro dio un paso al frente y la tomó entre sus brazos. Suponía que ella consideraría también agresivo aquel gesto, pero si no tenía el suficiente sentido común como para sentarse o, al menos, quitarse unos zapatos tan altos e inestables, terminaría cayéndose y haciéndose daño.

– ¡Déjame en el suelo, Leandro! -le gritó Molly, aun temiendo que pudiera escucharles la tripulación de la nave.

De un codazo, Leandro abrió la puerta que conducía al dormitorio y la dejó con exagerada dulzura sobre la cama. Entonces, se sentó a su lado y le quitó los zapatos.

– Ahora eres mi esposa. Por supuesto que me preocupo por ti. Vamos a celebrar nuestro matrimonio con una gran fiesta en mi casa mañana por la noche, gatita mía.

Al escuchar aquellas palabras, Molly abrió mucho los ojos. Sus sentimientos heridos se vieron compensados inmediatamente por el hecho de que él hubiera organizado aquella fiesta para presentarla a todos los suyos. Aquel acto la compensaría de algún modo de la poco ceremoniosa boda que habían tenido.

– Deberías habérmelo dicho antes.

– Me gustan las fiestas tan poco como las bodas -confesó él.

Molly sonrió. Era tan guapo que su imagen fue borrando poco a poco el enfado que sentía. Le agarró con fuerza la corbata y tiró de él.

– Eres una causa perdida. ¿Cómo le dices a tu esposa algo así en el día de tu boda?

– ¿Ha estado mal? -preguntó Leandro, sorprendido sinceramente.

– Sí, pero tú vas a compensarme por ello…

Leandro estaba en trance por la mirada tan sugerente que había en los expresivos ojos de Molly. La pasión que ella era incapaz de ocultar prendía fácilmente la de él. La aplastó con fuerza contra el colchón y le atrapó los labios con urgencia, haciendo que estos se separaran con el suave contacto de la lengua.

Casi sin que se diera cuenta, Molly comprobó que él estaba desabrochando hábilmente el corsé y el sujetador. Se sentía incapaz de reaccionar, pero ardía por dentro. Las agradables sensaciones se transformaron en un placer total cuando él le cubrió los desnudos pechos y comenzó a estimularle los rosados pezones con los pulgares. Estos se irguieron hasta lo imposible y aquello le hizo lanzar un gemido de placer.

– Me encantan tus pechos, querida…

Mientras él recorría concienzudamente los cremosos pechos para asegurarse de que no quedaba ni un centímetro por estimular, Molly se retorcía de placer bajo él. De repente, él le quitó la falda del vestido y se levantó de la cama para terminar de quitarse la ropa. Mientras terminaba con la camisa, Leandro se dio un festín con la embrujadora apariencia de su esposa, ataviada con delicadas braguitas blancas y medias de encaje. De repente, se mostró más dispuesto a admitir que el matrimonio tenía sus compensaciones.

– Estás increíblemente sexy -le dijo con voz ronca-. No puedo apartar los ojos de ti.

Molly estaba sufriendo un problema similar. El físico de piel dorada que Leandro estaba dejando al descubierto a medida que se iba desnudando era imponente, desde los poderosos pectorales hasta los largos y fuertes muslos. Esta admiración no pasó por alto la potente erección que resultaba claramente visible por los ceñidos boxers que él llevaba. Algo se tensó en su interior dando paso a una oleada de deseo que se le extendió por todo el cuerpo. La fuerza de la pasión que sentía hacia él la dejaba atónita.

Cuando Leandro se tumbó en la cama al lado de ella, Molly lo abrazó. Le encantaba el aroma de su piel y el tacto del vello que le cubría el torso. Se advirtió que no iba a enamorarse de él. Decidió que no iba a darle más de lo que él estaba dispuesto a ofrecerle. Leandro le quitó las prendas que ella aún llevaba puestas y, lentamente, centró toda su atención en dar placer al cuerpo de Molly, que se retorcía de dicha bajo sus caricias.

La tensa sensación que estaba experimentando en el centro de su feminidad era como un dulce dolor que iba incrementándose poco a poco mientras ella se movía, tratando de encontrar la satisfacción que él le negaba.

El cabello de Leandro le rozó el estómago mientras le hundía la lengua en la suave hondonada del ombligo. Entonces, siguió hacia abajo, dirigiéndose a un destino mucho más íntimo entre los esbeltos muslos. Molly se quedó rígida de la sorpresa, pero Leandro era muy persuasivo y, muy pronto, estaba demasiado excitada como para poder resistirse. El salvaje y fiero anhelo que luchaba por explotar dentro de ella no tenía ni conciencia ni vergüenza. Donde quiera que él la tocara, Molly ardía. El corazón le latía frenéticamente mientras recibía las atentas delicias de aquella exploración. No se reconocía en aquella tormenta de excitación que la iba empujando cada vez más alto. Un único dedo forzó la delicada entrada del cuerpo de Molly. Ella gritó de puro placer y movió convulsamente las caderas. Estaba más que lista para él…

– Dios mío, querida… No puedo esperar -confesó él con impaciencia.

La excitación de Molly también había alcanzado cotas insuperables cuando él la agarró con fuerza y la penetró. El placer fue tan intenso que lanzó otro grito de gozo, pero él lo amortiguó con su propia boca. Entonces, comenzó a moverse dentro de ella, introduciéndole el miembro viril y satisfaciendo por fin el ansia que la había atormentado hasta entonces con la enérgica fuerza y el ritmo de su masculina necesidad. Ella levantó las caderas para recibirlo mejor mientras que Leandro le colocaba una mano bajo el trasero para inmovilizarla plenamente mientras se hundía en ella con un fuego abrasador.