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– Jamás he sentido nada como esto -gruñó Leandro con profunda satisfacción. No dejaba de mirarla mientras tomaba y daba placer. Una ligera capa de sudor le cubría el delgado y bronceado rostro.

Las oleadas de excitación eran cada vez más intensas hasta que Molly explotó en medio de un mundo de penetrante luz, de éxtasis y de gozosas sensaciones. El cuerpo se le tensó justo antes de alcanzar el clímax mientras que él tembló sobre ella y la penetró aún más profundamente, por lo que aquel pequeño terremoto de gozo se prolongó un poco más en el tiempo, dejándola a la deriva en un mar de cálido y dulce placer.

– Hmm -gruñó Leandro, tras volver a tumbarse sobre la cama y colocarla a ella encima de él-. En la cama eres la perfección absoluta…

Molly le rodeó con sus brazos mientras disfrutaba de los besos que él estaba depositando sobre su frente. Se preguntó sobre cómo se sentía en referencia a aquel cumplido. Suponía que el sexo era la verdadera y única fuente de su atracción y, tanto si le gustaba como si no, un componente muy importante en el éxito futuro de su matrimonio. Estaba segura de que era poco realista y también egoísta por su parte querer más de eso de un hombre que estaba completamente a años luz de ella en lo que se refería a físico y éxito.

– Me gustaría quedarme aquí durante horas, pero no falta mucho para que aterricemos. Un helicóptero nos llevará al castillo, donde sé que mi familia estará esperando con impaciencia para conocerte.

Molly levantó bruscamente la cabeza.

– ¿Qué castillo?

– Mi casa.

– ¿Quieres decir que… que vives en un castillo? ¿Y que voy a conocer a tu familia inmediatamente?

Leandro observó con asombro cómo Molly se levantaba de un salto de la cama. -¿Qué es lo que pasa?

– ¡Mírame! -exclamó ella horrorizada mientras se miraba a sí misma en el espejo del armario-. Estoy hecha un asco y, además, ¿qué me voy a poner?

– Tienes las maletas aquí…

– Pero no sé lo que debo ponerme en un castillo…

Aún completamente desnuda, ella se lanzó sobre una de las maletas y trató de llevarla al suelo.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó Leandro, al tiempo que se levantaba de la cama para quitarle la maleta de las manos y ponerla sobre la cama-. Ni se te ocurra levantar algo tan pesado.

– ¿Qué me voy a poner? -repitió ella mientras revolvía los contenidos de la maleta, que eran básicamente prendas informales de brillantes colores-. No tengo nada elegante.

– Pues te dije que fueras de compras -le recordó Leandro.

– Pero no me compré muchas cosas dado que estoy embarazada -le dijo ella con frustración-. Dentro de unas pocas semanas no me servirá nada de esto y tendré que comprar prendas pre-mamá. Por eso, decidí no desperdiciar el dinero.

– No importa lo que te pongas -dijo Leandro, en un intento por calmarla.

Molly seleccionó un vestido muy veraniego de color cereza y negro.

– ¿Crees que esto podría servir?

– Servirá lo que te pongas. Tú eres mi esposa y no tienes que impresionar a nadie en nuestra casa.

Molly se sintió muy emocionada por aquellas palabras, pero Leandro había nacido en un castillo y ella tenía mucho miedo de conocer a la familia de él. No quería que la primera impresión fuera mala.

– No es tan sencillo.

– Claro que lo es -replicó él agarrándole las manos en un intento de tranquilizarla.

Cuando ella se retocó el maquillaje, pensó que su despeinado cabello y los enrojecidos labios delataban muy claramente que acababa de acostarse con su esposo. El vestido era muy informal. Antes de que los dos se montaran en el helicóptero, ella observó a Leandro. Su apariencia, como siempre, era completamente inmaculada.

Aunque se había asegurado que estaba preparada para un castillo, ciertamente no lo estaba para el enorme edificio que pudo observar cuando el helicóptero se disponía a aterrizar. El castillo de Leandro era de los de verdad, con torres, torreones y murallas medievales. Estaba en una colina, rodeado por extensos jardines y dominando un fértil valle cubierto de bosques y campos de olivos.

– No me extraña que creas que eres el centro del mundo -comentó ella, refiriéndose a la seguridad que Leandro siempre mostraba en sí mismo-. ¿Y quién diablos son todas esas personas que están esperando a la entrada?

– Nuestros empleados. Nuestro matrimonio es un acontecimiento muy importante para mi casa y todo el mundo quiere darte la bienvenida a tu nuevo hogar y desearte todo lo mejor.

Molly estaba convencida de que ella sería una desilusión para todos. Consciente del ejército de ojos que se habían posado sobre ella, se acurrucó al lado de Leandro.

– Todos nos están mirando -susurró mientras esbozaba una tensa sonrisa.

– Probablemente porque creen que te he robado de alguna cuna.

Éste fue el menor de los obstáculos que Molly tuvo que saltar. Tras entrar en el grandioso vestíbulo del castillo, adornado con retratos enormes y esculturas de mármol, la madre de Leandro se acercó a saludarla. Era una mujer alta, de cabello plateado y fríos ojos. Iba acompañada de dos mujeres más jóvenes, que, como ella, llevaban trajes muy elegantes. Mientras se realizaban las presentaciones, el ambiente siguió igual de frío. Doña María y sus dos hijas, Estefanía y Julia, se limitaron a mirar secamente a Molly mientras ésta trataba de pronunciar palabras de saludo y agradecimiento y de comportarse como si no hubiera notado que, en aquella bienvenida, faltaba algo. Ciertamente esperaba que no fueran a compartir el mismo techo con todas aquellas personas.

Leandro se quedó atónito cuando entró en el abarrotado salón, en el que parecía haberse organizado una recepción formal. Vio rostros que no había visto desde hacía diez o veinte años. Su madre había reunido a todos los parientes que tenía, incluso a los primos lejanos, para intimidar a su esposa.

– ¿Es ésta la fiesta que mencionaste? -susurró Molly. Se sentía muy poco vestida cuando se comparaba con el resto de las mujeres, que llevaban elegantes vestidos y relucientes joyas.

– No. Aquí está toda la familia. Lo siento. No sabía que se había planeado todo esto.

Al ver la sala repleta de invitados, Molly tragó saliva, pero levantó la barbilla. Sabía que debía preguntarlo.

– ¿Vive tu madre aquí contigo?

– No. Vive en Sevilla, pero viene a verme de vez en cuando -susurró Leandro mientras realizaba las presentaciones.

Muchos de los invitados hablaban inglés, pero pocos tenían un dominio suficiente del idioma como para poder tener una conversación relajada con ellos. Molly se dio cuenta de que, si tenía intención de encajar en aquel mundo, tenía que aprender español lo más rápidamente que fuera posible.

– Tengo que aprender español -le dijo a Leandro en cuanto pudo-. Evidentemente, tú no vas a estar siempre a mi lado para actuar de intérprete. ¿Conoces a alguien que estuviera dispuesto a enseñarme?

– Lo organizaré todo. Efectivamente, aprender aunque fuera sólo un poco de español te ayudaría mucho -replicó él con una sonrisa.

De repente, su hermana Julia se acercó a él y le dijo algo.

– Una llamada de teléfono -explicó Leandro antes de marcharse-. Trataré de no tardar mucho, querida.

– ¡Dios mío! -exclamó la bonita morena-. Hay que ver cómo miras a Leandro. Estás realmente enamorada de mi hermano.

Molly palideció. Estaba a punto de refutar aquella afirmación cuando se le ocurrió que, como esposa de Leandro, podría ser mejor guardar silencio sobre aquel tema. ¿De verdad que lo miraba de un modo particular? Sintió una profunda vergüenza.

Lejos de su intimidante madre, Julia era una chica completamente diferente. Tomó dos copas de la bandeja que llevaba un camarero y le entregó una a Molly.