– No puedo beber -respondió Molly con una sonrisa de disculpa.
– Lo siento… se me había olvidado que estás embarazada. Todos seguimos estando aún muy sorprendidos. A ti te costó cinco minutos lo que Aloise no pudo conseguir en cinco años.
Aquella frase sació la curiosidad de Molly en varios aspectos. El primer matrimonio de su esposo había durado cinco años y la esposa de él, Aloise, no había sido capaz de concebir. ¿Explicaba esto el porqué Leandro había estado tan convencido de que no se podría quedar embarazada? Le parecía que sí.
– Ven a conocer a Fernando -la animó Julia-. Es más joven y más divertido.
Fernando Santos era el encargado de la finca. Se trataba de un hombre joven y atlético de unos veintiocho o veintinueve años. Julia se puso muy contenta al verlo y la pareja intercambió bromas, hasta que doña María volvió a llamar a su hija a su lado desde el otro lado de la sala.
– ¿Es usted la persona a la que debería preguntar si hay algún cobertizo vacío que yo pudiera utilizar para colocar un horno para cocer cerámica? -le preguntó Molly al tiempo que miraba a su esposo y se preguntaba por qué él la estaba mirando tan fijamente.
– Sí, Su Excelencia. Podría haber un lugar adecuado en el viejo patio -replicó Fernando-. Tuvimos que construir nuevos cobertizos para la maquinaria agrícola y ahora hay varios vacíos.
– Llámame Molly -sugirió ella. Sonrió abiertamente. Se sentía muy contenta porque un trabajo diario ya no le impedía realizar sus ambiciones artísticas y, por lo tanto, podía hacer lo que quisiera con su tiempo.
– Creo que eso ofendería a su familia política, señora. Usted es la esposa del Duque y, en esta casa, se mantienen las formalidades tradicionales.
– Me va a costar algún tiempo acostumbrarme.
– Sin embargo, sé que hablo en nombre de todos los empleados cuando le dio que estamos todos muy contentos de que Su Excelencia se haya vuelto a casar -le dijo el joven muy afectuosamente.
Leandro se unió a ellos en aquel momento. Fernando se quedó más callado. Leandro parecía muy frío y distante. Tras una conversación sobre los olivares, que se realizó en inglés por la presencia de Molly, Leandro la acompañó a una espaciosa sala. Molly lo miró y se puso tensa. La mirada de su esposo le dejaba muy claro que algo no le había gustado.
– Mantén las distancias con Fernando Santos -le espetó Leandro-. Aunque es un empleado ejemplar, tiene una cierta reputación con las mujeres, y el hecho de que te vieran disfrutando a menudo de su compañía no te beneficiaría en absoluto.
Asombrada por aquel comentario, Molly replicó:
– ¿Qué demonios estás tratando de decirme?
– Que no flirtees con él y que mantengas las distancias con ese hombre cuando estéis cerca.
– No estaba flirteando -replicó ella-. Sólo estábamos hablando. No creía que fueras un hombre celoso, pero gracias por advertírmelo.
– No he tenido celos en toda mi vida -dijo él con gélida dignidad-, pero tu comportamiento estaba atrayendo la atención de…
– ¿En el día de mi boda? ¿Estando embarazada de tu hijo? ¿Está todo el mundo loco aquí o sólo eres tú? -le preguntó Molly con incredulidad. Entonces, se dio la vuelta y se alejó de él con la cabeza muy alta.
Leandro la observó atentamente. Era una mujer muy menuda con un vestido muy llamativo, que se le ceñía perfectamente al cuerpo. Apretó los dientes. Contuvo la necesidad de detenerla y de obligarla a escucharle. A ella le gustaba la compañía de los hombres y a estos la suya. Sabía lo cercana que estaba a Jez Andrews. Su mejor amigo era un hombre, no una mujer, y no se sentía cómodo con ese hecho. Otro hombre podría interpretar fácilmente que las sonrisas de afecto y la simpatía innata de Molly eran una invitación. También parecía completamente ajena al hecho de lo sexy que estaba con aquel vestido, que era mucho más propio de la playa que del salón de baile de un castillo…
Capítulo 7
A la mañana siguiente, Molly llamó a la puerta que comunicaba su dormitorio con otra habitación y esperó. Al no recibir respuesta, la abrió y vio que se trataba de otro imponente dormitorio con muebles que parecían haber sido diseñados hacía varios siglos. Respiró profundamente. Tal vez debería haber estado preparada para la ausencia de Leandro.
Después de todo, había dormido sola. Sola en su noche de bodas. Aunque era cierto que habían consumado el matrimonio en el avión privado de Leandro, no había esperado que él la dejara sola. Sin embargo, tampoco había esperado que tendrían dormitorios separados. La noche anterior se había quedado dormida mientras lo esperaba en medio de aquel solitario esplendor. Una doncella la había despertado con el desayuno en la cama. Sólo comprendió la verdad mientras se vestía: el vestidor contenía tan sólo su ropa. Una puerta del enorme dormitorio conectaba con el de él.
Alguien llamó a la puerta de su dormitorio. Era Julia.
– Oh, bien. Ya veo que estás levantada. Leandro me ha pedido que te lleve de tiendas para que te compres un vestido para la fiesta de esta noche.
– ¿Dónde está él?
– En el banco, por supuesto -replicó Julia. Parecía sorprendida por la pregunta.
Molly no se podía creer que se hubiera marchado a trabajar el día después de su boda. Se negó a pensar que él la había abandonado. Después de todo, no era una niña. Muy pronto se acostumbraría a todo y se las arreglaría bien sin él. Por lo que parecía, no tenía mucha elección.
Mientras bajaban la escalera, Julia le explicó a Molly adonde la iba a llevar de compras mientras que ésta no dejaba de contemplar todo lo que le rodeaba. Lo hacía con la aprensión de una persona corriente que, de repente, se encuentra perdida en un palacio real. Inmediatamente alejó ese pensamiento de su mente. El castillo de Leandro era el lugar en el que ella iba a criar a su hijo y lo último que su bebé necesitaba era una madre a la que le faltara autoestima. Al llegar al pie de las escaleras, un miembro del servicio doméstico se dirigió a ellas en español.
– Basilio dice que a mi madre le gustaría hablar contigo antes de que nos marchemos -tradujo Julia. Entonces, acompañó a Molly a un elegante salón en el que doña María la estaba esperando.
– Molly -dijo la mujer, saludándola con una pétrea sonrisa-. Leandro me ha pedido que hable contigo sobre la organización de esta casa. No cree que tú puedas hacerte cargo inmediatamente, por lo que yo he accedido a ocuparme de ese trabajo hasta que tú te sientas capacitada.
Abrumada por la poca confianza que tenía su esposo en ella, Molly se sintió arrinconada.
– Bien -contestó con incertidumbre.
– Ocuparse de los empleados y del funcionamiento de una casa tan grande como ésta es una tarea compleja -señaló doña María-. Aloise había crecido en una casa similar y sabía exactamente lo que tenía que hacer. Basilio es un excelente mayordomo. Tiene que serlo. Leandro espera que este castillo funcione como un reloj.
Con una brillante sonrisa con la que trató de ocultar la tensión que la embargaba, Molly levantó la barbilla.
– Estoy segura de que podré hacerlo también perfectamente. Mi experiencia en el mundo de la hostelería me ayudará.
– Me impresiona tu confianza.
Molesta por la actitud de su suegra, Molly levantó aún más la cabeza.
– Comprendo que la repentina boda de su hijo la haya sorprendido a usted. No tengo deseo alguno de enemistarme con usted, pero, ahora, ésta es mi casa y tengo la intención de adaptarme al modo de vida de este lugar porque quiero que nuestro hijo sea feliz…
– Sin embargo, tú jamás podrás ser la esposa que Leandro necesitaba. Aloise fue el amor de su vida. Completamente irreemplazable. Jamás encajarás aquí como lo hizo ella. Sólo puedes ser motivo de vergüenza para mi hijo. ¡Una camarera! -exclamó la duquesa con profundo desprecio-. Sé que te arrojaste encima de Leandro desde el primer momento en el que lo viste…