– ¿De dónde se ha sacado usted eso? -la interrumpió Molly sin poder contenerse.
– Krystal Forfar es una de mis más antiguas amigas. ¡Ella fue testigo de cómo conociste a Leandro y te vio como lo que eres, una cazafortunas!
Aunque le dolió profundamente aquel insulto, Molly se mantuvo firme.
– Supongo que es usted la parte anónima que había detrás de la oferta que se me hizo.
– No sé de qué estás hablando -proclamó doña María-. Te aconsejo que no hagas alegaciones falsas contra mí -añadió la mujer-. Leandro no te perdonaría jamás.
Diez minutos más tarde, mientras iba en una lujosa limusina con Julia, Molly seguía preguntándose si debía contarle a Leandro lo ocurrido con su madre. ¿Cómo podía demostrarlo? No tenía pruebas escritas que lo corroboraran ni testigos de lo que la abogada le había dicho. Además, ¿se atrevía a ir contándole a Leandro cosas sobre su madre menos de treinta y seis horas después de casarse con él? Decidió que no. No obstante, lo de «el amor de su vida» le había dolido profundamente. Sabía que pasaría mucho tiempo antes de que ella pudiera olvidar aquella descripción de Aloise.
– ¿Quería mucho tu madre a Aloise? -le preguntó Molly a Julia.
La joven se sonrojó y evitó mirarla a los ojos.
– Mamá conoció a Aloise cuando era una niña. Como todos. Sólo vivía a unos pocos kilómetros de distancia de aquí y nuestras familias tenían una buena relación. La muerte de Aloise nos destrozó a todos. El accidente fue inesperado y verdaderamente trágico. Aloise tenía mucha vida por delante… Todo el mundo la admiraba…
Por lo que parecía, Leandro había elegido la esposa perfecta. Una amiga de la infancia, vecina, conocida de su familia y con la que él había compartido mucho más de lo que podría compartir nunca con ella. También estaba dispuesta a apostar que Leandro sí que se había llevado al amor de su vida de luna de miel…
El vestido era de un vibrante color esmeralda que destacaba aún más el color de sus ojos. La brillante tela se le ceñía al cuerpo desde el busto a las caderas y luego tomaba vuelo en la falda.
– Vas a hacer que todo el mundo se vuelva para mirarte, gatita -le dijo Leandro a su espalda.
Molly se sobresaltó y se dio la vuelta.
– No sabía que habías vuelto.
– Siento no haber podido llegar a cenar. El trabajo se acumuló mientras estaba en Londres. No tardaré mucho. Lo único que tengo que hacer es ducharme y cambiarme de ropa. Por cierto, pensé que te gustaría ponerte esto esta noche…
Le entregó un estuche que parecía contener joyas. Molly lo abrió y vio un magnífico collar de lustrosas perlas y unos pendientes a juego.
– Son preciosas.
– Hay una buena colección de joyas en la caja fuerte, que te puedes poner cuando quieras.
Molly tomó el collar. Leandro la ayudó con el broche de diamantes y le rozó suavemente la nuca al abrochárselo. Entonces, ella se puso los pendientes. El conjunto le daba un aire de verdadera opulencia.
– ¿Cuántos años tienen estas joyas?
– Son de finales del siglo XIX. Fueron regaladas con motivo del nacimiento de mi bisabuelo. Y esto es mío -añadió, entregándole un estuche más pequeño.
El corazón de Molly latía muy rápidamente. Abrió la caja y contempló un imponente anillo de diamantes.
– Es precioso.
Leandro lo sacó del estuche y le tomó la mano. Entonces, se lo deslizó en el mismo dedo en el que llevaba su alianza de boda.
– No seguimos los pasos habituales, querida…
– Me gusta mucho. Me gusta mucho, de verdad… -susurró ella. Se sentía verdaderamente emocionada con aquel gesto. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
– Será mejor que me vaya a dar esa ducha -replicó Leandro. Se marchó inmediatamente.
Molly admiró su colección de joyas y disfrutó del hecho de que, evidentemente, él quería que ella estuviera al mismo nivel que el resto de las mujeres de la fiesta.
– ¿Desde cuándo funciona este sistema de dormitorios separados para los matrimonios? -preguntó Molly cuando descendían juntos la magnífica escalera.
– Siglos -respondió Leandro. Parecía sorprendido.
– Creo que va siendo hora de cambiarlo -susurró ella.
Leandro la miró atentamente. Tenía la pasión reflejada en la mirada.
– Podrías tener razón, querida mía.
– ¿Estás diciéndome que estás admitiendo que podrías estar equivocado en algo?
– No. Tú me estás malinterpretando.
Los invitados, ataviados con elegantes trajes y exquisitos vestidos de noche, fueron entrando en el salón de baile para saludarlos. A medida que la velada fue avanzando, Molly sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas por el número de caras y nombres que tenía que recordar. Conoció a parientes, vecinos, amigos y colegas de Leandro. La noche era cálida y la multitud de invitados y el ruido de música y voces provocó en Molly una sensación agobiante, que la hizo sentirse ligeramente mareada. Se dirigió a las puertas abiertas de la terraza para tomar un poco el aire. Justo cuando estaba a punto de regresar a su lugar junto a Leandro, Julia se acercó a ella. Entrelazó un brazo con el de su cuñada y la llevó hacia un lado de la sala.
– ¿Puedo confiarte un secreto? -le preguntó Julia.
– Si quieres -respondió Molly con una cierta incertidumbre.
– Llevo semanas viendo a Fernando Santos -le confesó la joven-. ¡Estoy loca por él!
– Dios mío…
Molly estaba abrumada por la confesión. No estaba del todo segura de querer la responsabilidad que implicaba.
– Si se supiera, mi familia me obligaría a romper con él y Fernando perdería su trabajo -susurró Julia-. Te ruego que no se lo digas a nadie.
Molly asintió y esperó que Leandro se equivocara sobre el hecho de que el guapo encargado fuera un donjuán. Minutos más tarde, Molly tuvo ocasión de encontrarse precisamente con Fernando. El apuesto encargado se inclinó suavemente sobre ella y le besó la mano. Ese gesto, unido a su insistente sonrisa y a su conversación, demostraba que se trataba de un hombre acostumbrado a tratar con mujeres.
– He encontrado un par de sitios que podrían ser adecuados para su propósito, Su Excelencia. ¿Preferiría usted que hablara de esto con su esposo? -le preguntó Fernando.
– No. Yo me ocuparé del asunto. Mi esposo es un hombre muy ocupado -replicó Molly.
– En ese caso, le haré saber cuándo puede ir usted a inspeccionar esos cobertizos -le dijo Fernando, tensándose al ver que Julia le sonreía abiertamente y apartando la mirada con un gesto que no suponía buenos augurios para la relación.
De repente, Molly se sintió muy preocupada por Julia. Veía que la joven estaba muy enamorada de Fernando y que corría grave riesgo de sufrir mucho. El sudor le cubrió el labio superior. Tuvo que respirar profundamente para tratar de superar la extraña sensación de mareo que se estaba adueñando de ella.
– ¿Se encuentra bien? -le preguntó Fernando-. Está usted muy pálida.
– Estoy bien -mintió Molly.
Rápidamente, se dio la vuelta y trató de buscar un sitio en el que sentarse. Sin embargo, la brusquedad del movimiento fue demasiado para ella. Se sintió repentinamente muy mareada, con la piel cubierta por completo con un sudor frío. Se tambaleó y comenzó a caer al suelo. Una décima de segundo antes de que se golpeara contra el suelo, alguien la sujetó.
Cuando recuperó la consciencia, vio que la habían trasladado a una pequeña habitación y que Leandro estaba de pie, junto al sofá sobre el que ella estaba tumbada. Tenía una fuerte preocupación reflejada en el rostro. Un hombre de mediana edad le estaba tomando el pulso. Leandro lo presentó como el doctor Edmundo Mendoza, el médico de la familia.
– Debería usted estar descansando más. Su Excelencia -le censuró el médico.
– Sólo me sentí un poco mareada. Hacía mucho calor y me faltó el aire.