—No, un matrimonio es una alianza. Las grandes casas —dijo, tocándose la sien— se pasan décadas planeando por anticipado, ¡décadas!, empujando a sus hijos como si fueran piezas de ajedrez a los lechos nupciales del Imperio. Pero en esto es en lo que Ludwig fue tan listo… para ser un cabeza de salchicha. Boca-bolsillo detestaba a Hans-Heinrich, pero no quiso rechazar una alianza-matrimonio con Luxemburgo sin obtener a cambio otra de igual valor. Así que Ludwig le concede el divorcio… ¡y entonces la casa con su hijo! —Golpeó la mesa con la palma y las copas bailaron—. ¡Y así, pfff! Luxemburgo pierde el Tirol ante Wittelbasch.
—Para ser un movimiento tan inteligente, resultó un poco demasiado obvio —dijo Thierry.
—Bueno, Ludwig hace un segundo movimiento de ajedrez —dijo Einhardt—. Se queda con Bavaria, y su hijo posee ahora Tirol y la Marca de Brandenburgo, que rodea Bohemia… por si Luxemburgo crea problemas, ¿ja? Y cuando las otras casas se quejan de nepotismo, le quita Carintia al Tirol, lo que no cambia nada pero contenta a todo el mundo.
—Y os daréis cuenta —añadió Manfred— que Habsburgo obtuvo Carintia… sin necesidad de besar a la Condesa Fea.
Más risas. Einhardt se encogió de hombros.
—¿Qué importa? Luxemburgo gobierna Europa. No veréis de nuevo a un Habsburgo en el trono imperial.
Manfred le sonrió a su manjar blanco.
—Tal vez no.
—Luxemburgo tiene tres votos en el bolsillo.
—Son necesarios cuatro —dijo Thierry—. ¿Han resucito la disputa en Mainz?
Einhardt sacudió la cabeza.
—El nuevo perrito faldero del Papa… ¿quién es? —Chasqueó los dedos.
—Gerlach de Nassau —le dijo Ockham.
—Ése mismo. Le ha dicho a todo el mundo que es el nuevo arzobispo, pero Heinrich no quiere entregar su sede. ¿Veis lo astuto que es todo esto? Gerlach no es nadie. ¿Quién teme que la casa Nassau se apodere de Mainz?
—Si puede echar al conde Heinrich —dijo Thierry.
—Veamos. —Einhardt fue contando con los dedos—. Karl tiene el voto bohemio y su hermano Baldwin es arzobispo de Trier. Ya son dos. Y cuando la casa Luxemburgo dice «rana» el arzobispo Waldrich pregunta hasta dónde debe saltar. Excepto que se cree Rey de las Ranas. ¡Ja-ja! Así que con el voto de Colonia ya son tres. En cuanto a los Wittelsbach… Bueno, el pequeño Ludwig tiene Brandenburgo, corno he dicho, y su hermano Rudolf es conde palatino, lo que suma dos votos. Con Mainz en la cuerda floja, ambas familias le hacen la corte al otro Rudolf, el duque de Saxe-Wittenburg. ¡Ja! ¡La casa Welfen tiene la llave!
Manfred sonrió mansamente.
—El equilibrio cambiará antes de que el Capítulo tenga que volver a votar. Sin embargo… Nadie pensó tampoco que Ludwig se moriría de pronto.
—La partida del kaiser estaba cazando en los bosques de alrededor de Fürstenfeld —recordó Ockham—. Yo estaba en el albergue con los demás cuando lo trajeron. Un campesino lo encontró en el suelo junto a su caballo, como si se hubiera quedado dormido.
—Un hombre en el verano de su vida, además —dijo Einhardt—. Apoplejía, he oído decir.
—Demasiadas salchichas —sugirió Manfred.
—No murió de hambre —admitió Ockham.
—Ni yo —dijo Einhardt—. Esta comida es excelente, Manfred. Lástima que no todos nosotros podamos disfrutarla. —Miró a Malacai—. Por cierto, ¿qué es eso que he oído sobre tus demonios invitados?
La cuestión, por inesperada, produjo un silencio momentáneo en la mesa.
—He fundado un lazareto en el Bosque Grande —dijo Manfred desenfadadamente—. Los leprosos que hay allí son horribles de aspecto, pero son tan mortales como tú y como yo.
Thierry sonrió a la nada; Eugen miró su copa. Lady Kunigunda miró a su padre. Ockham escuchaba con interés. Malacai se atusó repetidamente la barba y sus ojos no se perdieron nada.
—Ja. Algunos de tus hombres han estado contando historias —repuso Einhardt—. Dicen que los llevaste contigo a la Roca del Halcón. —El anciano se volvió hacia su esposa—. ¿Ves, querida? No hay nada de esas historias.
Lady Rosamund era una mujer carnosa e indignada.
—Entonces ¿qué es lo que vi? —Se volvió hacia la gente de Hochwald—. Hace dos semanas, oí un ruido extraño en mi rosaleda, pero cuando fui a mirar, vi… no sé qué. Unos horribles ojos amarillos, enormes brazos y piernas… Como un saltamontes gigante. Saltó al cielo y voló, voló en esa dirección. ¡Luego vi mis rosas masticadas y escupidas en el suelo!
—Un saltamontes gigante… —dijo Malacai lentamente.
Einhardt le dio una palmadita en el brazo.
—Alguna bestia entraría en el jardín, querida. Eso fue todo.
Pero estudió a Manfred con suspicacia.
Por la mañana, Dietrich escoltó a Ockham hasta el paso del camino a Oberreid. Ockham llevaba su mula, a la que llamaba Hipótesis Menor. Se detuvo y le frotó el hocico. Se había echado atrás la capucha, de modo que al amanecer su salvaje cabello parecía un laurel de llamas contra el sol naciente.
—Te has dejado crecer la tonsura, Dietl —dijo.
—Ahora soy un sencillo cura de diócesis. Ya no soy mendicante.
Ockham lo estudió.
—Puede que hayas dejado tu voto de pobreza, pero no puedo decir que hayas ganado riquezas al hacerlo.
—La vida aquí tiene sus dones.
—Si hubieras aprendido a halagar al kaiser, no tendrías que vivir en la Selva Negra.
—Si tú hubieras aprendido a vivir en la Selva Negra, no tendrías que halagar al kaiser.
Ockham sonrió débilmente y miró hacia el este, hacia Munich, Praga, Viena, las capitales de las grandes casas.
—Cierto —dijo, y un momento después añadió—: Había emoción en todo aquello, la sensación de que estábamos consiguiendo cosas en el mundo. «Si me defendéis con vuestra espada», le dije a Ludwig, «yo os defenderé con mi pluma.»
—Me pregunto si lo habría hecho, de haber llegado el caso.
Ockham se encogió de hombros.
—Ludwig estaba en mejor situación. Pero cuando haya sido largamente olvidado, los hombres me recordarán a mí.
—¿Tan malo es ser olvidado? —preguntó Dietrich.
Ockham se dio la vuelta y tensó la cincha de la silla de la mula.
—Háblame de esos demonios y saltamontes.
Dietrich lo había visto estudiar el tejado de la iglesia y sabía que había notado la ausencia de las «gárgolas». Y la esposa de Einhardt los había descrito.
Suspiró.
—Hay islas incluso más allá de las Canarias. Las mismas estrellas del cielo son islas lejanas y en ellas viven…
—Saltamontes —sugirió Ockham—, en vez de canarios.
Dietrich negó con la cabeza.
—Seres como tú y como yo, pero con una forma externa que recuerda a los saltamontes.
Ockham se echó a reír.
—Podría acusarte de multiplicar entidades, excepto que… —Miró de nuevo hacía los aleros de la iglesia—. ¿Cómo sabes que esos saltamontes viven en una estrella?
—Ellos me lo dijeron.
—¿Puedes estar seguro de que dijeron la verdad? Un saltamontes puede decir lo que quiera y no ser más sincero que un hombre.
Dietrich rebuscó en su zurrón.
—¿Quieres hablar con uno?
Ockham estudió el arnés de cabeza que sacó Dietrich. Lo tocó torpemente con el dedo.
—No —dijo, retirando la mano—. Mejor que sepa lo menos posible.
—Ah. —Dietrich apartó la mirada—. Manfred te ha contado lo de la acusación.
—Me preguntó si hablaría en tu favor ante el magistrado.