– Así no acabamos el filón.
– Lo que podamos y gracias. Rápido.
– ¡Mira allí!
Los buscadores se dispersaban monte a través, la voz de alarma se difundió sin necesidad de señal alguna, tan clara como si llegaran en un coche celular con la sirena a todo trapo, venía la guardia civil en ronda preventiva, el wolfram era un mineral estratégico y su deber era impedir que saliera de la peña un solo gramo de forma ilegal, la única forma posible ya que la Jefatura de Minas no había autorizado ni una de las muchas denuncias de explotación, el conceder la pertenencia definitiva era un asunto político y aún estaba por decidir en las altas esferas, en régimen de restricciones toda concesión normal constituye un privilegio y había mucho amigo haciendo antesala de ministro.
– Largo, voy a volar el nódulo.
Los muy cabrones han sido rápidos, ni que utilizaran palomas mensajeras, pensó Jovino mientras prendía fuego a la mecha, corrió sin molestarse en dar el tradicional grito de fuego ardiendo, el ruido de la explosión y el olor de la dinamita puso alas en sus pies, me han jodido el negocio pero no lo aprovecharán ellos, que se jodan, mal de muchos, epidemia.
Salieron a la trocha que bajaba a Cadafresnas, las roderas de los carros marcaban una especie de columna vertebral en el camino, los buscadores fuera de la ley iban apareciendo sobre la marcha, distanciados, como si la cosa no fuera con ellos, como si fuera una casualidad tanta coincidencia y disimulo.
– ¡Alto en nombre de la ley!
Los rodeó la guardia civil.
– ¡Don Manuel Castiñeira, alias el Puto, quieto! ¡Los brazos en cruz!
– ¿Qué pasa?
– Los demás despejen. ¡Despejen!
Quedó el infeliz Lolo autocrucificado en medio de la plaza que la expectación formó a prudente distancia, venciendo la curiosidad al miedo de los testigos, los naranjeros encararon a los espectadores de barrera preferente, el cabo toreaba de salón, chuleando el tipo como si tomara la alternativa. Jovino lo vio así, como una corrida de toros, sabiendo que era a él a quien brindaban el espectáculo y negándose a saltar de espontáneo pasara lo que pasara.
– ¿Dónde está tu hermano Charlot? ¿Cuántos componen su grupo?
Antes de que Lolo pudiera contestar, el cabo Mediocapa le cruzó la cara de un tortazo con la mano abierta, humillante y doloroso, cinco dedos rojos sobre la mejilla izquierda.
– ¿Pero qué…?
No le dio tiempo ni a terminar la frase ni a ofrecer la otra mejilla, el nuevo tortazo le marcó otros cinco dedos en la derecha.
– ¿Dónde está? ¿Cuántos son?
Otro golpe, éste con el puño cerrado.
– Yo qué voy a saber.
– ¿Dónde está?
Otro más.
– ¿Cuántos son?
Y otro. El cabo Mediocapa, Demetrio Sánchez, natural de Pancrudo, Teruel, comandante del puesto de Oencia, había cogido el ritmo sin importarle en el fondo la información que la víctima pudiera proporcionarle sobre el paradero de su hermano herido, pues era consciente de que nada sabía, era un infeliz, si le llamaban el Puto era por su puta mala suerte, desde pequeño todos los palos que se perdían en la escuela se encontraban sobre sus costillas, pero el interrogatorio servía de castigo ejemplar e indirecto, que fuera tomando nota el forastero.
– ¿Dónde está?
– Por mi madre, no me pegue…
Restalló una vez más su carne, ahora violácea.
– No te tapes la cara o te aso, ¿dónde está?
Empezó a sangrar por la boca, a borbotones.
– ¿Cuántos son?
También sangraba por las cejas, por el lóbulo rasgado, un rostro de nazareno, Lolo, perdido el sentido de la orientación, giraba sobre sí mismo como un molino con las aspas de sus brazos en cruz.
– No bajes las manos que te meto un tiro en la barriga, ¿dónde está?
Jovino cerró los puños, pero resistió la doble tentación contradictoria, la de huir del espectáculo y la de atacar a aquel matón que no le resistiría medio gancho al hígado.
– No te daré la excusa que buscas.
Tenía mala prensa el Demetrio, de mal nombre Mediocapa porque solía llevar un capote más corto que el reglamentario y porque, en otro hábil interrogatorio, de una patada le había arrancado al presunto un testículo de cuajo, lo había medio capado, pero nadie atestiguaría en contra suya, oficialmente trata de imponer la ley y el orden y si todas sus acciones favorecen a la Brigada del Gas se trata de pura coincidencia, como en las películas, un contubernio indemostrable.
– Mamá mía…
– ¿Dónde está?
No resistió el último golpe y cayó de rodillas.
– ¿Dónde está?
Se puso a cuatro patas para poder sostenerse.
– Si le ves al Charlot cuéntale lo que hago con los enemigos de la patria, rojo. Canta el Cara al sol, que te oigamos todos.
Cantó con voz patética.
– Cara al sol… con la… cami… sa…
– ¡Más alto!
El llamado por una vez en su vida don Manuel Castiñeira, alias el Puto, perdió el conocimiento.
– Los rojos presumen de duros pero no resisten nada. Caballeros, ayuden a este hombre.
No acudieron en su ayuda hasta que los uniformes verdes se confundieron, a lo lejos, con los prados. Jovino tenía el estómago revuelto, no por la cara tumefacta del infeliz Lolo, las había visto más destrozadas en las trincheras, sino porque era a él a quien estaba destinada la paliza y no había dado un paso para remediar la suerte del sustituto, si lo hubiera hecho a estas horas cara al sol y criando malvas, hay que ser prácticos y resistir las arcadas, mientras le colocaban sobre una escalera, improvisada camilla, se acercó a su ex socio y le llenó los bolsillos con piedras de wolfram, después siguió con Eloy cuesta abajo, hacia Cadafresnas, puede que éste sí le sirviera de algo.
– Como advertencia me parece excesivo, ¿siempre actúan así?
Caminaron en silencio, Eloy no sabía qué contestar, tenía miedo, se refugió en el cadencioso rumor de sus abarcas sobre la tierra, fue mucho más tarde cuando trató de clausurar el tema.
– Contra esas bestias no hay nada que hacer.
– Mientras no se te arrugue el pitilín, se puede.
– No valgo para esto.
– Pues como no juegues a la lotería, ya me dirás.
– Hombre, hemos sacado unos kilos, ¿no?
– No, hemos perdido una fortuna, que no es lo mismo. ¿Sabes? Me parece que tienes razón, que no vales.
– ¿Por qué lo dices?
– No te van las aventuras, tú eres de los de pájaro en mano.
– Puede…
– Lo tuyo es otra cosa. Vives en el pueblo, ¿no? Como decíamos en el ejército, yo necesitaría un apoyo logístico, un sitio donde dormir, comer, un refugio de confianza, eso sería lo tuyo.
– ¿El qué?
– Montar una especie de fonda, un negocio redondo, los víveres se van a poner por las nubes.
– ¿Tú crees? Tendría gracia.
– Y mucho más se va a pagar por la colaboración de una persona honrada que con la excusa de las dormidas mantuviera en depósito el material hasta su venta.
– Sitio hay.
– Pues yo que tú no me lo pensaría dos veces.
Capítulo 6
Dositea utilizaba su propio apellido Valcarce y jamás se nombraba señora de, hasta en pensamientos censuraba al innombrable, puesto que la había dejado en su precaria situación de ni viuda ni divorciada, que esto último hubiera sido imposible, pues su condición de católica no se lo hubiera permitido y así, para borrar la memoria del esposo y no favorecer los cotilleos, no salía a la calle, los recados se los hacía Olvido, niña Olvido por hija única, va a cumplir los diecisiete y aunque es mujer su madre la ve tan niña como a los seis, no me lo llames delante de nadie, protesta Olvido, la abuela te tuvo a ti a mi edad, niña, la reprende, no digas procacidades, eran otros tiempos; la jovencita salió a la calle con el encargo de medio de puntilla y cuarto de raso para el eterno esfuerzo de conservar la ropa interior como nueva, prolongó el paseo hasta la mercería El Hilo de Seda deambulando por calles transversales, demorándose en la fuente por el puro placer de sentirse libre, viva y en movimiento, sentía un hormigueo especial que le impedía estarse quieta, y más inquieto aún se mostraba su corazón provocando continuas aventuras imaginarias, todas con el mismo propósito, el de volverlo a ver, no es que fuera guapo, es que le gustaba a ella como nunca le había gustado otro chico y no sabría decir por qué, encuentros en los que se mostraba tan audaz como para mirarle directamente a los ojos y para, no quería sobrepasarse en la audacia, para tomarle de la mano y decir ven conmigo, no se atrevía a decirlo, las contradicciones le provocaban un raro placer agridulce, le costaba trabajo el dormir del esfuerzo que hacía para soñar con él, si no lo conseguía se despertaba para volverlo a intentar, todo su cuerpo latía en la misma dirección, lo notaba y le daba tanta vergüenza que no se lo había dicho ni a su mejor amiga de clase, iba a suspender más de una asignatura, con los exámenes encima y sin poder concentrarse en ningún texto, lo notaba en el sostén, le crecían los pechos de hora en hora, a ella, preocupada antes por quedarse plana, era absurdo relacionar ambas cosas, pero cuanto más le crecían más se acordaba del recién llegado y cuanto más lo recordaba más problemas tenía con el sujetador y más ansias tenía de volverle a ver.