– Voy a bajar.
Abrazándola, con la fuerza de las razones oscuras, o tan claras que se vuelven ilegibles, me salió el poema que me había prometido para mí solo, tan hermético que ni yo mismo lo entendí, y sin embargo era la explicación definitiva: «Soy, hijo perdido sin salir de madre, / como un río que sigue creyéndose su fuente. / Y el amor me aconseja la piel como una esencia / untada, como un tacto que ignora su materia. / Redacto la obediencia magnánima, el desconcierto / ejemplar, y recorro la piel como un erizo, / cálido de enemigas púas atenuadas. / Cuando el amor me saque de ignorancia, deduzco / que la voz es un sueño inapetente, un descanso, / un alvéolo de silencio, / y daré por terminado mi arco iris tenso.»
– Ni se te ocurra, listo, es un accidente laboral y si la metes se te complica, tranquilo.
De tranquilo nada, mi conciencia no me lo permitía, mi imagen ante Olvido se desmoronaría con una conducta tan egoísta, no estaba muerto puesto que se agitaba, levantaba un brazo en ademán de socorro, no podía separar la vista del caído, alguien se acercaba a auxiliarle, un hombre al que vi con espanto transformarse en un reptil asqueroso, ofidio de longitud eterna, boa constrictor de colores brillantes acercándose al cuerpo herido, una sierpe inverosímil provista de múltiples extremidades que lo registraron a fondo apoderándose de todo lo que de valor contuvieran sus bolsillos, y por último lo más repugnante, despojándole en vida de sus botas de monte, desde tan lejos parecían de cuero auténtico, no me pude contener y grité con todas mis fuerzas:
– ¡Eh, tú! ¡Hijo de puta!
Debió de oírme, la enorme culebra excavó con sus cien pies provistos de garras una tumba en la que se enterró desapareciendo de mi vista, en su lugar quedó el miserable ladrón, asustado, desapareció a la carrera, me precipité cuesta abajo con una mínima precaución para no romperme la crisma, un terraplén casi vertical por el que saltaba procurando no destrozar el botiquín de Jovino.
– Vive, te acompaño.
Me alegró el oír sus zancadas tras las mías, su experiencia reconfortaba, poca gente subía a la peña con un botiquín de primeros auxilios, el amigo Menéndez era un tipo tan extraño como la fauna fantástica de leones y serpientes que merodeaba por mi cerebro, recordé nuestra también extraña forma de conocernos, no había localizado a Carín y cuando, tanteando de calicata en calicata, me detuve en una que prometía, su voz sonó recia, imperativa, en un tono característico y ya inconfundible.
– ¡Relevo!
Di media vuelta y me sorprendió su figura, su fuerte complexión y la bailarina del bíceps, pero en especial su mirada, había algo en ella que no cuadraba en el enfrentamiento y que no supe descifrar hasta el desenlace del mismo.
– No me da la gana.
– ¿Te convence este cacharro?
– ¿Qué pasa? ¿Eres un matón de los del Gas?
– ¿Les tienes miedo?
Me apuntaba con una pistola, una Bayard del nueve corto, y sin embargo hablábamos como si se tratara de una partida de mus, a ver quién paga las copas.
– No le tengo miedo al Gas, ni a ti, ni al moro Muza.
– Te voy a dejar seco.
– Se acabarían mis problemas y empezarían los tuyos.
– Listo, ¿sabes que ese buraco es demasiado para ti solo?, ¿tienes experiencia en perforaciones?
– No.
– ¿Dinamita?
– Tampoco.
– ¿Algún arma?
– Tampoco.
– ¿Pues qué coño tienes tú, chaval?
– Cojones.
– Listo, eres el socio que andaba buscando.
Guardó la pipa y se explayó en un barroco argumentario de refranes, «si estás solo y vas a Sevilla, pierdes la silla», como la proposición me pareció justa, lo que sacáramos a medias, acepté.
– Choca la pala, chaval. Jovino.
– Ausencio.
El apretón de manos selló el pacto, se prolongó en un pulso de tanteo, hubiera triturado los huesos de mucha gente pero yo resisto lo mío, aflojó cuando consideró que estaba a punto de vencerme, insólito detalle de buen gusto, se distendieron nuestras sonrisas y caí entonces en el significado de su mirada, simpatía, desde un principio nos sentíamos cómodos el uno con el otro, en nuestros ojos las páginas del contrato estaban abiertas, las habíamos firmado sin leer por pura simpatía y nos fiábamos hasta de la letra pequeña. Forcejeamos en la calicata del relevo hasta que el grito nos cortó la respiración, bajábamos a tumba abierta, yo era más ágil y le saqué un buen trecho, sonreí sin hacer comentario alguno.
– Listo, ahora sé por qué dicen que los de Quilós corren por dos.
– Valen.
– De momento corren.
– Está destrozado, ¿qué hacemos?
Sangraba como un cocho en la masera, puede que tuviera los huesos astillados, lo más espectacular era el cráneo, rajas de sandía.
– De momento taponarle o se le acaban los cinco litros.
Jovino metió las gasas por las heridas con la misma delicadeza con que se estopa una cuba, la seguridad de sus movimientos inspiraba confianza.
– Ya vuelve en sí.
– ¡Dios! ¡La madre que parió a Cristo!
– No blasfemes, coño.
No sé por qué lo dije, mis relaciones con la Iglesia distaban de ser cordiales, recordé el rótulo de un bar en Rubielos de la Mora, «prohibido blasfemar sin motivo», y le di la razón, aquel hombre tenía un buen motivo, no le iba a perjudicar el desahogo.
– Me voy a cagar en lo más barrido, me estoy muriendo.
– Por mí no te prives, chilla.
– ¿Cómo está?
Lo preguntó alguien, se habían arremolinado en olor de multitud solidaria, lo que ocurre es que en los accidentes, como en las pistas de baile, a nadie le gusta ser el primero, pero cuando sale la primera pareja entonces sí, hala, al barullo, se presentó como cuñado y se responsabilizó del traslado a casa del médico más próximo.
– A Villafranca, al doctor Vega, en la calle del Agua.
– Te acompaño.
– Quédate -me detuvo Jovino-, tenemos que hacer planes, socio.
– Cuentas.
– Y más cosas.
Me hubiera gustado acompañarle por si el azar me cruzaba con Olvido, a menudo nos avergonzaríamos de nuestras mejores acciones si se adivinara el motivo que las origina, pero esta vez no, había obrado con una espontaneidad desinteresada, la misma que me impulsó a aceptarle como compañero de fatigas, de futuros esfuerzos, confiaba en el género humano, uno de los frutos engañosos del amor, me quedé con él y dejé al cuñado y a los de su cuadrilla, la de Páramo de Órbigo, encargarse del traslado.
– Una caballería, por favor.
– Te la alquilo -se disculpó el buhonero-, de algo hay que vivir.
– Venga, arriba.
Le cabalgaron entre ayes y blasfemias curiosamente eufemísticas.
– Me cago en Diógenes, me muero.
Se les iba a despiezar por el camino, para evitarlo en lo posible le ataron a la espalda dos leños de galleiro, «me cago en Cristóbal Colón», después supimos que el tipo se había salvado, eso sí, cojitranco y afásico, todo un logro, según el doctor, primo de doña Dositea, por el sentido común de la cura de urgencia, más fama para Jovino; me cogió del hombro liberándome de los curiosos.