– ¿Qué te parece?
– De pena, me dan ganas de vomitar.
– Fino, que eres un fino, pero tienes razón. Quería que lo vieras para saborear mejor el contraste, ahora verás teta fina.
Alguien bautizó a Ponferrada con el subtítulo de «la ciudad del dólar», no se sabe bien si por la facilidad con la que corría el dinero o por contar con el magnífico establecimiento denominado así, El Dólar, en cualquier caso por El Dólar fluía el dinero en abundancia, negocios de sexo y wolfram, su «reservado el derecho de admisión» se refería sin duda a las pesetas, entramos y, en efecto, el sitio me deslumbró, menudo contraste, nada de colas, eran las chicas las que aguardaban consumiendo copas eternas en un decorado de lujo.
– ¿Qué van a tomar los señores?
Maldito si parecíamos señores, pero el barman dominaba el arte del disimulo, virtud de reyes y camareros.
– Un clarete.
– No digas chorradas, dos Bergidum Guerra.
– No me gusta el anís.
Jovino se empeñó en instruirme.
– Pero hace elegante, listo. Aquí sólo se beben licores fuertes, aquí todo es a lo grande y a lo fuerte.
– Yo sólo soy un flojo con mal genio.
– Y lo más fuerte está en la puerta del fondo, ¿te gusta el juego?, allí está la partida del Arias, tres meses seguidos jugando al giley.
– Imposible.
– Como lo oyes, de ahí sólo se levanta uno para mear o porque se arruinó.
– Sería curioso…
– No te metas nunca en el juego, los cartones arruinan a los estúpidos, pero sobre todo a los curiosos.
– Prefiero las chavalas, no te preocupes.
– Pues elígela hermosa, listo, en la fiesta de la carne, cuanta más carne más fiesta.
Eso de que las mujeres te mirasen directamente a los ojos y sonrieran descaradas fue toda una novedad, no sabía a cuál mirar para no comprometerme, para no ponerme colorado, sería horrendo, me fijé en la copa de anís como si allí se decidiera mi porvenir, oye, que le miré a la rubia solriza, falda tubo rasgada y me sacó la lengua, se relamió los labios, menos mal que sonó la música y pude desembarazarme con cierta dignidad de sus insinuaciones, sobre un escenario que me había pasado inadvertido apareció la reina del bataclán, el acabóse, la Faraona, una vocalista con las notas altas turbias de alcohol y el timbre un tanto opaco de insomnio, pero maldito si necesitaba cantar para tener éxito, me miraba a los ojos, a mí, si no estábamos quinientos tíos en El Dólar no había un alma, y me miraba a mí, con esos ojos de sombras azules, una figura espléndida embutida en una faja de raso negro como un maillot de baño, sus muslos imprimían un inquietante vaivén a un liguero rosa imposible de olvidar, en su honor se habían ejecutado millones de pajas a lo largo y ancho del Bierzo, me dedicó la canción sin quitarme los ojos de encima.
Una me dijo que sí,
o tra me dijo que no.
La del sí, quería ella;
l a del no, quería yo.
Puede que fuera su problema, el mío desde luego no era ése, puede que mi romanticismo me sobrevalorara, ¿me comía con los ojos o es que simplemente miraba hacia la barra repleta de público masculino?, no se podía concentrar en un neófito nada menos que Carmiña Cela Trincado, la Faraona por ferrolana, del Ferrol del Caudillo, y por dueña del Dólar, si no era la dueña sí la que daba la cara y algo más ante las autoridades, una noche con la Faraona era el máximo título que un minero podía exhibir en el valle, costaba tanto como uno universitario y proporcionaba más prestigio, el aura definitiva del éxito en el negocio del wolfram, me resistía a pensar en Olvido y la muy zorra adivinó mi forcejeo, le sonreí y me respondió con otra sonrisa, amor, siguió cantando, amor es un algo sin nombre, que obsesiona a un hombre por una mujer.
– Está más buena que la Ferida.
La ovación arrolló su trémula voz como una tormenta del Cantábrico la balsa de un náufrago, mi inverosímil querencia marinera, aplaudí con ganas y coreé el brindis del energúmeno.
– ¡Por la Faraona!
Apuré mi Bergidum de un trago, tosí para neutralizar la corriente de lava que destrozaba mi garganta y por eso se me escapó parte del brindis en alemán.
– …Deutschland über alles! Heil Hitler!
– ¡Por Hitler!
Para mí que la mayoría de los allí presentes eran germanófilos, no obstante, el perentorio grito provocó un tenso silencio, brevísimo, roto por los abrazos del putiferio siempre al quite, la tensión se fragmentó en múltiples corros, fin del espectáculo, me fijé en ellos porque hacia una próxima mesa libre me llevó Jovino susurrándome al oído, «son los alemanes de Casayo, los de la Cabrera», eran dos compartiendo la juerga alcohólica con otra pareja de españoles, patriotismo, grado intermedio entre la exaltación de la amistad y la autoconmiseración, los primeros alemanes que veía en carne y hueso, los anteriores los había oído volar con sus Messerschmitt 109 sobre mi cabeza en el frente del norte, no eran santo de mi devoción por más que al haber tenido la suerte de no morirme no se generalizó mi odio a su raza entera, era tan sólo un odio muy selectivo al arquetipo, los patriotas se enzarzaron como no era menos de esperar.
– Viva Hitler y viva Alemania.
– Y también viva España.
– Arriba España, querrás decir.
– Pues eso, por Castilla y por León, América descubrió Colón.
– Di arriba España.
– León sin Castilla, qué maravilla.
– Di arriba España, leche.
– Viva el Bierzo libre.
– Di arriba España, déjate dé berzas y liebres.
– Sin faltar, inculto, el Bierzo ya fue libre, una provincia independiente, ¿a que no lo sabías?
– Sí, hombre, cuando las ranas criaban pelo.
– Cuando Cánovas.
– Cuando las Cortes de Cádiz, ¿qué te apuestas?
– La ronda.
– Que lo diga Schneuber que lo sabe todo. A ver. Tú, cabeza cuadrada, ¿cuándo fue el Bierzo provincia, cuando lo de Cádiz o lo de Cánovas?
Me dejó de piedra el que se lo preguntara al alemán, no sé por qué les seguía tan atentamente la estropajosa conversación, con dos anises yo también estaba cocido, el tal Schneuber era el arquetipo germánico que solía aparecer en las portadas del Signal, no podía admitir el gratuito axioma de su superioridad, los casco a los dos, sin duda estaba algo trompa, mi natural es más pacífico, si se atreve a opinar le casco.
– Cuando las Cortes de Cádiz.
Me levanté furioso.
– Me cago en tu sombra, desgracias, ¿qué sabes tú de eso?
Pesaría el doble que yo pero le iba a sacudir en un muy noble combate aéreo, sin sus Heinkel, Messerschmitt, Stukas o lo que fueran, se quedan en nada, una mano poderosa me hizo aterrizar de golpe sobre la silla.
– Vamos, Ausencio, atiende como es debido a la señorita.
Desapareció el alemán, la Faraona se había sentado con nosotros, su belleza me deslumbró, me hizo entornar los párpados, pero estaba lanzado, así es que vencí mi timidez y pisé a fondo el acelerador, ahora o nunca, de forma autónoma mi mano se apoyó en su muslo y ascendió por la hendida falda hasta el límite rosa del liguero, me sonrió displicente y acogedora a la vez.
– Hasta ahí llegó la mano del duque en la primavera de mil novecientos.