– Descuide, no me voy a achantar.
– Tranquilo, pero ojo.
Nos sentamos en un velador y supongo que alguien sumamente discreto, ni nos dimos cuenta, avisó al señor Arias, se produjo el milagro, el fabuloso propietario de Jocarisa abandonó la eterna partida de giley y se reunió de inmediato con nosotros, más importancia no se le podía conceder a la entrevista.
– Éste es el hombre.
Así me presentó mister White dejándome un tanto a la intemperie, traté de mantener el tipo de joven agresivo con experiencia mientras estudiaba a fondo al señor Arias, aparentaba ser un paleto de Rodrígalos de Obispalía, su pueblo, tratando de simular un origen parisino, cosmopolita y tal, pero eso sólo era una fachada voluntariosa, debajo del disfraz se ocultaba un duro hombre de negocios al que no se le escapaba una y así es como debería considerarle si quería aprobar el examen.
– ¿Crees en el éxito?
– Como en mí mismo.
– Para tener éxito no hace falta pasar por la adversidad, con tener los cinco sentidos herméticamente abiertos basta, ¿no? veo que me comprendes, muchacho, y ¿sabes una cosa?
– Sé muchas.
– En los nervios está la clave.
Alzó su mano derecha, extendió los dedos y los dejó suspendidos en el aire, no le oscilaron ni un milímetro, buena puntería, le supuse, el muy astuto había comenzado de una forma desconcertante, por mí podía hacer gimnasia. Llamó a una de las chicas.
– A ver, Lola.
– Si me necesita para algo…
– Para eso te sobran unos kilos y las bragas.
– Los kilos no puedo quitármelos de encima, pero lo otro cuando usted quiera, don José Carlos.
– A ver qué quieren los amigos, para mí un trepador.
No me gustaba el anís, pero pedí un Bergidum para no desentonar, me estaba acostumbrando a lo dulce, el Inglés se mostró castizo, no perdía ocasión de demostrar su adaptación al medio, un paso a nivel, Byas y Cadenas. Una vez servidos esperé la primera andanada del interrogatorio sin preguntarme el porqué de aquella reválida.
– ¿Sabes conducir un camión?
– Y reparar ciertas averías.
– ¿Cuánto pesa un litro de wolfram molido?
– Tres, tres y medio, depende de su ley.
– ¿Y si te meten estaño por liebre?
– Lo dice en broma, ¿verdad?
Siguieron otras trivialidades hasta que de pronto, por la forma distraída que tuvo de beber, supe que había llegado la hora, iba a tirar con bala.
– Un cochino asunto éste, hay que asustar a la competencia, sobornar a los traidores y engañar a los amigos, sucio de veras, ¿qué harías si el precio fuera dar por el culo a un municipal?
Le hubiera cruzado la cara, pero me contuve a tiempo, no era un problema de machismo sino de ingenio.
– Si se presenta el caso no se preocupe, soy tan hombre como la que más.
– ¿Y si fuera al contrario, que te dieran a ti?
No tenía pinta de marica pero sí de bujarrón, no me destemplaría los nervios.
– No se preocupe, no le voy a venir embarazado.
– Mejor, porque aquí no existe libro de reclamaciones. ¿Sabes escribir?
– Y las cuatro reglas.
Parecía darse por satisfecho, cosa que me reconfortó, mi paciencia estaba llegando al límite, pero el muy canalla se lo traía estudiado y de improviso me asestó el golpe bajo que más podía dolerme.
– A propósito, ¿cómo se llama tu padre?
Le miré a los ojos diciéndole hasta aquí hemos llegado, a ver cómo lo encajas.
– ¿Quién de los aquí presentes puede estar seguro de quién es su padre?
El silencio se convirtió en una barra de hielo, nos quemaba en el rostro, si no llega a intervenir el Inglés nos habríamos fosilizado como los mamuts de Siberia.
– ¿Y bien?, ¿qué te parece?
– Tiene más valor que un espontáneo en el ruedo, pero que no se vuelva a pasar de la raya. No consiento ciertas bromas.
– ¿Vale?
– Le responden los nervios, vale -se levantó de improviso-, me vais a disculpar, tengo una partida colgando.
Decepcionado, volví a ocuparme del mundo alrededor, el alemán con gafitas de abuela no nos quitaba ojo de encima, su botella no había bajado de nivel, me alegré de ganarme la confianza del señor Arias a puro huevo, pero la desilusión provenía de la falta de un plan concreto, seguía sin conocer mi función específica.
– Me hubiera gustado entrar en detalles.
– Tranquilo, hay que actuar sobre la marcha, Spain no es el país idóneo para trazar planes sistemáticos.
– ¿Y el señor Monssen?
– Ya te conoce. Si hubiera tenido que localizarte como a un personaje en la sombra te hubiera dado más importancia, así eres uno más del montón. Mejor, ¿no?
No sé por qué, pero en ese instante me pareció que el exhibirme ante el alemán era parte sustancial de la entrevista.
– Peligro a estribor.
La Faraona se nos acercaba siguiendo el turno de amabilidades para con sus clientes, ninguna persona me pareció jamás tan segura de sí misma, sabía de las erecciones que florecían a su paso y sabía explotarlas como nadie, canturreaba en falsete:
Él vino en un barco, de nombre extranjero.
Lo cantaba echándole más garra y muslo que Conchita Piquer, hubiera podido llegar al estrellato que soñó de niña si se lo hubiera propuesto un empresario, acentuó lo de: