Era hermoso y rubio como la cerveza.
El Inglés, haciendo caso omiso a la dedicatoria, se volvió hacia mí.
– Mañana empiezas.
No pude comentar lo que tanto me interesaba, la Faraona me oprimió una rodilla y concentré todas mis fuerzas en el consejo de Arias, los nervios son la clave, no quería tener problemas con mi bragueta, pensé en otra cosa, las pintadas en el water del Dólar no eran tan bestias como las del Perrachica, eran más precisas e higiénicas, «da un paso adelante, no es tan larga como supones» y «Blenocol protege al hombre», absurdos pensamientos.
– Si sigues en tan buena compañía dentro de poco tendrás que pasar una noche conmigo, te la prometo fastuosa.
– Me gustaría, pero lo que más me gusta lo obtengo gratis.
– Vaya, sigues enamorado, ¿eh?
Me desnudó con la mirada, no el cuerpo sino los entresijos del alma, me había masturbado en su honor y la muy zorra se lo sabía de memoria, traté de no ruborizarme, sería el colmo.
– No te metas con el chico.
Me sentó fatal, no me vuelvas a llamar chico o te rajo, no sé muy bien por qué camino me llevas, no sé muy bien qué tengo que hacer ni qué hago aquí, pero sé muy bien lo que quiero y lo que estoy dispuesto a pagar por conseguirlo, no te vuelvas a meter con quien ya no es un chico.
– ¿Y con quién, si no, señor White? Es usted hermoso, rubio, alto y frío como la cerveza, sobre todo frío.
– Los hay más.
Se habían enredado las miradas del Inglés y las de Helmut Monssen, una guerra sicológica difícil de entender para un latino.
– No lo creo.
Estuve de acuerdo con la del Ferrol del Caudillo, se necesitaba una sangre a bajo cero para sonreír, levantar el paso a nivel hacia el alemán y brindar con un insólito:
– Que gane el mejor.
Capítulo 16
Los ruidos naturales, del aullido del lobo al repiqueteo del granizo, no eran una amenaza y en consecuencia ni la inquietaban ni penetraban en su sueño, los paseos de alguna rata también eran naturales, pero no así la furia con que en esa noche roían en el muro exterior de la casa, parecía la de un martillo neumático, aún en duermevela sacudió la espalda a su marido.
– Lauren, escucha, parecen ratas gigantes.
– Déjalas.
– Deberías echar un vistazo.
– ¿Qué quieres? -el ruido le despertó de golpe-. ¿Eh? ¿Quién anda ahí?
Un ruido extraño que no supo identificar, pero que desde luego no correspondía a ningún roedor por muy gigante que se lo imaginara. En calzoncillos y frotándose los ojos salió al porche y circunvaló el edificio, el golpeteo se volatilizó entre los jirones de niebla, ¿lo habré soñado?, una noche negra como la endrina ideal para darse de bruces con la Santa Compaña, un silencio ominoso, nada, no es nada, pero tiritó sin sentir frío, lo mejor es volver al refugio del lecho, una vez entre las sábanas volvieron los golpes rítmicos, fuertes, más fuertes, al matrimonio se le aceleró el corazón con el miedo a lo sobrenatural, a lo desconocido, Leonora inició un padrenuestro, pero no llegó a perdonar a nuestros deudores, el puño que golpeaba en la puerta, su voz tremebunda, pertenecía a un ser humano.
– ¡Abran en nombre de la ley!
Abrió con el asombro en las legañas, sí, parecían personas.
– Pero qué coño quieren…
Hasta la cocina, comedor, sala de estar, entraron hombres de amianto con reflejos de charol, el naranjero por tarjeta de visita, no eran almas en pena.
– Arriba todos, es un registro.
– Oiga, ésta es mi casa, ¿qué quieren?, somos gente de orden.
– ¿Es usted don Delfino Mayorga Cela?
– Soy Laurentino, su hijo.
– Pero es su casa, la de su padre, ¿no?
– Era, él vive abajo, en Villadepalos, en la herrería.
– Bueno, es igual.
El ruido seguía en aumento, ahora ya de naturaleza inconfundible, golpeaban con mazos las paredes exteriores de piedra, por fortuna la estructura del edificio de una sola planta era sólida, la más sólida del pueblo, y se resistía, la vibración provocada por los sucesivos impactos se notaba en la planta de los pies, de la pared frente al fogón se desprendió el calendario zaragozano, el cuadro de la última cena y la foto de boda, el Mayorga hijo no entendía lo que estaba ocurriendo, deseaba con todas sus fuerzas que fuera una pesadilla de la que pudiera sacarle Leonora con otro manotazo en la espalda.
– ¿Qué son esos golpes? Párelos.
– ¿Qué golpes?
– ¿No los oye?
– No. Buscamos un alijo de armas, varias armas largas y una metralleta, su padre se pasa de listo reparándolas y sabemos de buena tinta que el Charlot prepara algo y las necesita, ¿quiere entregárnoslas?
– Pero no diga bobadas, perdone, no quería faltar, no hay nada, somos gentes de orden, pero si mi padre se las repara a ustedes en el cuartelillo…
– Allá usted, tienen que estar aquí y vamos a dar con ellas.
Por desgracia no era un sueño y Leonora, sentada en la cama, tapaba los oídos de su hijita para que no se despertara y se muriera del susto, su propio miedo trataba de ahuyentarlo con una canción de cuna, de los vasares se desprendían a brincos tazas, platos y fuentes trizándose contra el suelo, reforzando el tronar de los golpes exteriores.
– No hay nada, se lo juro, pero que pare quien quiera que sea, me va a tirar la casa, no hay ni un arma, se lo juro.
– Vamos a registrar.
– Pero esto no es un registro, es un derribo.
Mediocapa, el cabo, sonrió enseñando su dentadura de cascar nueces.
– Usted lo quiere. Adelante, muchachos, no dejéis piedra sobre piedra hasta que no aparezcan las armas.
Se concretaron nuevas sombras en el interior del hogar, éstas sin uniforme, los mazos golpearon sobre las paredes, ahora desde dentro, la deleznable pintura se desprendía en paños inmensos dejando a la vista la piedra objeto de la visita, cuando arrancaron la primera, imprevista ventana por la que se colaron niebla y noche, Laurentino se dio cuenta, horrorizado, de lo que buscaban los alevosos huéspedes.
– ¿Qué tal?
– Magnífica.
La miraron con atención, la resobaron limpiándola y se admiraron de su peso, dureza y negritud, Laurentino vio claro que lo de las armas era una coartada, lo que querían era robarle los muros de su casa, cómo no se habría dado cuenta antes, era la casa más sólida y antigua de Cadafresnas, la había construido el abuelo siendo niño, ayudando a su padre, un bisabuelo del que los muros eran el único rastro, con un carro de bueyes bajaban las rocas de la cantera de encima del valle del Oro, pesaba tanto la carga que las roderas se hundían hasta el eje cuando llovía, su casa era una mina de wolfram, valía una fortuna y aquellos desalmados le iban a dejar a la intemperie, tenía que defenderse, pedir ayuda, le salió un grito tarzanesco:
– ¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Socorro! ¡Me roban!
El primer culatazo lo recibió en la clavícula.
– Cállate, imbécil.
– Quiero hablar con el teniente Chaves.
El segundo, en el estómago.
– Cállate o será peor.
Cuando le volvió el aire, gritó desde el suelo:
– ¡Socorro! ¡Ayuda!
Algo parecido a una sirena le penetró frío y metálico en el subconsciente, un resorte que le dejó sentado sobre el colchón en que dormía, un movimiento tan brusco que Celia, al borde de la cama, cayó arrastrando sábana y colcha tras de sí, la cama de matrimonio era ancha, mas para dormir cuatro se necesitaba una gran compenetración y un no menor equilibrio nervioso. Jovino faltó al artículo básico del reglamento no escrito, la luz siempre apagada, a oscuras ciertas dificultades se superan con más facilidad: encendió el petromax. Eloy y Prisca se hicieron los dormidos.