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– Voy con vosotros.

– Me parece que no.

Por lo menos me apuntaban tres pistolas, se acabó el vuelo del gran duque, en la noche sólo se oía el canto interminable del autillo y el latir de mis dudas.

– Tranquilízate, todo está en orden y es conforme, tú ya cumpliste.

– ¿Cómo te llamas?

– No hace al caso.

– Soy muy buen fisonomista.

– Me alegro.

– No me olvidaré de tu cara.

– Me ahorras el regalarte una foto, gracias.

– Si es una trampa terminaré metiéndote un tiro en la jeta.

Se me iban acumulando las posibles venganzas, al Inglés le había dicho lo mismo.

– Puedes dormir tranquilo, José, no tendrás por qué matarme.

Capítulo 18

El día de la Virgen, en contra de la tradición, salió espléndido, todo azul, ni una nube empañaba la silueta de los montes ni la del castaño de Pobladura que parecía poderse empuñar por quien tuviera ganas de hacerlo con sólo extender el brazo. La campa de Dragonte, la de la anteiglesia, amaneció con los tenderetes de fiesta, menos que en otras porque el comercio principal de la romería era el santificado, el del puesto que don Recesvinto montaba en el atrio, estampas, medallitas y escapularios bendecidos de la Virgen de Dragonte para mejora del cuerpo, de los males de cualquier parte del cuerpo, curaba todas las enfermedades, no era tan sólo especialista en garganta, nariz y oído como su competidora santa Águeda, por eso no subían los puestos de montaje complicado, el del coche para probar la fuerza, por ejemplo, no les merecía la pena un transporte tan duro. Los objetos benditos los fabricaba el párroco, las oraciones y foto de la imagen en la imprenta El Templario, de Ponferrada, y los lazos y abalorios en la catequesis, las chicas practicaban así, de paso y gratis, el corte y confección, el lema de don Recesvinto era el ora et labora de los cistercienses por más que no podía verlos ni en pintura, a los jesuitas menos. El destino de los fondos obtenidos con tal mercancía se ignoraba aunque todos conocían otra de las frases favoritas del cura, la sacaba al casual en la partida de dominó.

– El sacerdote debe vivir del altar.

– Sí, don Recesvinto.

– Los favores de la Virgen, por no llamarlos milagros, cosa a la que tuerce el morro el obispo, no tienen precio.

– Que sí, Reces, pero atiende a lo que estás o me ahorcan el seis doble.

El que no falló fue el fotógrafo, allí estaba con sus dos paneles a elegir, el del avión y el del banquete, tenía una moral a prueba de bombas, hasta que no retratase a todos los bercianos no se marchaba a Orense, no solía dejar rostro inédito tras de sí.

– Vamos, anímese, hágase inmortal por muy poco dinero. En cartoné por poco más.

Paseaba junto a Olvido sin atreverme a coger su mano en público, nos podían ver, lo suficientemente juntos para que nuestros brazos pudieran rozarse sin querer, queriendo, el roce de su piel compensaba los malabarismos de la cita.

– ¿Qué, no os hacéis una en el aeroplano adelantando el viaje de boda?

– Qué cosas dice, don Domingo.

– Coño, Chomin, ¿qué hace usted por aquí?

– Divertirme y santificarme, donde hay gente allí estoy yo.

Era el representante de Éibar, bisutería fina, las armas en la trastienda, estaba en todas partes y en ninguna, siempre con la frase adecuada para encandilar al respetable, para presumir de mundo.

– Conozco fotos más divertidas, en San Juan de Luz vi un cuadro con una pareja en canicas, tapándose las partes pudendas con las manos, pero ella con las catalinas al aire.

– Es mentira.

Sonaron las campanas con el segundo aviso. «Mentira», repitió Olvido poniéndose los manguitos, no podía entrar en la iglesia con los brazos desnudos, y arreglándose el velo, tampoco podía entrar descubierta.

– Verdad, los franceses son unos cachondos.

– Y usted un poco fresco, ¿eh?

– Venga, Olvido, no seas antigua.

Subían los últimos comprometidos, los que habían hecho promesa de subir a la Virgen si ponía remedio a la fiebre rebelde, al hueso descoyuntado, a la tuberculosis galopante o a cualquier otro mal imposible, casi todos jóvenes, la promesa la solía hacer la madre en su nombre y después no les quedaba a ellos más remedio que cumplir, una regla tácita del sacrificio era subir andando desde su lugar de origen, de rodillas el último kilómetro, más liso por la abundancia de pisadas y por el barrido del día anterior para que no se descalabrase ninguna rótula y no fuera peor el remedio que la enfermedad, cerró la comitiva una mujer que ya no cumpliría los sesenta, enlutada, el rostro contraído por el dolor, sudando, y eso que la llevaban cogida por los sobacos sus dos hijos para que no desfalleciera, ella había prometido que de rodillas y así iba al aire, una levitación tramposa pero bien intencionada.

– Vamos dentro.

– Sí, hasta luego.

Con el campaneo del tercer aviso entramos todos en la iglesia, el último repique coincidió con las doce en punto. Precedido por dos monaguillos de alba blanca y faldón rojo salió don Recesvinto con la espectacular casulla verde de tal ocasión, la esperanza es la principal de las virtudes teologales, argumentaba, confiad en la Virgen intercesora. Ocuparon su sitio tras el altar y comenzó la misa, me separé de Olvido y el hecho circunstancial me dolió como si no tuviera remedio, algo nefasto se interpondría entre nosotros por los siglos de los siglos y que nadie diga amén, las mujeres tenían que ocupar la mitad delantera de la nave y los hombres la mitad trasera, los más jóvenes nos agrupábamos en los bancos próximos a la salida, el Marca, diario gráfico de los deportes, empezó a circular de mano en mano, en hojas sueltas, con disimulo, don Recesvinto era capaz de llamar la atención a gritos en medio del suscipiat.

– Pásame la de fútbol.

Escuchamos el evangelio en pie y nada más comenzar el sermón los que tuvimos la suerte de ocupar banco junto a la puerta nos deslizamos al atrio, a echar un pito al aire libre era un rollo que nos sabíamos de memoria, «por mal que vengan dadas, la esperanza en la Virgen de Dragonte os mantendrá firmes, a una madre intercesora ningún hijo le niega la súplica, Jesucristo cumple si el recomendado guarda la salud del alma», el párroco, por fervor religioso o simple venganza, había instalado un altavoz sobre el frontis de la fachada principal y no nos quedaba más remedio que escucharlo como música de fondo, vendía bien su producto, un día perfecto y tranquilo, nadie en lontananza, salvo los chamarileros que hacían guardia en sus tenderetes para que no se les distrajera la mercancía nadie alrededor, no se trabajaba ni en la peña, ni un movimiento de carruaje o persona, pitillo y poco más era el tiempo de la plática, se respiraba la tranquilidad de un día de fiesta y eso fue, después, lo que chocó a los testigos, no se veía a nadie y nadie los vio llegar.

– Aparecieron de repente, como por arte de magia.

Ocurrió en la consagración, todos los fieles de rodillas, la cabeza gacha, los más jóvenes por resabio del ejército con la rodilla derecha levantada, don Recesvinto alzó el cáliz y pronunció las palabras rituales:

– Sangre de Cristo…

Sonó un tiro y otro y otro y otro. Tan seguidos que no se pudieron contar, no más de seis pues el primero de los hombres que avanzaba por el pasillo esgrimía un revólver humeante con tambor de seis cartuchos y los tres embozados que le seguían lo que empuñaban eran escopetas de caza, una con los cañones recortados. Don Recesvinto se desplomó sobre el ara del altar y de allí al suelo a cámara lenta, los orificios eran negros, redondos, destacaban tétricos en la seda verde, la única mancha roja procedía del vino tinto del cáliz que se derramaba sobre su pecho, la sangre correría por debajo de la pesada casulla, un grito histérico de mujer, más gritos, llantos, todo muy rápido hasta que el hombre del revólver, los otros tres guardándole las espaldas, desde el altar, reclamó silencio.