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– ¡Silencio!

– Le han muerto…

– ¡Silencio! No quiero oír ni una voz, aquí no ha pasado nada que no tuviera que pasar.

Se pudo oír el sorberse los mocos de un monaguillo y el susurro de alguien, el primero que lo reconoció.

– Es el Charlot.

– ¡Silencio he dicho!

A partir de ahí ni el volar de una mosca ni el tembleque de los pulsos propios. En efecto, era Genadio Castiñeira y rápidamente se asociaron las ideas, Evaristo, Varis el de la fonda no, el sacristán de Dragonte, había sido de su cuadrilla y el Charlot acababa de cumplir su promesa, la de responder diente por diente a cualquier delación, la venganza se había cumplido, pero una vez identificados persona y causa un terror más denso se apoderó de los feligreses, la ceremonia no había hecho más que empezar. A los otros tres no los reconoció nadie, llevaban la boina calada y la bufanda alta, hasta los ojos, un tapujo que sólo se explicaba por el miedo o la esperanza, Genadio iba a rostro descubierto porque ya sabía cómo iba a acabar y lo había asumido, no tenía miedo y tampoco ninguna esperanza de evitar el fin previsto.

– Quien a hierro mata, a hierro muere. Veamos.

Sacó un papel del bolsillo de la zamarra y lo desdobló con cuidado, demorándose en la operación. Carraspeó antes de leerlo.

– A cada cerdo le llega su san Martín, pero los ciudadanos honestos nada tienen que temer.

Posteriormente se adivinó, no fue difícil, que el tremendo papel era una copia de la declaración jurada que el juzgado de León pidió al párroco del pueblo, firmada por él y por cuatro cabezas de familia de la localidad adictas al régimen, un informe sobre la conducta política de Evaristo, acusado de espionaje y alta traición.

– Que vengan aquí y con los brazos bien altos. Rubino García Castro, hijo de Juan y Emérita, casado, agricultor, natural y vecino de Dragonte. José Olmos Navarro, hijo de José y Genara, casado, agricultor, natural de Chozas de la Sierra, vecino de Dragonte. Argimiro Fuentes Cañameira, hijo de Macario y Micaela, casado, agricultor, natural y vecino de Dragonte, y Longinos Fernández Couto, hijo de Dimas e Isidra, casado, empleado, natural y vecino de Dragonte.

Sobre el olor de las velas y el tufillo residual de la pólvora se impuso la pestilencia del miedo, los cuatro se fueron con andar patético hacia Genadio como si fueran marionetas, el mismo andar desarticulado. Los de la bufanda sacaron unas cuerdas que llevaban para tal propósito y les ataron de una forma original y práctica, los brazos a la espalda y de cada brazo un nudo corredizo al cuello de su involuntario compañero, en piña, de no andar al unísono se ahorcarían.

– Estos cerdos son casi tan culpables como el cocho de Recesvinto y el casi los puede salvar, eso depende de vosotros. A ver, que levanten la mano sus parientes y amigos.

Una cínica sonrisa cruzó el rostro de Genadio, la del escepticismo en la amistad, algo que justificaba su falta de esperanza, sólo pudo contar cuatro brazos en alto, los de las cuatro esposas.

– Para salvarlos tenéis que reunir cada una dos mil pesos, podéis salir a buscarlos, pero que no se os ocurra ninguna otra gestión o morirán en un decir Jesús, tenéis media hora.

– Por amor de Dios, ¿de dónde vamos a sacar las diez mil pesetas?

– Estáis perdiendo un tiempo precioso, ya cuenta el primer minuto, largo que para luego es tarde.

– Perdona a mi Rubino, él no quería firmar, fue el cura quien…

– ¡Largo!

Salieron las mujeres. A un gesto de Charlot, un agitar el brazo que recordaba al artista cómico, sus secuaces actuaron según una maniobra convenida de antemano. Uno introdujo a los prisioneros en la sacristía, no volvió a salir. Otro abandonó la iglesia y tampoco se le volvió a ver más. El tercero se quedó de guardia paseando por el pasillo central de la iglesia. Genadio se sentó en el sillón mayor, bajo el retablo barroco, y fue como un permiso, como si hubiera terminado el evangelio, los feligreses se sentaron en los bancos corridos a esperar la media hora más larga de sus vidas, por lo menos tan larga como otras que habíamos pasado en la guerra, los demás hombres no sé qué sentirían, pero sobre mi piel el olor del miedo cristalizó como una coraza, me recubrió con el caparazón de un cangrejo, me convirtió en un cangrejo miedoso, Charlot actuaba y yo veía la película, era un espectador neutral que nada podía hacer para variar el argumento, lo malo es que no estaba sentado entre las sombras de un cine para poder ocultar así mi miseria.

– Somos unos cobardes.

– Calla que te pierdes. Ellos se lo han buscado por meterse en política.

– Callaos, coño, no liarla.

Don Pancracio, el maestro, levantó la mano como cuando uno de sus alumnos le pedía permiso para ir al water, san Pancracio bendito, la letra con sangre entra, le entraría la urgencia de su responsabilidad, probablemente fuera la única persona con estudios de todos los allí reunidos y eso siempre inspira cierto respeto, la prueba es que Genadio le habló de usted.

– ¿Qué quiere?

– No soy quién para decirlo, pero se ha derramado la sangre de Cristo y eso, para los creyentes, es una profanación, si no te importa trataría de recogerla.

– Hágalo si gusta, para mí no es más que vino aguado.

– Con tu permiso.

Don Pancracio subió al altar, con una delicadeza insospechada en sus principios didácticos tapó el rostro del sacerdote con el paño de las vinajeras y después, rezando, eso hacía suponer el movimiento de sus labios, con el copón, trató de recuperar el líquido vertido sobre el cadáver, imposible, lo que sí escurría por las tablas era la sangre de don Recesvinto, un charco en lento crecimiento, tras varios intentos sin atreverse a tocarlo con las manos, prefirió conservar el resto que aún quedaba en el cáliz, se incorporó y, solemne, lo dejó en el centro del altar. La idea del sacrilegio había pasado inadvertida tras el impacto del miedo físico y ahora planeaba por la iglesia responsabilizando a los presentes de una culpa más.

– Si no te importa podría…

– ¿Qué más quiere ahora?

– Pasar el cepillo de las limosnas, lo que se saque puede ayudar a la salvación de esos cuatro desgraciados.

– Hombre, eso sí que me parece bien. Ya lo habéis oído, a rascarse el bolsillo y recordad lo de amarás al prójimo como a ti mismo. No los vais a dejar morir, ¿verdad?

El maestro inició la lúgubre colecta, manos nerviosas dejaban caer la limosna tratando al mismo tiempo de ocultar el óbolo, una lenta procesión, un continuo sonar a hueco de la caja, pensé en los cuatro hombres, allí, en la sacristía, rodeados de exvotos, pies, corazones y demás vísceras de cera recordándoles la proximidad de la muerte si no intercedía un milagro, para su desgracia el rescate no era la especialidad de la Virgen de Dragonte, nosotros podíamos hacer algo más, sí, tenía varias pesetas sueltas y una sábana de quinientas, toda mi fortuna, la veinteava parte de la vida de un hombre, don Pancracio agitó el cepillo reclamando mi atención, por un segundo pensé lo peor, en soltar la calderilla, ademán cobarde, miserable, fue un solo segundo, por mí no iba a quedar, me quedé sin cinco, siguió el maestro el itinerario y por primera vez desde que comenzó el encierro sentí un ligero alivio en mi conciencia, si hubiera cundido la generosidad a lo mejor alcanzábamos el precio de un hombre, me descorazonó el susurro de un comentario.

– No saca ni para tabaco, ya lo verás.

– Ya. Somos pobres pero roñas.