– Buenas noches.
– Si pretendes escapar no me queda más remedio que meterte un tiro entre ceja y ceja.
– Digo que hace una noche espléndida.
– ¿Adonde vas?
Jamás miré tan fijamente a nadie.
– Estoy harto de esto, me largo a casa.
– Está bien, pero no tardes.
Me desconcertó su respuesta, o se había despistado o funcionaba mi bien de ojo, en ninguno de los dos casos iba a ser yo quien le aclarara el malentendido, mejor así, sombra asombrada traté de fundirme con la noche, trémula de estrella fugaz y grillo huidizo, me perdí a la carrera por aquel paraje desértico, libre y de por vida, me tendrían que arrancar la piel a tiras para enchiquerarme de nuevo, tiré al aire la ridícula gorra carcelaria con la delatora «T» de trabajos redencionistas y me arranqué del pecho la bandera española, el distintivo que nos diferenciaba a los políticos de los comunes, iba tan de caqui como un soldado cualquiera, cosa que no quería aparentar, en lo que pude me enmascaré con el jersey azul marino de cuello en pico de uno de los aparejadores que dirigían la construcción del puente, se lo mangué del cesto de la ropa sucia, en intendencia, cuando me tocó hacer la colada en el río de donde me alejaba ya a grandes zancadas, solo, tan solo como cuando me abandonaron envuelto en la toquillita azul celeste, cara, con bordados, tú vienes de buenos pañales, chaval, me dijo alguien, la diferencia es que ésa era una historia sucia que no trataría de aclarar jamás, y la de ahora era la del nacimiento del primer hombre sobre la Tierra, me recorría el cuerpo una sensación telúrica de privilegio, supuse sería la sensación de libertad, la noche y el páramo no hacían más que perfilarla con ribetes heroicos, feliz me orienté hacia la línea vieja de ferrocarril Valencia-Zaragoza, hacia mi primer trasbordo en la Pilarica, después el que viniese, lo malo no era el itinerario sino la meta, no saber con exactitud si tenía o no casa en la que refugiarme, se agolpaban las dudas mientras corría sin el menor síntoma de fatiga saltando de traviesa en traviesa, brillaba el filo de los raíles, ¿se acordarían don Ángel y Vitorina de mí?, ¿mi vuelta no significaría un trastorno en sus mermadas economías?, ¿vivían?, saludarles sí, pero no una carga, me independizaría con el wolfram o con lo que fuera, ¿me querían?, me centré en los planes más inmediatos, ¿me quieren?, era lo que no me atrevía a preguntarme. En el caos de la Renfe debería manejarme con dos especiales avisos, uno, cuando bajara al departamento de tercera, a compartir la tortilla con los paisanos que indefectiblemente la repartían a cambio de que no se les delatara su modesto estraperlo de aceite, no coincidir con el revisor, y dos, cuando subiera al techo del vagón, a dormir la siesta, no levantar la cabeza a la entrada de un túnel. ¿Me quieren? o, lo que es más terrible, ¿los quiero yo? Avancé por los raíles hasta dar con el sitio que consideré idóneo, el terraplén de una curva en el que me agazapé esperando que el correo aminorase su velocidad lo suficiente como para no romperme la crisma al tomarlo en marcha, le oí silbar a lo lejos y me estremecí.