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– Hombre, a nadie le amarga un dulce.

– El jugador nato, el jugador jugador, juega por la ascesis de una experiencia vital inigualable, jugar en busca de beneficios es una horterada propia de mancebos. O de políticos.

Ángel Sernández hijo no estaba de acuerdo, el alcohol le removía el dormido poso de la mansedumbre y el resentimiento, su condición social le gustaba aún menos que su aspecto físico, era un derrotado sin revolución a la que apuntarse.

– El perdedor nato, el que pierde por comodidad, es un miserable.

– Hijo, te voy a preparar un agua tibia con sal, verás cómo te despeja.

Don Ángel abandonó la tertulia y se dirigió a la cocina a preparar el vomitivo, una turbamulta de mujeres maniobraba entre los despojos del cerdo y los restos de la comida, un espectáculo propio de los buenos tiempos perdidos y no por comodidad, lo que el anciano no había perdido eran los modales, el dueño de la casa no preparaba nada con sus propias manos, por eso reclamó ayuda.

– Olvidín. ¿Dónde está Olvido?

– No la hemos visto por aquí, don Ángel.

Tuvo un mal pensamiento.

– ¿Y Pepe? ¿Habéis visto a Ausencio?

– A ése menos, échele un galgo a los jóvenes.

– Maldita sea.

Están juntos y Dios sabe lo que estarán haciendo, se arrepintió del histriónico gesto de invitar a todos sus allegados, no se debe aproximar la yesca al pedernal, de golpe se le amargó el placer de la matanza, pensó lo peor y se dirigió al cuarto de los huéspedes, el de Olvido cuando se quedaba en Cacabelos, abrió de golpe la puerta y suspiró aliviado, la cama impecable, la colcha sin una arruga, de todas formas le urgía el localizarlos, se olvidó del agua y la sal.

– La ofensiva aliada no hay quien la pare.

Ausencio aprovechó el desconcierto político para abandonar el comedor de forma inadvertida, pasó por el retrete simulando una necesidad perentoria y después, libre de testigos, subió al desván procurando que el crujir de los escalones de madera no le delatase. Olvido le esperaba con los brazos abiertos, se abrazaron con la pasión de los clandestinos y la continencia de los castos, la alegría los hizo bailar cogidos de la mano, alocadas vueltas con las que ascendían a las nubes de un ensueño intransferible.

– Quieto, frena, nos van a oír.

– Cuánto tiempo sin vernos.

– Cuando no estoy contigo me siento vacía, no soy yo, si pudiéramos quedarnos aquí para siempre.

– En palacio.

El desván era una sucia zahúrda en donde se acumulaban muebles, bocoyes, damajuanas y otros inservibles objetos fuera de servicio, para ellos la gloria, ni siquiera los afectaba el ornamento de telarañas y el despavorido correr de los ratones.

– ¿Me quieres?

Recorrieron los tópicos del primer amor con la misma trascendencia con la que hubiesen cortado la cinta inaugural de la creación tras el séptimo día.

– Te quiero más que a mi vida.

Así hasta volver a la realidad inmediata.

– Anda que no he jugado yo aquí al escondite.

– De pequeño, cuando el padrino me amenazaba con encerrarme aquí por alguna travesura, me moría de miedo.

– Yo también lo tenía, con tantas historias de brujas y sacahúntos, ¿quién no?

– Jugaba a la busca de tesoros.

– Hay cada cosa…

Sobre mesas mal apuntaladas y en baúles sin llave, el caos de las reliquias de la familia Sernández, el esplendor hecho harapos, una espada con cabeza de dogo en la empuñadura y hoja roñosa, puede que de Cuba, un abanico raído, quizá de Filipinas, unas desportilladas tazas de té probablemente de la China, una bandeja de marquetería incompleta se suponía de Marruecos, un elefante cojo de vidrio a lo mejor de Murano, un zurcido mantón seguro que de Manila.

– Mira, está nuevo.

El reloj de péndulo rococó, de bronce dorado y porcelana, estilo Luis XVI, explicitaba su origen, «Berthoud, Hgr du Roy a París».

– Sin agujas.

– El que necesitamos para marcar nuestro tiempo de ahora mismo.

– Juntos para siempre, un buen minuto.

Don Ángel bajó al patio, los mozos tenían faena pero prolongaban la sobremesa con una partida de chapas sobre las baldosas recién fregadas. Tiraba Carín y se daba buena maña con su única mano.

– Van cinco pesos.

– Arriba caras.

– ¡Barajo!

– Joder con tanto barajo, tú lo que quieres es perderme el pulso.

– Pues no las voltees, manguelo.

– Van arriba.

Ascendieron planas las dos monedas de cobre, así chocaron los dos patacones contra el suelo y su tintineo sonó a música ancestral, sonrieron las nobles efigies a la mirada expectante, eran dos caras.

– Caras, ganas.

– Me doblo.

– Van arriba.

– ¡Barajo!

– Coño, ya está bien con tanto barajo.

– Cara y cruz, repite.

– Arriba de nuevo.

– Cruces, palmas.

– ¿No tenéis otra cosa que hacer?

– No se nos enfade, don Ángel, usted sabe lo que son estas cosas. La última ronda.

– ¿Habéis visto a Ausencio?

– ¿Y quién ve a los enamorados con lo que les gusta la oscuridad?

Era nombrar la soga en casa del ahorcado, rieron los mozos y la risa se anudó en el cuello del farmacéutico.

– La última y al tajo, ¿eh?

Olvido abrió el arca de las ropas, lo práctico y lo frívolo se mezclaban en una derrota común, el paso del tiempo, el jersey de lana y el foulard de seda, las botas remendadas con lustre de sebo, propias para cavar en las viñas y los botines de tafilete indicados para el salón de baile, el abrigo para defenderse del frío y el gabán para lucir en el paseo.

– Menudo Carnaval.

– Nunca me he disfrazado, ¿te gustaría hacerlo, Ausen?

– Yo soy un disfraz viviente, desde que nací tengo puesta una máscara y lo que me gustaría es quitármela de encima, saber de una puñetera vez quién soy.

– No te atormentes con historias, sabes perfectamente quién vas a ser junto a mí.

– Y nadie podrá impedirlo.

A Ausencio le inquietaba el pretérito, pero el wolfram le hacía fuerte y dueño de su futuro, caminaba por el filo de la guadaña, por donde sólo se atrevían los más hombres.

– Qué maravilla.

En el fondo del arca las telas florecían con bordados, arreguives, gayaduras, volantes, farandolas y encajes, la chica se probó por encima un vestido de charlestón, demasiado escote, demasiado corta la falda, la tela era un crepé dulce y pesado, sus ondulaciones se ceñían a las del cuerpo antes de caer verticales.

– ¿Me lo pongo?

– Es una audacia.

– Me lo pongo. Venga, disfrázate tú también.

– No sé si me cabe…

Manoseaba chistera, levita y pantalones ceñidos de maniquí, rodó una bola de naftalina.

– A mí me sienta de pecado.

Se vestían con el cabezal de una cama interpuesto entre ambos a modo de biombo, tiritaban de frío y emoción, tan próximos, tan desnudos, a ella le preocupaba el escote, las tiras del vestido eran tan estrechas que no ocultaban las del sostén y quitárselo sí que sería una audacia, a él le preocupaba el pantalón torero, el paquete de la entrepierna resultaba escandaloso, superaron su timidez optando por la alegría de vivir, se les escapaba en risitas nerviosas.

– ¿Estás lista? Vamos a salir al mismo tiempo, a la una…

– A las dos…

– ¿Qué estáis haciendo?

– ¡Padrino!

– Uy, tío, qué susto.

– ¡No soy tu tío! Tampoco soy tu padrino, bueno, sí lo soy, ya no sé lo que me digo, me vais a volver loco, pero esto se acabó.

Don Ángel parecía un basilisco, si no llego a ser hipotenso me da un soponcio, pensó, resistía sacando fuerzas de flaqueza como el patético fantasma del castillo al que no le queda más remedio que cumplir con su deber, aparecerse al sonar las campanadas de medianoche.