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– No hacemos nada malo.

– Os lo había prohibido.

– Sólo es un disfraz.

– Cállate, desvergonzada, pareces una, una… teníais prohibido el veros a solas, habíais dado vuestra palabra.

– Yo tengo la culpa.

– No te hagas el mártir, Ausencio, esto se acabó. A ti, jovencita, te mando a las madres enseñantes de Astorga, te lo advertí.

– Son hermanas.

El colegio de las hermanas enseñantes de la Congregación del Santo Maestro, de Astorga, eran el remedio de la provincia.

– Hermanas, cuñadas, sores o lo que sean, son monjas de pelo en pecho que saben cuidar a las jovencitas desvergonzadas como tú.

– Por favor, tío, no me mandes interna, no lo vol…, no.

Se detuvo al borde de la dignidad ofendida, no, podrían torturarla pero no iba a prometer lo que no estaba dispuesta a cumplir, volvería a ver a Ausencio en cuanto pudiera.

– Baja a tu cuarto y vístete, pareces una cualquiera.

Se perdieron los sollozos de Olvido escalera abajo. José Expósito miró a don Ángel consciente de que había cruzado el punto sin retorno y guardó silencio.

– Vamos a hablar de hombre a hombre.

– Como guste.

– Me has fallado de mala manera, no has cumplido un juramento y eso no se perdona, sabes lo que quiero decir, ¿verdad?

– Sí.

– No vuelvas a pisar esta casa.

– Como guste, no puedo enfadarme con usted, don Ángel, no volveré, pero si un día me necesita llámeme, no le entiendo, pero no puedo guardarle rencor.

– Vístete ahí mismo, no vayamos a dar el espectáculo.

– De veras que no le entiendo.

– Con los años…

El ánimo de Ángel Sernández Valcarce engulló las negras sombras del desván, el olor sanguinolento del mondongo procedente del patio quedó prendido en las telarañas de su espíritu, sintió el frío del invierno en la médula de sus huesos, admiró la figura atlética del joven, de espaldas, las nalgas al aire, y añoró la juventud perdida mientras nacía girar en su mano la ficha recuerdo de sus locuras, una redonda de cien con el anagrama del Gran Kursaal, le habían reventado la fiesta haciéndole representar el papel de malo, pero lo peor de todo era la evidencia de su marcha hacia la vulgaridad, su servidumbre a la rutina y su indiferencia por los grandes ideales. La vejez, pensó, a mis años ni recordarán la escena y si la recuerdan me lo agradecerán.

Capítulo 24

Corrían tiempos de matanza y la suya particular no iba a ser un fiasco, estaba seguro, se le había escapado de varias trampas, pero ésta era la definitiva, su eficacia residía en la sencillez, un tiro y fuera. El teniente Chaves saboreaba el éxito mientras preparaba los detalles de la elemental maniobra, nada de desplegar a sus hombres por el bosque, serían detectados por aquellas auténticas alimañas y el cebo no funcionaría, se quedó él solo para pasar inadvertido, era capaz de mantenerse inmóvil en la postura días enteros, el tiempo que hiciera falta, había excavado un hoyo profundo en lo más espeso de las urces, recubierto con ramas y helechos, un camuflaje impecable, ver y no ser visto; de la pradera que se extendía a sus pies, por donde paseaba el señuelo, no se le escapaba el menor ángulo. Se sentía orgulloso de sí mismo, su rotunda mandíbula de cazador de fugitivos se le iba con la mirada, ansiosa de entrar en acción, pero todavía era pronto, paciencia y barajar, repasó el equipo, la botella de Domecq para no entumecerse, los prismáticos, la caja de proyectiles super-speed, balas de punta acerada capaces de derribar un jabalí a cien metros, distancia a la que calculaba se situaría el blanco, más fiera que un jabalí, y el rifle, un arma de campeonato, la más sofisticada arma de caza que existía en el mundo, se la dejó el comandante jefe con la advertencia de que una avería le costaba una estrella, un Winchester Cowboy Magnum, con él en la mano era más eficaz que don César de Echagüe, el Coyote, el protagonista de J. Mallorquí, casi nada al aparato, «W, symbol of accuracy since 1870» rezaba la propaganda, para un tirador de primera especial hacer blanco a cien metros con este rifle es como acertar con el máuser reglamentario en una barraca de feria, no se le iba a escapar esta vez, no tenía la más mínima intención de perder una estrella, al contrario, tenía la de hacer méritos para la siguiente, José Chaves García, natural de Campillo del Hambre, provincia de Albacete, estaba acostumbrado a ascender así, con paso corto, vida larga y mala leche, a tiro limpio, que no había pasado por la General de Zaragoza y lo de mear colonia no era lo suyo, le habían destinado a Villafranca para acabar con la fiera y estaba a punto de disecarla, me la corto si no la cazo.

Apacentar un rebaño de treinta y siete ovejas, todas las de Meleznas, era para Conchita, la Palmas, una labor tan ardua e imposible como cuidar de una sola, menos mal que con los dos perros su labor de pastora se reducía a la apariencia, se paseaba por el prado a la espera de ejercer su verdadero oficio, sabía lo que tenía que hacer aunque no sabía para qué ni quería saberlo, trabajaba en El Dólar y no hubiera aceptado el regalito si la Faraona no se hubiese mostrado tan convincente, lo siento, niña, pero te han elegido a ti, por las tetas, buscaban los pechos más grandes y siempre has presumido de globos, ¿no?, total es un polvo silvestre y te lo van a pagar como si te tirases a Romanones con la propina de un billete de primera a donde quieras, ¿y si no acepto?, pues a peor, te aplican la gandula, la de vagos y maleantes, al trullo por prostituta y lo que sigue, ficha y chirimías. A Concepción López Aguado, la Palmas, hombre que tocas, hombre que empalmas, no le quedó más remedio que aceptar, paseaba meditando en las paradojas de la vida, se echó a la vida por huir del campo, de Tolocirio (Segovia), y, después de dar más vueltas que la oreja, por el campo andaba con los pies metidos en las galochas de madera, se iba a dislocar un tobillo, haciendo el número de la pastora, el más puerco que jamás le habían pedido incluyendo el francés, el griego, el sesenta y nueve, la tortilla y el salto del tigre, qué remedio, procuraba seguir las instrucciones, desmaquillarse, fuera los bucles de solriza, ropas de fregona, te abrigas por fuera, lanilla, sarga, por dentro nada de refajos ni líos que has de dar facilidades para que te la encalome sin demasiadas virguerías, pon cara de inocente cachonda y te toqueteas los pechos como si estuvieras ardiendo, él te estará espiando en la espesura, en cuanto aparezca te dejas seducir, con remilgos de novicia pero rápido, ¿eh?, cuando suene lo que tiene que sonar te largas rápida al pueblo y se acabó tu misión, ¿comprendido?, un encargo de artesanía el de provocar a un mirón oculto con aquellas ropas, y el tiempecito, cuando el grajo vuela bajo, hace un frío de carajo, y que no se ponga a llover, con más barro tendría que hacerlo a pie firme y contra un árbol, odiaba el campo de regadío más que el de secano, tendría que marcharse justo cuando Ponferrada se ponía a tope, les estaban regalando hasta abrigos de pieles, también era mala suerte, tenía una amiga en Madrid, en el Cunigan, para allá se iría, si Madrid no era la ciudad del dólar por lo menos era la capital en donde los estraperlistas echaban sus mejores canas al aire, pero con una competencia que para qué, se deprimía lejos del asfalto y la atemorizaba el no saberse adaptar a lo finolis, su novio, también fugitivo de Tolocirio, quiso ser torero, si no hubiera muerto en una capea ahora estaría pensando en retirarse con él a un pisito, sonaron unos pasos a su espalda y se volvió sobresaltada, más cornadas da el hombre, parecía simpático.

– Hola, guapa.

Chaves le vio salir del robledal y dirigirse a la muchacha, se acarició la prominente mandíbula y sonrió satisfecho, el señuelo había funcionado, no podía fallar, la chica estaba más buena que el pan y al individuo le tiraban las ubres más que a un ternero recién nacido, habían sido tres violaciones a chicas aisladas en el monte, se imaginó algo cuando ninguna quiso hacer denuncia oficial, trató de sonsacarles, a la tercera, la pastora de Los Mazos, algo se le escapó sin querer, un tío simpático, tienes más delantera que el Atlético de Bilbao, como a mí me gusta, me dijo bromeando antes del mordisco, y, en efecto, las tres estaban muy bien dotadas, las vagas y disimulantes señas del individuo coincidían con una posible descripción evanescente del que se estaba acercando a la Palmas y con la que él se había hecho del huido a través de la foto de la comisaría, no podía fallar el disparo, encaró el Winchester hacia el presunto, acarició el cerrojo con la mejilla, acompasó el punto de mira y engarfió el gatillo, no tenía más que apretarlo, el blanco apenas era móvil y la chica estaba todavía fuera del campo, circunstancias óptimas, pero ¿y si no era el sujeto?, no es que le repugnara en demasía el cargarse a un transeúnte que se interpone en un acto de servicio, al fin y al cabo el que actúa comete errores y en su oficio el fin sí justifica los medios, lo que le repugnaba de veras de un posible error es que ya no volvería a funcionar la trampa y vete tú a saber cuándo se presentaría otra ocasión tan a huevo, tenía que asegurarse, era cuestión de aguardar un minuto como máximo.