– Bueno, yo, no sé.
– ¿Quiere acostarse conmigo?
Me dejó de un aire, que esto le ocurra a uno en París, vale, pero en Zamora me resultaba excesivo, me azaraba, traté de ser brutal para equilibrar mi desventaja y se lo pregunté al gourmet:
– A usted no le molestará, ¿no?
– Si a ella le apetece, ¿por qué iba a molestarme?
– Son quinientas y la cama.
Se derrumbó mi evasión, con lo que me hubiera gustado convertirme en un corruptor de mayores, aquello no era un trofeo deportivo.
– Perdone, pero no me gusta mezclar el placer con las finanzas.
– A mí tampoco me gusta, pero tengo que mantenerle.
Lo decía con la misma sonrisa amable con la que cotillearía el desliz de una amiga, tomó un sorbito de té desplegando el meñique, totalmente desconcertado volví a mi mesa, pensé en el infernal viaje de regreso con René volviendo a poner las cadenas y echando alcohol al radiador para que no se congelara el agua, me estaba bien empleado por salirme del carril, al poco entró un individuo con un Promesa en la mano, no era don Antonio sino uno de sus empleados según me explicó, ya lo había reconocido de la otra vez, antes de abandonar el Roma se lo pregunté:
– ¿Conoces a la de negro?
– Sí, claro, es la hija de don Tesifonte, el marqués de Torrealdea.
– Pues es un putón de órdago.
– Eso dicen.
– ¿Y el otro?
– Su marido, también es título.
– Joder con la nobleza.
– Dicen que sólo se tira a los forasteros, dicen pero no sé, la gente muchas veces habla por hablar.
En la oficina de Comercial Hispania, «pase sin llamar», me aguardaba don Antonio Díaz con una amabilidad distanciada, observé un orden impecable en mesas y ficheros, se veía que era alguien, sobre la mesa de su despacho dos fotografías, una del Santísimo Cristo de las Injurias y otra de su familia, él, su mujer y siete hijos, seis niñas y el pequeño, un niño, supuse que si no le llega a nacer el varón hubiera seguido insistiendo indefinidamente, también le veía hombre de carácter, pidió una muestra molida del cargamento y la pesó en un litro de cobre, 3,350 kg., eso suponía una ley de ochenta unidades o más, en clave W. W., se mostró satisfecho y de la caja fuerte sacó trescientas mil pesetas, en el wolfram no había giros, letras, cheques ni nada que no fuera a tocateja, contante y sonante, es un fenómeno extraño, aquel dinero no me emocionaba en absoluto, era como ver un cuadro en un museo, me figuro, en mi vida había pisado un museo, sabes que no lo vas a colgar en la pared de tu casa jamás, el dinero pasa a ser una obra de arte y uno tiene cosas más inmediatas y rupestres de que ocuparse, contarlo, por ejemplo, un caballero no te va a meter ningún fajo capado, nueve billetes en lugar de diez, pero nunca se sabe, me llevó un buen rato el contarlo.
– ¿Volveremos a vernos?
– Supongo.
– Eso espero. Salude de mi parte a mister White, no le conozco y me gustaría hacerlo personalmente, algún día será.
Pensé en el alocado plan de Jovino y llegué a la conclusión de que, si por casualidad salía a flote, don Antonio era nuestro comprador idóneo, lo tanteé por si acaso.
– ¿Y si vengo por mi cuenta?
– Para el buen wolfram, la Comercial siempre tiene sus puertas abiertas.
Capítulo 26
La primavera y las cerezas se hacían de rogar, el tiempo era frío y seco, todavía quedaba nieve en las vaguadas altas de umbría, Jovino se frotó las manos a medias satisfacción y calentamiento, no necesitaba ya de la lluvia para localizar los airosos muslos de La Meona, los tenía allí, abiertos sobre su cabeza, propicios para alzarse al pilón de tan fabulosa dama, no le podían fallar los cálculos, todos los yacimientos con telanga de la peña apuntaban a la lúbrica grieta, Carín le miró sorprendido.
– ¿Aquí? ¿No es lo de doña Oda?
– Sí, pero no lo comentes ni con tus muertos, desgracias, ver, oír y callar, ¿comprendido?
– Comprendido. Tú eres el jefe.
Pues por eso, no lo dijo en voz alta porque el viento le heló las palabras, después sí, «manos a la obra», se las sacudió en la zamarra, lo mismo hizo Ricardo, y se pusieron a barrenar, el manco sujetó el hierro con pulso firme, debía de ser verdad eso de que los de Quilós valen por dos pues resistió todos los impactos de la maza sin variar de postura. Terminado el encastre Jovino se sacó de los calzones el cartucho de dinamita, perfecto, el calorcillo del roce carne y franela lo conservaba en buen estado, no había sudado ni una gota de glicerina, un truco de viejo zapador. Colocaron el barreno sin otro inconveniente.
– ¡Fuego ardiendo!
Oyeron la explosión al socaire de la roca que vibró contra sus espaldas, los galgos, cantos voladizos, se precipitaron al abismo repitiendo al caer el mismo arrancar de cuanta vegetación se oponía a su avance.
– Vamos dentro.
Parecía el hueco negro y dolorido de una caries, cuando la nube de polvo sedimentó estudiaron las paredes, nada de particular salvo que aquello no era roca viva, el suelo de tierra floja se abría al fondo en un orificio presagio de cueva. Arrastrándose pasó Jovino con una linterna y una soga de seguridad anudada a la cintura, reptó varios metros hasta que el tobogán se ensanchó tanto como para permitirle ponerse de rodillas, el lóbrego espacio más parecía una cueva hecha por humanos que por accidentes geológicos, ¿el túnel de una mina?, no se amilanó y siguió avanzando, lo que fuera se ensanchó un poco más pero no ganó en altura, sin embargo el suelo de tierra cada vez era más movedizo, llamó a Carín.
– ¡Pasa, no hay peligro!
Si se toman las precauciones debidas, terminó para sí.
Cuando el otro estuvo junto a él prosiguió su avance.
– Sujeta bien la maroma por si se hunde el firme, puede haber un pozo y no quiero crismarme.
– No sigas, Jovi, esto está endemoniado.
– No digas gilipolleces.
– Mira.
– ¿Qué es?
– Yo no lo cojo.
Jovino volvió a gatas sobre sus propias huellas, la linterna de Carín iluminaba un objeto de barro semihundido en el flojo suelo de arenisca. Excavó con las manos y lo extrajo, una olla de cerámica resquebrajada.
– No lo abras, si es lo del azufre nos vamos al infierno.
– No te creerás la historia de la vieja, ¿verdad?
– ¿Y qué otra cosa puede ser?
– Vamos a verlo.
Jovino rompió la hucha contra la pared de roca, pensó que era una hucha porque de entre la mugre que la rellenaba cayeron varias monedas, las estudió a la luz de la linterna, muy viejas, antiguas dirían los expertos, de cobre, sucias, gastadas, con una leyenda, «BERGIOPIUS», en la otra cara «SISEBUTUNRE», en los dos lados la misma figura coronada por una cruz, romanas, visigodas, cualquiera sabe, una curiosidad para don Ángel.
– ¿Qué significa todo esto, di?
– Cualquiera sabe, pero una cosa es segura, por aquí se movió un personal y no de vacaciones precisamente.
– Dame una perra, de recuerdo.
– Ni hablar, hay que hacerlas desaparecer, las enterramos y ni una palabra a nadie.
– Ni a mis muertos, ya lo sé.
– Sigo adelante, sujétame.
Jovino volvió a gatear hacia el interior de la cueva, estaba perplejo pero esperanzado, se deshizo de la hucha con la excepción de dos monedas, las que consideró en mejor estado, si tenían valor de anticuario mejor, al ropavejero, y si no para jugar a las chapas, se marcaría el farol de habérselas ganado en una apuesta al jefe de una cabila de Marruecos, ya inventaría la anécdota, la imaginación se le congeló ante el descubrimiento, no podía dar crédito a lo que veía a la tenue luz de unas pilas ya semidesgastadas, acarició la negra pared de piedra, no se había equivocado, wolfram, un nódulo inmenso como la bóveda de una catedral, de él partían varios brazos de pulpo, los siguió con la linterna, tres vetas de un palmo de ancho perdiéndose en las entrañas del monte, en lo que parecía ser el final de una excavación primitiva. No se había equivocado en sus intuitivos cálculos, si quieres hacerte rico, sube a la peña del Seo, como tampoco se había equivocado el geólogo que envió don Pepe González, el de la compañía minera Montañas del Sur, pero con la ventaja de que éste ignoraba el lugar preciso, la madre del cordero, la conmemoraría tatuándose las palabras de la moneda, una en cada tetilla, sintió los pulsos de la muñeca como el tictac de un reloj despertador, tenía que actuar rápido y meter en el ajo al menor número posible de personas, gente de confianza como Ausencio y su hermano de leche, si alguien se iba de la lengua sería capaz de estrangularle, volvió una vez más sobre sus propios pasos tan nervioso que se golpeó contra un saliente de la roca, ni siquiera notó el impacto, fue Carín quien le informó de la sangre entre la pelambrera.