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– Déjala correr, alegría, lo he conseguido.

– ¿El qué?

– Qué va a ser, imbécil, el filón.

– Cojonudo.

– Límpiate las orejas y escucha. Me voy a Cadafresnas pero tú te quedas aquí, ponte en la bocamina y empieza a desescombrar, así ganamos tiempo, procura que no te vea nadie, pero si alguien te ve y pretende entrar, le pegas un tiro.

– No jodas.

– Le pegas un tiro, ¿entendido? Quédate con los bocadillos y la bota y no te muevas de aquí, a lo mejor tardo un par de días, pero aunque tarde un año en volver no abandones esto, no hables con nadie, no dejes entrar a nadie…

– ¿Tan bueno es?

– Nos ha tocado el gordo, si tenemos cojones para sacarlo de aquí.

– Los tenemos, Jovi.

– Si los tenemos es el amergullo de Cristo, cojo la ropa y me visto. ¿Tienes pistola?

– Sí, claro.

– Pues recuerda para lo que sirve.

Tenía fama de hombre duro, a partir de este momento debería serlo más que nunca y de una forma lúcida, el asunto era de cojones y cerebro, nadie le iba a arrebatar una jubilación tan adelantada, ya se veía de terrateniente en Villar de Acero, de cachicán en la vendimia de su propia viña, desfogó la imaginación hasta la caída de las sombras, no tenían que localizarle rondando a La Meona, así deberían llamar a la mina y no esa cursilada de Currito, se deslizó del agujero con tripas de lobo y modos de zorro, lo que se aconsejó para la aventura que iniciaba.

– Vuelve pronto.

– Cuando me pete, listo, piensa en lo que guardas.

Caminó poniendo una atención especial a los ruidos del bosque, al llegar al altiplano conocido por valle del Oro intuyó una sombra humana, más valía seguir con la naturalidad del buscador de regreso con los bolsillos vacíos y no dar a entender que ocultaba algo, lo que no le gustó fue la contestación del otro a sus «buenas noches».

– Alto.

– Qué alto ni hostias.

– ¿Tienes hora?

– Ni hora ni tabaco, largo o disparo.

– Es que me he perdido, ¿en dónde estamos?

– En casa de Dios, largo y por delante, que te vea.

Desde luego no era un habitual del Seo, pero no le gustó el encuentro, no creía en las casualidades, a uno le puede ocurrir lo inverosímil pero a condición de que lo facilite y nadie lo facilita cuando sabe que los hombres son malos salvo cuando la necesidad los obliga a ser buenos.

Capítulo 27

Apuntar a un ser humano a sangre fría, recreándose en hacer un blanco exacto, es una sensación indescriptible aunque no se trate más que de un juego, le apuntaba a Jovino, firmes contra la pared del fondo, con la diana sobresaliendo por encima de su enmarañada cabellera como si se tratara de la aureola de un santo, y la certeza de poderle arrebatar la vida me crispaba el ánimo pues sólo me faltaba la voluntad de hacerlo, con el componente del odio en cantidad suficiente para, así rezaban las recetas según arte, sería hombre muerto, el poder del que empuña la pistola tan impunemente es ilimitado, le señalas a uno, a ti, te ha tocado, y lo eliminas con la misma facilidad con que el pelotón de ejecución sublima al ejecutado, mi compañero de fatigas, tenía un aire noble en contraste con la chatarra que colgaba de la pared, no pestañeaba, las arandelas de un bocoy se mezclaban con las llantas oxidadas de ruedas ignotas, piezas de hierro que habían sido planchas de la ropa o tenazas de podar, a sus pies objetos inverosímiles, restos de verjas, sulfatadoras, guadañas, y una esperpéntica bañera que vete a saber qué hacía allí, un juego estúpido que él mismo planteó con un «hay que tener cojones para jugar a esto», y para dar ejemplo se colocó el primero bajo el punto de mira, si se llega a colocar una manzana sobre la cabeza le hubiera disparado a la frente, aquello me parecía una estupidez por ser más un riesgo inútil que una exhibición de valor, coloqué la mano izquierda en la cadera, extendí el brazo izquierdo prolongándose en la Super Star, B, 7,63 y torcí la cara para que todo yo quedara dentro del plano vertical que marcaba el eje del cañón de la pistola, me inmovilicé e hice puntería, a los que están a punto de matar se les dilata el tiempo tanto como a los que están a punto de morir, podía repasar mi biografía entera centrándome simultáneamente en etapas diferentes, las rechacé todas salvo el plan que estábamos estudiando, la razón del número circense que interpretábamos Jovino y un servidor.

– Mañana en Villadepalos.

Los confabulados nos habíamos citado por la noche en casa del Mayorga viejo, en la herrería al borde del Sil para ultimar detalles, lo tengo todo previsto, me dijo, llegué el último pero con mi responsabilidad bien cumplida, había apalabrado los dos camiones Ford de Arias sin especificar su objetivo, dando a entender, sin decirlo, que se trataba de un viaje más por cuenta del Inglés, me abrió la puerta Laurentino, desde que le desmantelaron la casa en Cadafresnas vivía con su padre y la familia entera mostraba una devoción absoluta por Jovino, el único que les había sacado la cara por más que no lograra evitar el desastre, el pobre no se había recuperado del efecto sicológico del espolio y los hombros se le habían cargado de forma escandalosa, me sonrió un tanto bovinamente.

– Hola, ¿estamos todos?

– Falta Carín, está en la cueva y no se moverá de allí hasta que se acabe la historia.

Repasé la escena, la fragua estaba encendida y la luz reverberaba dando una extraña luminosidad a rostros y objetos, Delfino mostraba las herraduras forradas de cuero, cositas de encargo, con ellas los mulos pueden bailar un zapateado sobre la roca que no los oirán ni las lechuzas, en el rápido listado a los presentes eché de menos a otro.

– ¿Y el de Cabeza de Campo?

– Se rajó, que es mucho riesgo y no quiere correrlo, y en noche de martes menos.

– En martes, ni te cases ni te embarques.

– Déjate de leches, ¿es de fiar?, ¿no se irá de la muy?

– No dirá nada por la cuenta que le trae -sentenció Jovino-, tan de fiar como mi madre que en gloria esté.

Quise suponer que la amenaza de Jovino sería suficiente para garantizar su silencio porque aunque Cabeza ignorase el itinerario si se corría el rumor de la fecha la cosa se complicaría. Estábamos ya repasando el equipo, Delfino era nuestro intendente, unas barrenas nuevas, cortas, con manguito y todo para protegerse las manos, unos preciosos zapapicos de geólogo, un petromax, por si acaso un saco de pilas para linternas, las sacas de arpillera reforzada como las de Casayo, extendía el material sobre la mesa carpintera con entusiasmo de cirujano.

– Esto es calidad.

– Oye, ¿los mulos de quién son?

– Míos, Pancho es una maravilla, ya lo veréis.