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– Me manda Ausencio, disimula y sígueme la corriente.

– Carmen, la, la, qué sorpresa, ¿cómo tú por aquí?

Si llega a pronunciar la Pesquisa no hubiera sido una buena referencia, Olvido se contuvo a la espera de los acontecimientos.

– Olvidín, cielo, no sé cómo decírtelo, pero no te asustes, tu madre está muy malita…

– ¿Qué? No me asustes, ¿qué le pasa?

Por fortuna intervino la hermana Niño Dios explicándole con cierto mimo que no era de gravedad, pero que debía ir unos días a casa para cuidar a su madre. La representación se deslizó sobre ruedas y la Pesquisa se sintió feliz como pocas veces había estado en su difícil vida cuando abandonó el vetusto edificio. Cargaba con el improvisado equipaje de la chica, una bolsa de hule con las mudas y los útiles de aseo y tiraba del brazo de la estudiante, aún con uniforme de colegio.

– Debías haberte cambiado.

– Explícame, no entiendo nada.

– Vámonos cuanto antes, ya te lo explicaré por el camino.

– ¿Qué le pasa a Ausencio?

– ¿Qué le va a pasar? Nada. No me hagas preguntas y haz que lloras, seguro que nos gilan por la mirilla.

A Carmen le habían dado dinero, tanto como para almorzar las dos en Astorga y coger después un coche taxi hasta Ponferrada, de sobra, pero no se lo iba a gastar en el hotel Moderno, demasiado céntrico y excesivamente caro, eligió sobre la marcha la pensión Ambosmundos, por la ventana del comedor vio un público abigarrado, pueblerino, una mujer de luto con el velo sin quitar y su marido con una franja negra en la solapa la decidieron, allí estaba más en su ambiente.

– Me tienes sobre ascuas, cuéntame.

– Sienta y espera.

Se sentaron a la mesa y un camarero en mangas de camisa les colocó el pan y la jarra de agua sin decir palabra, después les ofreció la breve carta con los bordes grasientos amén de otras manchas más sospechosas.

– ¿Pero qué ocurre? Cuéntame ya.

– Primero pide.

– No tengo hambre.

– Ausencio quiere verte, es importante, no sé lo que es, pero si te pide que te fugues con él no me extrañaría lo más mínimo.

– No lo dirás en serio…

– Disimula. Pide algo, a ver, de entrada…

El camarero acudió solícito y contundente.

– Sólo hay sopa de fideos.

– Pues dos. De segundo chuletillas y…

– Sólo hay albóndigas.

– ¿De carne?

– De carne y serrín, ¿de qué van a ser?

Olvido no probó bocado.

– Haces mal, la sopa es la llave del cuerpo.

– No puedo tragar, tengo un nudo en la garganta, ¿estás segura de que quiere fugarse conmigo?

– Lo huelo, hay cosas que no se me despistan.

– Estando mamá tan mala…

– No seas tonta, niña, a tu madre no le pasa nada, está como una rosa.

– Estará como una rosa, pero si me fugo de casa la mato del disgusto.

– Vive tu vida, Olvidín, la de ella es otra.

– No puede ser, mis padres no me lo perdonarían nunca.

– Bueno, a lo mejor es otra cosa, pero si es la que sospecho yo que tú me lo pensaría, la felicidad sólo llama una vez a la puerta, ¿sabes?, tiene cuatro patas y si no le abres cuando llama después no hay quien la alcance, corre mucho más que una.

Carmen se miró en los ojos de la joven para sentirse igual de hermosa, a sus mismos años, cuando aceptó la proposición pero no pudo cumplir con su palabra porque no la dejaron unos padres que no servían más que para hacerle daño en venganza del que se hacían a sí mismos, perdió su oportunidad y así le lució el pelo. Se saltó el postre para ahorrar y pidió café.

– No hay.

– ¿Otra broma?

– Las reclamaciones al vertical.

El camarero tenía un extraño sentido del humor, les dejó junto a la cuenta la enésima copia mecanografiada de la circular. «Sindicato de Hostelería y Similares: grupo de fondas, bares y cafeterías: les corresponde azúcar y jabón de la quincena en curso contra los cupones de la tarjeta de abastecimientos números 9 y 11 respectivamente: no se suministrará café a los establecimientos de este grupo por carecer momentáneamente de existencia, y ello bien a pesar de este Sindicato. Por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista. El Jefe Provincial de León.»

– ¿Tú qué harías en mi caso?

– Ay, Olvidín, quién pudiera estar en tu pellejo.

– Si me lo pide…

– Escucha a tu corazón y a nadie más.

Síguelo por encima de tus muertos pasados y futuros, no te voy a contar mi experiencia, yo obedecí y me quedé en el pueblo, era un golfo, me hubiera hecho un hijo, una desgraciada, yo qué sé, pero hubiera conocido la felicidad, un sorbo de felicidad me hubiera bastado para aplacar la sed de este páramo, me quedé para al final ganarme la vida follando con el tonto del pueblo, figúrate, no con cualquiera, con el tonto porque una no es una puta y con el tonto parece un espectáculo de feria y el público paga por verlo, recogía las monedas que le arrojaban, esta vez las del cambio de la cuenta que se guardó como justificante de gastos.

– Vámonos.

– Entonces soy una fugitiva.

– Todavía no.

– Cuando se den cuenta en el cole.

– Hasta que no le dé por escribir a doña Dositea ni idea, tienes tiempo de sobra para pensártelo.

– A lo mejor Ausencio me llama para otra cosa.

– Sí, a lo mejor es para otra cosa, pero camina con más aire, chica, pareces ya una culpable.

Llegaron hasta la próxima plaza Mayor en busca de un taxi, justo frente al Ayuntamiento las detuvo una gitanilla con un niño en brazos, creyeron que les pedía limosna.

– Las manos, que no son para la buenaventura, que quiero vérselas porque son nobles, de señorita y trabajadora, y se ve en ellas que no me van a engañar, que me den lo que quieran por estas estampitas tan monas que me he encontrado, yo de papeles no entiendo…

Olvido, de buena fe, le aclaró el equívoco:

– Pero mujer, si son billetes de cincuenta pesetas.

Intervino un señor, lo de señor se lo atribuyó Carmen por llevar corbata y sombrero.

– A ver, tú, ¿a quién estás timando? No te vayas. ¿Les ha quitado algo?

La gitana corrió despavorida.

– A ver las manos, ¿les falta un anillo, una pulsera, algo?

Las agitaron al aire como inocentes palomas.

– No, no, nada.

– Discúlpenme, voy a pillarla.

– Quién lo iba a decir, una ladrona, menos mal que todavía hay gente honrada por el mundo.

– Ay, Carmiña, ¿tienes tú la bolsa?

– ¿La bolsa? ¿Qué bolsa? ¿La del equipaje?

– Me la han robado con tanto palique.

Distraídas con la palabrería, alguien, por detrás, se había llevado impunemente el capazo de hule depositado en el suelo a fin de facilitar el muestreo de manos.

– La madre que los parió. Voy a denunciarlos.

– ¿Pero qué dices? Se pueden dar cuenta de que me he fugado del cole.

Quedaron las dos impotentes y desoladas contemplando con ira el ir y venir de los municipales a la puerta del Ayuntamiento, hermosa fachada con un balcón corrido en la planta principal, con el escudo de la villa y encima el reloj de la mala fama de los maragatos, sin saber qué hacer más que insultarlos in mente, roñosos, negociantes, ladrones, de esta ciudad ni el polvo, se sacudieron las sandalias y alquilaron el taxi apalabrándolo de antemano, un atraco, tan disgustadas que a la salida ni siquiera se fijaron en las torres de cuento de hadas del palacio Episcopal, obra de Gaudí.