– Esto me pasa por cateta.
– No te culpes, Carmiña, me la quitaron a mí y no valía tanto, lo que me preocupa es lo que voy a hacer.
Olvido no se atrevió a pensar en nada salvo un fluir de la conciencia sobre el que no ejercía el menor dominio, se mimetizaba con los ideales de su pareja, si le proponía huir lo harían en barco, una travesía eterna entre olas de coral, solos, sin compromisos familiares, disfrutando paisajes de película, los rascacielos de Nueva York, las pirámides de México, las playas de Río, las palmeras del Caribe, el trópico y la guayaba, samba y maracas, en tecnicolor y cogidos de la mano en la cubierta de un paquebote. Si tenía valor para decidirse. El coche aparcó en Ponferrada en el lugar convenido, en la trasera del recién inaugurado cine Moran, con una decoración exacta a la del cine Capitol de Madrid, ponían Una mujer endiablada, con Lupe Vélez, la exquisita actriz azteca, y la cola para sacar entradas doblaba la esquina del edificio.
– Disimula, niña.
Olvido bajó del taxi y se encontró con Ausencio, tuvieron que hacer un esfuerzo para no abrazarse en público.
– ¿Qué quieres de mí?
– Te quiero, Olvido, ya te lo explicaré luego -y dirigiéndose a Carmen-: tenéis que llegar a casa al anochecer y sin que os vean.
– ¿Y tú?, ¿no vienes con nosotras?
– Ha surgido un contratiempo, tengo que localizar a don Ángel.
– No tardes, me muero de impaciencia.
Capítulo 29
No había vuelto a ver a mi padrino desde el día de la matanza, ni a él ni a nadie de su familia, por eso me sorprendió la llamada de Gelón, algún disgusto, seguro, se dejaría capar antes de darme una buena noticia.
– Pero eso no es grave.
– Tienes que localizarle, José, se ha largado de casa y no está en el pueblo, sí es grave, hace una semana que le dio una angina de pecho y no quiere guardar reposo, ha vuelto a jugar como un energúmeno.
– ¿Y por qué no le buscas tú, no eres su hijo?
– No me gustan las cartas, tú conoces mejor que yo esos tugurios.
– ¿Y si me niego?
– Algún favor le deberás, ¿no?
El muy cocho sabía que no me iba a negar, me dijo que le habían visto tomar el autobús de Ponferrada y colgó. Supuse que había ido al Dólar y hacia allí dirigí mis pasos como si no tuviera otra cosa de qué ocuparme. Entré en la fiesta perenne y caí en la cuenta de que era la primera vez que entraba solo. La Faraona cantaba de su repertorio favorito lo de amor es un algo sin nombre que obsesiona a un hombre por una mujer, podía dedicármelo. Le pregunté al del bar, un fichero viviente:
– ¿Has visto a don Ángel por aquí?
– En lo de Arias.
La timba, como de costumbre, estaba repleta de ilustres jugando al giley, no era el Gran Kursaal pero el farmacéutico barajaba con la misma dignidad de sus años mozos de casino aristócrata, con menos energía, los ojos empañados y la bilis amarga de la boca denunciaban a una persona girando la última vuelta de tuerca, me impresionó de veras, había envejecido demasiado, tanto que no se percató de mi presencia, sí lo hizo don José Carlos, que pasó mano y salió a mi encuentro preocupado por sus camiones.
– ¿Algún disidente?
– Todo en orden. Vengo a buscar a don Ángel, está jodido.
– Y no huele una. No te disientas tú, chaval, y ándate con los ojos abiertos, ¿un veguero?
Me ofreció un puro habano.
– Gracias, no fumo esos tronchos.
– ¿Cuándo es el viaje?
– No puedo decírselo.
– Buena razón la prudencia. Espera y te saco al boti.
El corro vio levantarse a don Ángel con el consuelo de quitarse a un torpe del medio y el disgusto de perder unos beneficios, pocos podían ser ya, le tomé del brazo para ayudarle a caminar pero se zafó de lo que consideraba un vejamen.
– Quieto, Ausencio, me tengo solo.
Nos sentamos en uno de los pocos veladores libres. Estudié su rostro, nunca me pareció tan decrépito, el tono gris descolorido de sus pupilas indicaba un agotamiento irreversible, las canas de su barba se desplomaban lánguidas, sin fuerza, un aspecto tan desvalido que avivó al rescoldo de mi afecto, traté de mostrarme lo más cariñoso posible.
– ¿Pero qué hace aquí, padrino? Tiene mala cara…
– Alto, parao, no acepto consejos, los buenos consejos se dan a mi edad, cuando ya no se pueden dar malos ejemplos.
– Es muy tarde y debería retirarse, si quiere le acompaño.
– Muchacho, yo sé lo que debo hacer, pero haga lo que haga la solución óptima siempre es la otra, por eso no merece la pena cambiar de conducta, si te preocupas por el dinero que pierdo te diré que conozco el precio de las cosas pero no le doy valor a ninguna, ¿me comprendes?
– No es por el dinero…
La salud, se está matando, lo leyó en mi vista y me soltó un discurso para contradecirme.
– Lo que cuenta es la pasión, mi vida es el juego y voy a morir con las botas puestas, si fuera un mercachifle me hubiera hecho rico de nuevo, todo el mundo puede hacerse rico, para ello no tiene más que seguir la ley de bronce de los negocios, vender caro, ¿me comprendes?, si no es caro a los ricos no les interesa y si es barato a los pobres tampoco les llega. El diez por ciento, comprar a diez y vender a cien. A mí los negocios no me interesan, ¿y a ti?
– Tampoco, pero no me refería al dinero y usted lo sabe, lo digo por su salud, no tiene buena cara.
Una laboriosa sonrisa afloró en sus labios.
– Alegra la tuya, tengo buenas noticias, ¿eh?, tu expediente de prófugo se ha extraviado definitivamente, todavía conservo algunos amigos, viejos dinosaurios a punto de extinguirse como yo.
Ya lo creo que era una buena noticia, pero estaba absorbido por otros problemas más inmediatos, me había acostumbrado a la amenaza de busca y captura como otros se habitúan a la acidez de estómago y no me quitaba el sueño.
– Gracias, pero eso no cambia nuestras relaciones.
– ¿Qué quieres decir?
Tenía que zanjar de una vez por todas lo que de veras me preocupaba, le conocía y sabía que de un momento a otro me iba a chantajear con su buena acción y mala salud.
– Que en cuanto pueda me caso con Olvido.
– ¡Te prohíbo casarte con ella!
El portazo de la furia iluminó su rostro como en los mejores tiempos, pero no cabían ilusiones, quemaba sus últimos cartuchos.
– ¿Por qué? ¿Porque me considera un don nadie?
– No puedes casarte con ella, imposible.
– Debería entenderlo, Olvido es mi pasión lo mismo que el juego es la suya.
– Calma, nihil hunanum a me allenam puto.
– ¿Es un taco?
– Es latín, nada humano me es ajeno, entiendo de pasiones, en efecto, y ninguna tan humana como la ambición, la que te propongo, mira.
Del bolsillo del chaleco contrario al reloj sacó el testimonio de su secreto tan celosamente guardado, una pepita de oro igual a un grano de maíz, un comodín para pujar fuerte.
– El tesoro del Bierzo es el oro, el wolfram es flor de primavera, pasará y si te he visto no me acuerdo, pero el oro está aquí, esperándonos desde los romanos, y yo te ofrezco una médulas precisas en donde conseguirlo a cambio de que renuncies a Olvido, el mundo está lleno de chicas guapas pero no de depósitos auríferos. ¿Qué me dices?
– Ni le escucho.
Suspiró defraudado, pero no vencido.
– Esta conversación deberíamos haberla tenido hace años, las circunstancias… por las médulas de Matarrosa o las del Burbia arriba, te lo especificaré si reconsideras tu digna sordera, me la dio un tipo al que salvé la familia, como siempre no tenía un chavo para pagar, le conseguí el último grito de la quimioterapia, la droga sulfa, y zas, de milagro todos nuevos, el muy listillo del doctor Vega ni siquiera había oído hablar de las sulfamidas, qué país, me siento como un bohemio de chaqué en una fiesta de paletos con corbata, esto es para hacerse rico sin el mercachifleo del negocio ni el riesgo del wolfram, piénsatelo bien, Ausencio.