– Muy amable.
Carmen le sirvió el té. Con pastas,
– ¿No quiere alguna cosa más?
– Sagen sie dem Fräulein von oben, sie möchte runter kommen und mit mir zusammen Tee trinken. Ich möchte mich mit Ihr Unterhalten.
A Carmen, la Pesquisa, le gustó el acento, era la primera vez que le hablaba en inglés, según ella.
– ¿Qué dice?
Günter Weiss se asustó, su personaje bajaba demasiado la guardia.
– Perdone. Avise a la señorita de arriba, me gustaría tomar el té con ella si no tiene inconveniente.
– Sí… no faltaría más.
A Carmen le temblaron las piernas, como quedarse con el culo al aire, le explicó a Olvido, «nos ha descubierto».
– ¿Qué hago?
La fiebre del oro es una maldición, pensó White/Weiss, y lo malo es que el wolfram no va a hacer más que espolearla, parece mentira que hasta un hombre tan sensato como Sernández Valcarce, con estudios universitarios, caiga en la trampa, le enseñó la pepita de las médulas del Burbia, un fraude descarado, no salen del tamaño de un grano de maíz en unas arenas lavadas por los romanos, hablaré con la chica un momento y después me ocuparé de lo mío, todo esto no son más que elucubraciones para demorar el enfrentamiento con mi dura realidad, si hubiéramos empezado antes las experiencias del nuevo cohete en la plataforma VII de Peenemünde algo habría cambiado, se abasteció y bien a la fábrica subterránea de Mittelwerke en Nordhausen y sin embargo…, vale, nosotros, aquí, cumplimos con nuestro deber, no creo que otro en mi lugar hubiera conseguido más, Brasil es el país del futuro, nos organizaremos y si falla cualquiera sabe, los Estados Unidos terminarán enfrentándose a Rusia, les dejaré todo menos el Humber, lo necesito para llegar a Lisboa.
– Baja y disimula.
Olvido se presentó con su mitad colegiala cogida en falta, nerviosa; su mitad mujer hecha y derecha vagaba herida de muerte por el desván.
– Buenas tardes, don Guillermo, ¿quería hablar conmigo?
– Sí, tenemos que hablar, ¿una taza?
– No me gusta el té, bueno, no lo he probado nunca, sí, póngame una taza, como guste… ¿cómo se ha enterado de que yo…?
– Por Boom, no tiene secretos para mí.
También les dejaré el pointer, el perro se hace a imagen y semejanza de su amo y quien le da de comer es su amo, por el pan salta el can, estaba ovillado a sus pies, olfateando el cambio.
– ¿Te ha hablado Ausencio de nuestro trato?
– Sí, tampoco me guarda secretos.
– Quiero confirmártelo porque a él no le veré, le dejo un documento privado con mi firma y la de dos testigos para que pueda escriturarlo, espero no tenga dificultades.
– ¿Por qué no le va a ver?
– Me voy ahora mismo.
Olvido no tenía reservas para sorprenderse, toda la curiosidad se le agotaba en su propio e insoluble jeroglífico. Habló la mujer descorazonada:
– Ya nada merece la pena.
– ¿Qué? No digas bobadas, chiquilla, esta firma es la mejor solución del porvenir.
– Me refería a mí.
– Y yo a los dos.
– Lo nuestro es imposible.
La lluvia había perdido fuerza pero seguía cayendo voluntariosa sin dar su brazo a torcer, a través de la ventana el paisaje se difuminaba en un continuo gris, una tierra fértil, debería explicar una vez más que el porvenir era agrícola y no minero, quitar viñas para aprovechar el agua, plantar tabaco, sus hojas serán de las mejores para cubrir cigarros puros, sistematizar los frutales, manzana, cereza, acerol, pavía, una explicación inútil, el drama de la jovencita era amoroso y las finanzas le resbalaban.
– No sé en qué lío se ha metido Ausencio, pero volverá, no te preocupes, está por ti como una regadera.
– Aunque vuelva…
– Volverá, no lo dudes, volverá por ti y todo se arreglará.
– La familia…
– ¿No le quieres?
– Daría mi vida por él. Es lo que voy a hacer.
– Entonces no dramatices, pequeña, el amor es la fuerza de la eternidad y ningún obstáculo se le resiste, ya lo verás.
A don Guillermo, a Günter Weiss, no es que no le interesara el drama de Romeo y Julieta, es que tenía obligaciones más perentorias y contra reloj, no podía perder más tiempo en el clásico dédalo de dificultades a lo mi familia no quiere que me case con fulanito porque se apellida Expósito, cuando volviera el tal Expósito, y arreglara el lío de los camiones con Arias, solucionaría el asunto de los Valcarce con un abrazo bien prieto, no quiso ceder al recuerdo de su amor, ni siquiera al ajeno de Maude, si cedía en su autocensura estaba perdido, Hamburgo no existe, el 27 de la Dammtorstrasse tampoco, y mucho menos frau Helga Weiss y los pequeños Günter y Helga Weiss, el oficio de sobrevividor tras perder una guerra es duro y no se aprende en los libros, el desmontar la radio y la quema de recuerdos le llevaría más de una hora, por eso decidió acabar la charla con la deprimida Olvido, rebuscó en el bolsillo del chaleco hasta dar con una preciosa cajita de rapé con infalibles remedios Bayer, una de las blancas, barbitúricos, te adormece a plazo fijo, se lo ofreció a la chica, «toma, te tranquilizará», niña estúpida y romántica, «no estoy nerviosa», pero se la tomó, una de las verdes, sal cianhídrica, te adormece a perpetuidad, era su salida de urgencia para un caso extremo, la que le ofreció en su día al aventurero Alexander Easton, falso William White, obsesionado con los análisis de galena argentífera en las obras del ferrocarril de Ribadeo al Bierzo, precisamente el día en que recibió la carta de la United Kingdom Comercial Corporation exigiéndole la prestación voluntaria de sus servicios a la madre patria, le suicidó sin demasiadas complicaciones y fue otro falso White el que se puso al servicio de su graciosa majestad.