– Qué estúpido soy, no me había dado cuenta, anda, Gelo, avisa a las mujeres, que bajen a saludar a Ausencio y que le preparen algo de comer, sobró caldo, eso y un par de huevos fritos con chorizo. Y patatas fritas. Y una botella de nuestro vino.
La verdad es que con la emoción y la charla me había olvidado del hambre, pero la sola enumeración de alimentos me hizo la boca agua, por fin iba a comer caliente y de mantel, mientras esperaba el extraordinario rancho traté de informarme.
– ¿Qué sabe del wolfram, padrino?
– Del wolfram como mineral, químicamente, lo sé todo, pero es un saber que nada vale.
– El saber no ocupa lugar, es una frase suya, de usted.
– Que no se cotiza debiera haber dicho. ¿Qué les importa a estos mastuerzos la fórmula WO4FeMn? El wolframato de hierro y manganeso es el mineral más importante para la extracción del elemento puro wolframio, y es lo que vulgarmente se conoce por wolfram. Los extranjeros cursis le llaman tungsteno, pero su nombre ancestral es lupiespuma, espuma de lobo, así lo definió Cneo Julio Agrícola en su Tratado de minas, sin los romanos no sé qué haríamos, lupiespuma porque es piedra que se come al estaño como el lobo a las ovejas, al bueno de Agrícola le interesaba más el estaño, por eso trabajaba en las islas Casitérides, y si lobo en alemán es Wolf el nombre adecuado es wolfram porque ahora los amos son los alemanes.
– Van a perder la guerra.
– No me hables de política. Mira, lo que abunda en la peña es el wolframato oscuro, el pardusco de cal se da más hacia Ponferrada, por los Barrios de Luna, se llama chelita. El wolfram se cotiza sin ningún rigor analítico, a peso, a ojo de buen cubero más que a ojo de boticario, yo he puesto a punto una determinación analítica basada en una reacción con oxiquinoleína, da un precipitado amarillo insoluble en clorhídrico, pero no me han solicitado ni una sola determinación, así marcha el país, igualito que los alemanes, es una prueba del doctor Montequi, que no es italiano, como el nombre sugiere, fue mi catedrático de análisis y se debe estar preguntando lo que me pregunto yo, ¿para qué diablos sirve en España una cátedra de química analítica?
– El saber no ocupa lugar, padrino.
– Ausencio, no me jodas, que yo estas cosas me las tomo muy en serio, más que a como lo pagan por ahí esos mercachifles parásitos, intermediarios nauseabundos.
Le interrumpió la entrada de las mujeres, una marejada, y eso que no eran tantas, tres conté entre las idas y venidas de colocar los platos en la camilla, abrazarme, besarme y palparme las ropas para comprobar que no era una aparición, me sentía feliz, se habían olvidado del mantel, pero me querían y el sentirse querido es algo grande por más que en un hombre aparentarlo sea debilidad, no quise contener las nuevas lágrimas a pesar del mayorazgo, Ángel, contemplando la escena a cierta distancia, displicente, ni siquiera su media sonrisa escéptica me iba a amargar el dulce, la más decidida Angustias, se llamaba como la madre difunta, la primera de los seis hijos de don Ángel, quizá por sacarme tantos años, más timorata en los besos Nice, Niceta, Nicetiña, casi de mi edad, la menor, la nacida después de Luciano, mi mejor amigo, bueno, en el intermedio había nacido otra Nice, falleció a los pocos meses y de ahí que encargaran la nueva con el mismo nombre a pesar del peligro de tanto parto, doña Angustias era una mujer débil, una cosita de encargo, le decían, una Valcarce, la familia más distinguida de Villafranca y ya se sabe lo flojas que son las familias distinguidas, murió del parto de la segunda Nice, ahí no estuvo bien don Ángel, pero era un follador nato y a ver quién tira la primera piedra en ese terreno, no se podía contener, a las criadas, cuando tenía criadas como mi madre de leche Vitorina, me lo comentó ella misma, les largaba cada viaje a las nalgas en la estrechez de la escalera que temblaba el misterio, a los pechos les tenía menos afición, siempre a las nalgas, lo que no habrá picado en sus correrías por el mundo, pero eso sí, formal, no se le conocía ningún lío serio, mucho menos hijos naturales, lógico, siendo farmacéutico sabría de remedios, lo de mujeriego no disminuía su prestigio, al contrario, yo creo que lo acrecentaba, en aquel revuelo de mujeres eché a una en falta.
– ¿Y Camino?
– Se casó, está en América.
Camino era la tercera, la que iba entre los dos varones.
– Se casó con un tío muy majo, Florentino, el enólogo de los Cereros, tenía fama de republicano y emigró a Méjico, la reclamó desde allí y gracias a Dios les va muy bien, nos escribe todos los meses.
– Me hubiera gustado verla.
Hablaba con la boca llena, era un alarde de mala educación, pero es que no podía contener las ganas, un hambre ancestral, incontenible, en el frente, en el campo, no pensaba en manjares exquisitos de faisanes, langosta, salmón, animales que por otra parte jamás había catado, sino con la buena y recia fritanga de huevo, chorizo y patatas, lo que tenía allí al alcance de la mano, mordía con saña y mojaba el pan con furia de vengador.
– Dale un beso, casi sois primos.
Don Ángel se refería a la tercera de las mujeres, la menos movediza y completamente extraña para mí, una niña, dieciséis, diecisiete años calculé, una agradable costumbre esta de besuquearse los primos, pero se nos hacía violento, la chica más guapa que hubiera visto en mi vida, no era una Sernández, era la hija de Dositea Valcarce Vega, una prima del boticario, me lo explicaba él mismo y yo confirmaba con la boca llena como un estúpido, vivía en Villafranca, en la casa solariega y también arruinada de los Vega, a su vez primos de doña Angustias, «como si fuera huérfana».
– Su padre las dejó plantadas, un señorito andaluz hijo de puta cuyo nombre está prohibido pronunciar en esta casa.
– Tío…
– Ya lo sé, Olvido, perdona, es tu padre y no se debe hablar mal de un padre, pero es que ese sinvergüenza me hace perder la razón cada vez que lo miento.
Nos besamos en las mejillas y los dos nos pusimos colorados.
– Me llamo Olvido.
– Y yo José, pero todos me dicen Ausencio.
Fue su piel, el contacto de su piel decidió el cambio fundamental de mi vida, la confirmación de mi libertad o muerte, tenía muchas hambres atrasadas, por ella llegaría a ser alguien, parecerá increíble pero me había enamorado de golpe, vas por la calle y recibes el golpe de la teja que cae o del coche que te arrolla y cambia tu existencia, en un instante pasas de sano a inválido, así de sencillo, de golpe, pero no era el impacto de la primera mujer hermosa con la que tropiezas después de haberla soñado en las mil y una noches de aislamiento, lógico, pero frívolo, no, era algo mucho más profundo y que brotaba espontáneo de la parte irracional del alma, la que nunca se equivoca, hace un instante no lo estaba y ahora tan enamorado que me dejaría matar por ella, tan enamorado que me mataría si no podía vivir con ella el resto de mi precaria existencia, y cerré los ojos para que nadie adivinara el flechazo. Después la seguí de forma continua, pero no conseguí volver a enredar mi mirada con la suya, no me volvió a mirar directamente y tanta evasiva la consideré el mejor de los augurios, tan seguro estaba de mí mismo. Ni el color de los ojos, ni la forma de su cuerpo, ni el aroma de sus cabellos, la piel, el sabor de la piel imponiéndose a los sabores de las demás hambres, una sensación tan fuerte que me impulsó a lo que no había hecho nunca, escribir un poema, unos versos herméticos a los que yo solo tendría acceso para explicarme con ellos el ascua en que se habían convertido mis labios.