En los meses siguientes hice cuanto pude por complacer a mi suegra cuando visitaba a la familia Lu. En mi casa natal intentaba mostrarme tan agradable como podía. Pero tanto en un sitio como en el otro me lanzaban miradas que yo interpretaba como amonestaciones por mi infecundidad. Un par de meses después la señora Wang me trajo una carta de Flor de Nieve. Esperé a que la casamentera se hubiera marchado y entonces desdoblé la hoja. Mi laotong había escrito en nu shu:
Estoy embarazada. Vomito todos los días. Mi madre dice que eso significa que el bebé está cómodo dentro de mi cuerpo. Espero, que sea un varón. Deseo que lo mismo te ocurra a ti.
No podía creer que Flor de Nieve se me hubiera adelantado. Mi posición social era más elevada que la suya y daba por hecho que me quedaría embarazada antes que ella. Me sentí tan humillada que no comuniqué la buena noticia a mi madre ni a mi tía. Sabía cómo reaccionarían: mi madre me criticaría y mi tía se alegraría demasiado por Flor de Nieve.
La siguiente vez que visité a mi esposo y tuvimos trato carnal, lo rodeé con las piernas y los brazos y lo retuve sobre mí hasta que se quedó dormido con el miembro fiácido dentro de mí. Permanecí largo rato despierta, respirando acompasadamente, pensando en la luna llena que brillaba en el cielo y aguzando el oído por si oía moverse el bambú detrás de nuestra ventana. Por la mañana él se había apartado de mí y dormía tumbado de costado. Yo sabía qué debía hacer. Metí una mano bajo la colcha y le sujeté el miembro hasta que se endureció. Cuando me pareció que mi esposo estaba a punto de abrir los ojos, retiré la mano y cerré los míos. Dejé que volviera a poseerme y, cuando se levantó y vistió para iniciar su jornada, yo me quedé inmóvil. Oímos a su madre en la cocina, empezando a realizar las tareas que me correspondían. Mi esposo me miró una sola vez, como advirtiéndome de que me atuviera a las consecuencias si no me levantaba pronto y me ponía a trabajar. No me gritó ni me pegó, como habrían hecho otros esposos, sino que salió de la habitación sin despedirse de mí. Un momento después oí las voces apagadas de mi marido y su madre en la cocina. Nadie vino a buscarme. Cuando por fin me levanté, me vestí y entré en la cocina, mi suegra me sonrió feliz y Yonggang y las otras muchachas intercambiaron miradas de complicidad.
Dos semanas más tarde, cuando volvía a estar en mi cama, en el hogar paterno, me desperté con la sensación de que los fantasmas de zorro sacudían la casa. Conseguí llegar hasta el orinal, medio lleno, y vomité. Mi tía entró en la habitación, se arrodilló a mi lado y me secó el sudor de la cara con el dorso de la mano.
– Ahora sí nos vas a abandonar -dijo, y por primera vez desde hacía mucho tiempo la gran cueva de su boca se abrió y dibujó una amplia sonrisa.
Esa tarde, me senté, cogí tinta y pincel y escribí una carta a mi laotong. «Cuando este año nos veamos en el templo de Gupo, ambas estaremos redondas como la luna.»
Como imaginaréis, mi madre fue tan estricta conmigo durante aquellos meses como lo había sido durante el vendado de mis pies. Supongo que sólo pensaba en todo lo que podía salir mal. «No subas por las colinas -me advertía, como si alguna vez me hubiera estado permitido hacerlo-. No pases por un puente estrecho, no te sostengas sobre una sola pierna, no mires los eclipses, no te bañes en agua caliente.» No había ningún peligro de que yo hiciera nada de eso; en cambio, las restricciones en la alimentación eran otro asunto. En nuestro condado estamos orgullosos de nuestros platos, muy condimentados, pero no me dejaban comer nada aderezado con ajo, pimientos o pimienta, porque esos ingredientes podían retrasar la expulsión de la placenta. Tampoco me permitían comer cordero, que podía perjudicar la salud del niño, ni pescado con escamas, porque podía provocar un parto difícil. Me prohibían cualquier alimento que fuera demasiado salado, demasiado amargo, demasiado dulce, demasiado ácido o demasiado picante, de modo que no podía comer judías negras fermentadas, melón amargo, crema de almendras, sopa con especias ni nada que fuera remotamente sabroso. Me alimentaba de sopas insípidas, verduras salteadas con arroz y té. Yo aceptaba esas limitaciones, consciente de que mi valía dependía enteramente del niño que crecía dentro de mí.
Mi esposo y mis suegros estaban encantados, por supuesto, y empezaron a prepararse para mi llegada. Mi hijo nacería a finales del séptimo mes lunar. Yo iría al templo de Gupo con motivo de la fiesta anual para suplicar a la diosa que me concediera un varón, y luego continuaría el viaje hasta Tongkou. Mis suegros estaban de acuerdo en que realizara ese peregrinaje (habrían hecho cualquier cosa por asegurarse un heredero), con la condición de que pasara la noche en una posada y no me cansara en exceso. Vino a recogerme un palanquín que había enviado la familia de mi esposo. Me planté ante el umbral de mi casa natal y acepté las lágrimas y los abrazos de todos. A continuación subí al palanquín y los porteadores se pusieron en marcha. Sabía que en los años venideros regresaría a mi pueblo natal para la Fiesta de la Brisa, la de los Fantasmas, la de los Pájaros y la de la Cata, así como cualquier otra celebración que pudiera haber en mi familia natal. No se trataba de una despedida definitiva, era sólo temporal, como lo había sido para Hermana Mayor.
Flor de Nieve, que estaba más avanzada en su embarazo, ya vivía en Jintian, de modo que pasé a recogerla. Tenía el vientre tan abultado que me extrañó que su nueva familia le permitiera viajar, aunque fuera para rogar a la diosa que le concediera un hijo varón. Era gracioso vernos mientras intentábamos abrazarnos con aquellos vientres enormes y sin parar de reír. Ella estaba más hermosa que nunca y emanaba una sincera felicidad.
Flor de Nieve no paró de hablar durante todo el trayecto; me contó los cambios que había experimentado su cuerpo, cómo disfrutaba cuando el bebé se movía en su interior y lo amables que eran todos con ella desde que se había instalado en la casa de su esposo. Acariciaba un trozo de jade blanco que llevaba colgado del cuello para que el bebé tuviera la piel tan clara como esa piedra y no heredara la tez rojiza de su esposo. Yo también llevaba un colgante de jade, pero no para proteger a mi hijo del color de la piel de mi esposo, sino de la mía, pues, aunque pasaba el día entero dentro de casa, la tenía más oscura que mi laotong.
En los años anteriores nuestras visitas al templo habían sido muy breves: hacíamos reverencias ante la diosa y tocábamos el suelo con la frente mientras rezábamos. Esa vez, en cambio, entramos orgullosas, sin disimular nuestra redondez, mirando a las otras futuras madres para ver quién estaba más gorda, quién tenía la barriga alta y quién la tenía baja, y al mismo tiempo procurando controlar nuestra mente y nuestra lengua para no transmitir a nuestro hijo ninguna idea innoble.
Avanzamos hacia el altar, donde había un centenar de pares de zapatos de recién nacido. Ambas habíamos escrito poemas en sendos abanicos que íbamos a ofrecer a la diosa. El mío expresaba mis deseos de tener un hijo varón que prolongara el linaje de los Lu y honrara a sus antepasados. Terminaba con estas palabras: «Diosa, tu bondad es una bendición. Vienen muchas mujeres a suplicarte que les des un hijo varón, pero espero que escuches mis ruegos. Por favor, concédeme mi deseo.» Cuando lo redacté me pareció adecuado, pero ahora imaginé qué habría escrito Flor de Nieve en su abanico. Seguro que estaba lleno de palabras cariñosas y memorables decoraciones. Recé para que la diosa no se dejara impresionar demasiado por la ofrenda de Flor de Nieve. «Por favor, escúchame a mí, escúchame a mí, escúchame a mí», suplicaba para mis adentros.
Mi laotong y yo dejamos los abanicos en el altar con la mano derecha, mientras con la izquierda cogíamos uno de los pares de zapatos de niño y los escondíamos en una manga de la túnica. Luego salimos rápidamente del templo, confiando en que no nos pillaran. En el condado de Yongming las mujeres que quieren tener un hijo sano roban un par de zapatos del altar de la diosa. Lo hacen sin ningún reparo, pero fingiendo que no quieren que las descubran. Como sabéis, en nuestro dialecto las palabras «zapato» y «niño» se pronuncian igual. Cuando nacen nuestros hijos, llevamos otro par al altar -eso explica que siempre haya zapatos para robar- y hacemos ofrendas para dar las gracias a la diosa.