Salimos del templo y nos dirigimos a la tienda de hilos. Como hacíamos desde hacía doce años, buscamos colores adecuados para elaborar los bordados que habíamos imaginado. Flor de Nieve me mostró una selección de verdes para que yo los examinara. Había verdes tan brillantes como la primavera, pálidos como la hierba marchita, parduscos como las hojas a finales de verano, intensos como el musgo después de la lluvia, apagados como el momento antes de que los amarillos y los rojos del otoño empiecen a adueñarse del paisaje.
– Mañana -dijo Flor de Nieve-, antes de regresar a casa, nos detendremos junto al río. Nos sentaremos y contemplaremos cómo las nubes pasan por el cielo, oiremos cómo el agua acaricia las piedras y bordaremos y cantaremos juntas. Así nuestros hijos nacerán con un gusto elegante y refinado.
La besé en la mejilla. Cuando no estaba con Flor de Nieve, a veces dejaba que mi mente divagara hacia regiones oscuras, pero en ese momento la amaba como siempre la había amado. ¡Cuánto había echado de menos a mi laotong!
La visita al templo de Gupo habría quedado incompleta sin una parada en el puesto de taro. El anciano Zuo sonrió exhibiendo sus encías desdentadas cuando nos vio llegar embarazadas. Nos preparó una comida especial, cuidando de seguir todas las normas que exigía nuestra dieta. Saboreamos cada bocado. Al final nos sirvió nuestro plato preferido, el taro frito cubierto de azúcar caramelizado. Flor de Nieve y yo éramos como dos niñitas risueñas; no parecíamos dos mujeres casadas a punto de dar a luz.
Esa noche, en la posada, después de ponernos las camisas de dormir, Flor de Nieve y yo nos tumbamos en la cama, cara a cara. Era la última noche que pasaríamos juntas antes de ser madres. Habíamos aprendido muchas lecciones sobre lo que debíamos y no debíamos hacer y sobre cómo esas cosas podían afectar a los bebés que estaban a punto de nacer. Si a mi hijo podía afectarle oír palabras vulgares o sentir el roce del jade blanco sobre mi piel, seguro que también podía percibir en su cuerpecito el amor que yo sentía por mi laotong.
Flor de Nieve me puso las manos en el vientre. Yo puse las mías sobre el suyo. Estaba acostumbrada a notar las patadas de mi hijo contra mi piel, sobre todo por la noche. Ahora sentí cómo el bebé de Flor de Nieve se movía dentro de ella. No habríamos podido estar más cerca la una de la otra.
– Me alegro de estar contigo -dijo, y pasó un dedo por el sitio donde mi bebé empujaba con un codo o con una rodilla.
– Yo también me alegro.
– Siento a tu hijo. Es fuerte como su madre.
Sus palabras me hicieron sentir llena de orgullo y de vida. Su dedo se detuvo, y una vez más posó sus tibias manos sobre mi vientre.
– Lo querré tanto como te quiero a ti -agregó. Entonces, como solía hacer desde que éramos niñas, me puso una mano en la mejilla y la dejó descansar allí hasta que ambas nos quedamos dormidas.
Faltaban dos semanas para que yo cumpliera veinte años, mi hijo no tardaría en nacer y la vida real estaba a punto de empezar.
Años de arroz y sal
Hijos
Lirio Blanco:
Te escribo como madre.
Mi hijo nació ayer.
Es un varón de pelo negro.
Es largo y delgado.
Todavía no ha terminado mi período de purificación.
Mi esposo y yo dormiremos separados durante cien días.
Te imagino en tu habitación de arriba.
Espero noticias de tu bebé.
Espero que nazca vivo.
Rezo para que la diosa te proteja de cualquier contratiempo.
Estoy deseando verte y saber que estás bien.
Por favor, ven a la Fiesta del Primer Mes.
Verás lo que he escrito sobre mi hijo en nuestro abanico.
Flor de Nieve
Me alegré mucho de que el hijo de Flor de Nieve hubiera nacido sano y esperaba que siguiera gozando de buena salud, porque en nuestro condado mueren muchos niños en sus primeros días de vida. Las mujeres abrigamos la esperanza de que cinco de nuestros vastagos alcancen la edad adulta. Para que eso suceda, tenemos que quedarnos embarazadas cada año o cada dos años. Muchas de esas criaturas mueren durante el embarazo, en el parto o al poco de nacer. Las niñas, frágiles a causa de la mala alimentación y la negligencia de que son víctimas, nunca superan su vulnerabilidad. Las que no mueren jóvenes (por culpa del vendado de los pies, como le ocurrió a mi hermana; al dar a luz, o de trabajar hasta la extenuación sin una alimentación adecuada) sobreviven a sus seres queridos. Los varones recién nacidos, tan valiosos, también mueren con facilidad, pues su cuerpo es demasiado tierno para haber echado raíces y su alma tienta a los fantasmas del más allá. Cuando crecen y se convierten en hombres, corren el riesgo de sufrir infecciones por heridas, de envenenarse, de tener accidentes en los campos y en los caminos, o de que su corazón no soporte la presión que supone cuidar de toda una familia. Por eso hay tantas viudas. Sea como sea, los cinco primeros años de vida son peligrosos tanto para los niños como para las niñas.
No sólo sufría por el hijo de Flor de Nieve, sino también por el bebé que llevaba en mi vientre. Era duro estar asustada y no tener a nadie que me animara ni consolara. Cuando todavía vivía en mi casa natal, mi madre estaba demasiado ocupada imponiéndome opresivas tradiciones y costumbres para ofrecerme consejos prácticos, y mi tía, que había tenido varios hijos muertos, me evitaba para no transmitirme su mala suerte. Ahora que vivía en la casa de mi esposo, no tenía a nadie. Mis suegros y mi marido se preocupaban por el bienestar del niño, por supuesto, pero a nadie parecía preocuparle que yo pudiera morir en el parto de su heredero.
La carta de Flor de Nieve fue como un buen presagio. Si ella había tenido un buen parto, seguro que mi bebé también sobreviviría. Me infundía fuerza saber que, aunque llevábamos una vida nueva, el amor que nos profesábamos no había disminuido. Ese amor se fortaleció cuando nos embarcamos en nuestros años de arroz y sal. A través de nuestras cartas compartiríamos nuestros sinsabores y triunfos, pero, como en todo lo demás, había que seguir ciertas reglas. Como mujeres casadas que habían «caído» en la casa de su esposo, teníamos que abandonar nuestras costumbres infantiles. Escribíamos cartas llenas de tópicos, con frases y expresiones formularias. En parte eso se debía a que éramos unas forasteras en la casa de nuestro esposo y estábamos ocupadas aprendiendo las costumbres de nuestra nueva familia. Y en parte a que no sabíamos quién podía leer nuestras cartas.
Nuestras palabras tenían que ser circunspectas. No podíamos censurar en excesó la vida que llevábamos, lo cual no resultaba fácil porque, por otra parte, la correspondencia de una mujer casada debía incluir las típicas quejas: que éramos dignas de lástima, impotentes, que trabajábamos hasta el agotamiento, que estábamos tristes y añorábamos nuestro hogar natal. Se suponía que teníamos que hablar con franqueza de nuestros sentimientos sin parecer desagradecidas, despreciables o malas hijas. Una nuera que habla abiertamente de la vida que lleva es una vergüenza tanto para su familia natal como para la de su esposo; como ya sabéis, ésa es la razón por la que no me decidí a escribir mi historia hasta que hubieron muerto todos.