– Les gustaría que formaras con ellas una hermandad de mujeres casadas.
– Gracias, pero…
– Deberías considerar un honor su propuesta.
– Así la considero.
– Sólo quiero que entiendas que debes quitarte a Flor de Nieve de la cabeza -añadió mi suegra, y terminó con una variación de su habitual reprimenda-: No quiero que los recuerdos de esa desgraciada influyan en mi nieto.
Las concubinas rieron tapándose la boca. Les encantaba verme sufrir. En momentos como aquél su estatus subía y el mío bajaba. Con todo, exceptuando esas críticas continuas, con las que las otras mujeres disfrutaban y que a mí me asustaban muchísimo, mi suegra era más amable conmigo de lo que lo había sido mi propia madre y cumplía las normas a rajatabla. «Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuando seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo.» Llevaba toda la vida oyendo ese consejo, de modo que no me intimidaba. Pero un día en que se enfadó con su esposo mi suegra me enseñó otro proverbio: «Obedece, obedece, obedece, y luego haz lo que quieras.» De momento mis suegros podían impedir que viera a Flor de Nieve, pero nunca podrían impedir que la amara.
Flor de Nieve:
Mi esposo me trata bien.
Ni siquiera sé dónde están todos los campos de la familia.
Yo también trabajo mucho.
Mi suegra vigila todo lo que hago.
Las mujeres de mi casa dominan el nu shu.
Mi suegra me ha enseñado algunos caracteres nuevos.
Te los enseñaré la próxima vez que nos veamos.
Paso el día bordando, tejiendo y haciendo zapatos.
Hilo y cocino.
Tengo un hijo. Rezo a la diosa para tener otro algún día.
Tú también deberías rezar.
Escúchame, for favor.
Debes obedecer a tu esposo.
Debes escuchar a tu suegra.
Te pido que no sufras tanto.
Recuerda cuando bordábamos juntas y cuchicheábamos por la noche.
Somos dos patos mandarines.
Somos dos aves fénix que surcan el cielo.
Lirio Blanco
En su siguiente carta, mi laotong no hacía ningún comentario sobre su nueva familia, aparte de que su hijo había aprendido a sentarse. Hacia el final volvía a preguntarme por mi vida.
Cuéntame cómo son las comidas y de qué se habla durante ellas.
¿Recitan los clásicos mientras comen?
¿Entretiene tu suegra a los hombres contándoles historias?
¿Les canta para ayudarlos a digerir la comida?
Intenté responder con sinceridad. Los hombres de mi casa hablaban de negocios: qué parcela de tierra podían arrendar, quién la cultivaría, cuánto tenían que pedir por el arrendamiento, cuánto habría que pagar de impuestos. Querían «llegar más alto», «alcanzar la cima de la montaña». Todas las familias dicen cosas así el día de Año Nuevo, cuando sirven platos especiales que evocan esos deseos, conscientes de que no son más que eso: deseos. Sin embargo, mis suegros trabajaban con empeño para verlos cumplidos. Las suyas eran conversaciones aburridas que yo no entendía ni me interesaba entender. Eran la familia más rica de Tongkou. Yo no podía imaginar qué más podían desear y, sin embargo, ellos nunca apartaban la vista de la cima de la montaña.
Esperaba que Flor de Nieve se sintiera más feliz en su nuevo hogar, amoldándose, como debe hacer toda esposa, a unas circunstancias completamente diferentes de las que había conocido en su casa natal. Entonces, una oscura tarde, mientras amamantaba a mi hijo, oí que el palanquín de la señora Wang se detenía delante del umbral. Pensé que la casamentera subiría por la escalera, pero fue mi suegra quien entró en la habitación y, con gesto de desaprobación, dejó una carta encima de la mesa. En cuanto mi hijo se durmió, acerqué la lámpara de aceite y la abrí. Me di cuenta enseguida de que el formato era diferente del de las anteriores. Empecé a leer con gran temor.
Lirio Blanco:
Estoy sentada en la habitación de arriba, llorando. Oigo fuera a mi esposo, que está matando un cerdo. Sigue violando las reglas de la purificación.
La primera vez que vine aquí, mi suegra me hizo subir a la plataforma que hay fuera de la casa y me obligó a mirar cómo mataban un cerdo, para que supiera de dónde procedía nuestro sustento. Mi esposo y mi suegro llevaron el cerdo hasta el umbral. El animal iba colgado de las patas a un palo que mi suegro y mi esposo llevaban sobre el hombro. Estaba entre los dos hombres y no paraba de chillar. Sabía lo que iba a sucederle. Ahora he oído ese sonido muchas veces, porque todos saben lo que les va a pasar y sus gritos resuenan por el pueblo muy a menudo.
Mi suegro sujetó el cerdo junto a un gran wook lleno de agua hirviendo. (¿Te acuerdas del wok que hay delante de mi casa? El que está empotrado en la plataforma. Debajo hay un hueco para quemar carbón.) A continuación mi esposo le cortó el cuello. Primero recogió la sangre, que luego las mujeres freirían, y después metió el animal en el wok, donde lo hirvió hasta ablandarle la piel. Entonces me hizo arrancarle el pelo. Yo no paraba de llorar, aunque no hacía tanto ruido como el que había armado el cerdo. Juré que nunca volvería a mirar ni a participar en aquel acto impuro. Mi suegra reprobó mi debilidad.
Cada día que pasa me parezco más a la esposa Wang. ¿Te acuerdas de la historia que nos contó mi tía? He dejado de comer carne. A mis suegros no les importa; así tienen más para repartirse.
Estoy sola en el mundo; sólo os tengo a ti y a mi hijo.
Ojalá no te hubiera mentido. Prometí que siempre te diría la verdad, pero no me gusta que conozcas la indignidad de mi vida.
Me siento junto a la celosía y miro más allá de los campos, en dirección a mi pueblo natal. Te imagino junto a tu ventana, mirándome. Mi corazón sobrevuela los campos y llega hasta ti. ¿Estás ahí sentada? ¿Me ves? ¿Me sientes?
Estoy muy triste sin ti. Me gustaría que me escribieras o vinieras a visitarme.
Flor de Nieve
¡Era una tortura! Miré por la celosía en dirección a Jintian con la esperanza de ver al menos a Flor de Nieve. Me torturaba saber que mi laotong estaba sufriendo y yo no podía abrazarla para ofrecerle consuelo. En la habitación de arriba, delante de mi suegra y las otras mujeres, saqué un trozo de papel y preparé tinta. Antes de coger el pincel releí la misiva de Flor de Nieve. En la primera lectura sólo había captado su tristeza, pero entonces me di cuenta de que ya no escribía las frases tradicionales que las esposas utilizaban para componer sus cartas, sino que hablaba con más sinceridad y franqueza acerca de su vida.
La audacia de mi laotong me hizo comprender la verdadera función de nuestra escritura secreta: no había sido concebida para que nos escribiéramos cartas ingenuas ni para que nos presentáramos a las mujeres de la familia de nuestro esposo, sino para darnos voz. El nu shu era un medio por el que nuestros pies vendados podían acercarnos unas a otras, por el que nuestros pensamientos podían sobrevolar los campos, como había escrito Flor de Nieve. Los hombres de nuestras casas no concebían que nosotras pudiéramos tener algo importante que decir. No imaginaban que pudiéramos tener emociones ni expresar ideas creativas. Las mujeres -nuestras suegras y las demás- levantaban bloqueos aún mayores para protegerse de nosotras. Sin embargo, a partir de ese momento confié en que Flor de Nieve y yo escribiéramos la verdad acerca de nuestras vidas, tanto si estábamos juntas como separadas. Quería dejar de utilizar las frases estereotipadas que tan comunes eran entre las esposas en sus años de arroz y sal y expresar mis verdaderos pensamientos. Hablaríamos como hablábamos cuando estábamos acurrucadas en la habitación de arriba de mi casa natal.
Necesitaba ver a Flor de Nieve y asegurarle que la situación mejoraría, pero, si desobedecía a mi suegra e iba a visitarla, cometería uno de los delitos más graves. Esconderme para escribir o leer cartas no era nada comparado con eso, pero tenía que hacerlo si quería ver a mi laotong.