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Esperé, temiendo qué diría a continuación.

– La gente necesita ciertas cosas para vivir -prosiguió mi esposo-. El aire, el sol, el agua y la leña no cuestan dinero, aunque a veces no sean abundantes. Pero la sal sí cuesta dinero, y todo el mundo necesita sal para vivir.

Mi mano estrechó la suya. ¿Adónde quería llegar?

– He preguntado a mi padre si puedo coger nuestros últimos ahorros -añadió-, viajar hasta Guilin, comprar sal y traerla aquí para venderla. Me ha dado permiso.

El plan de mi esposo entrañaba más peligros que los que yo podía nombrar. Guilin estaba en la provincia vecina. Para llegar hasta allí mi esposo tendría que pasar por territorio ocupado por los rebeldes. Y los que no eran rebeldes eran campesinos desesperados que habían perdido sus hogares y se habían convertido en bandidos que asaltaban a quienes se atrevían a transitar por los caminos. El negocio de la sal era peligroso en sí mismo, y ésa era una de las razones por las que la sal siempre escaseaba. Los hombres que controlaban su comercio en nuestra provincia tenían sus propios ejércitos, pero mi esposo estaba solo. Carecía de experiencia en el trato con los caudillos y los astutos comerciantes. Por si eso fuera poco, mi mente femenina lo imaginaba conociendo a hermosas mujeres en Guilin. Si salía airoso de su aventura, quizá volviera a casa con unas cuantas concubinas. Mi debilidad de mujer fue lo primero que expresé.

– No recojas flores silvestres -le supliqué, utilizando el eufemismo con que denominábamos a esa clase de mujeres que podía encontrar en su viaje.

– El valor de una esposa reside en sus virtudes, no en su rostro -me tranquilizó él-. Me has dado hijos. Mi cuerpo recorrerá una larga distancia, pero mis ojos no mirarán lo que no deben ver. -Hizo una pausa, y añadió-: Sé fiel, evita la tentación, obedece a mi madre y sirve a nuestros hijos.

– Eso haré -prometí-. Pero no me preocupa lo que pueda sucederme a mí.

Intenté expresar mis otros temores, pero él dijo:

– ¿Acaso vamos a dejar de vivir porque unos cuantos estén descontentos? Debemos seguir utilizando nuestros caminos y nuestros ríos, que son de todos los chinos.

Dijo que calculaba estar lejos durante un año.

Tan pronto mi esposo partió, el desasosiego se apoderó de mí. A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más nerviosa y asustada. Si le ocurría algo, ¿qué sería de mí? Como viuda, tendría muy pocas opciones. Puesto que mis hijos eran demasiado pequeños para ocuparse de mí, mi suegro me vendería a otro hombre. Sabía que si eso llegaba a ocurrir quizá no volvería a ver a mis hijos, y entendí por qué tantas viudas se suicidaban. Sin embargo, no iba a conseguir nada llorando día y noche abrumada por los riesgos que me amenazaban. Intentaba mantener una apariencia serena en la habitación de arriba, pese a que me preocupaba muchísimo la seguridad de mi esposo.

Pensando que me consolaría ver a mi primer hijo, comencé a hacer algo que no se me habría pasado por la cabeza hasta entonces. Varias veces al día, me ofrecía a ir a buscar el té para las mujeres de la habitación de arriba; una vez abajo, me sentaba y escuchaba las lecciones de mi hijo con tío Lu.

– Las tres fuerzas más importantes son el cielo, la tierra y el hombre -recitaba el pequeño-. Las tres luces son el sol, la luna y las estrellas. Las oportunidades que ofrece el cielo no son iguales a las ventajas conseguidas en la tierra, mientras que las ventajas de la tierra no están a la altura de las bendiciones que proceden de la armonía entre los hombres.

– Esas palabras puede memorizarlas cualquier niño, pero ¿qué significan? -Tío Lu era exigente y riguroso.

¿Creéis que mi hijo erraba alguna vez en las respuestas? Pues no, y os diré por qué. Si no contestaba correctamente a una pregunta o cometía algún error en sus recitaciones, tío Lu le golpeaba en la palma de la mano con una vara de bambú. Si al día siguiente volvía a equivocarse, el castigo era doble.

– El cielo da al hombre el clima, pero sin el fértil suelo de la tierra el clima no tiene ningún valor -contestó mi hijo-. Y el rico suelo es inútil si no reina la armonía entre los hombres.

Sonreí, orgullosa, en mi escondite, pero tío Lu no se contentaba con una sola respuesta correcta.

– Muy bien. Ahora hablemos del imperio. Si fortaleces a tu familia y cumples las normas que están escritas en el Libro de los ritos, habrá orden en tu casa. Eso se extiende de una casa a la siguiente, construyendo la seguridad del estado hasta llegar al emperador. Pero un rebelde engendra a otro rebelde, y pronto reina el desorden. Presta atención, pequeño. Nuestra familia posee tierras. Tu abuelo las gobernó durante mi ausencia, pero ahora la gente sabe que ya no tengo contactos en la corte. Ven y oyen a los rebeldes. Debemos ser prudentes.

Pero el terror que tío Lu tanto temía no llegó en la forma de los taiping. Lo último que oí antes de que los fantasmas de la muerte descendieran sobre nosotros fue que Flor de Nieve volvía a estar encinta. Le bordé un pañuelo para desearle una gestación sana y feliz, y lo decoré con peces plateados que saltaban de un arroyo azul claro, creyendo que ésa era la imagen más propicia y refrescante que podía ofrecer a una mujer que iba a estar embarazada durante el verano.

Aquel año, el gran calor llegó antes. Era demasiado pronto para que volviéramos a nuestra casa natal, así que las mujeres y nuestros hijos languidecíamos en la habitación de arriba esperando, esperando, esperando. Como la temperatura aumentaba día a día, los hombres de Tongkou y de los pueblos de los alrededores llevaban a los niños a bañarse al río. Era el mismo río en que de niña me refrescaba los pies, y sentí una gran alegría cuando mi suegro y mi cuñado se ofrecieron a llevar allí a los niños. Pero también era el mismo río donde las niñas de pies grandes lavaban la ropa y de donde cogían agua para beber y cocinar, porque los pozos del pueblo estaban llenos de larvas de insectos.

El primer caso de fiebre tifoidea apareció en el mejor pueblo del condado, mi Tongkou. Afectó al precioso primogénito de uno de nuestros arrendatarios y se extendió por su casa hasta matar a toda su familia. La enfermedad empezaba con fiebres, seguidas de un fuerte dolor de cabeza y vómitos. A veces también producía tos y ronquera, o un sarpullido de granos de color rosa. Cuando aparecía la diarrea, sólo era cuestión de horas que la muerte pusiera fin a la agonía. En cuanto nos enterábamos de que un niño había caído enfermo, sabíamos qué iba a pasar. Primero moría el niño, luego sus hermanos y hermanas, luego la madre y por último el padre. Era un proceso que se repetía una y otra vez, porque una madre no puede abandonar a su hijo enfermo y un esposo no puede abandonar a su esposa moribunda. Pronto el caos reinó en todas las poblaciones del condado.

La familia Lu se retiró de la vida del pueblo y cerró las puertas de su casa. Las criadas desaparecieron; no sé si mi suegro las echó o huyeron atemorizadas. No supe más de ellas. Las mujeres de la familia reunimos a los niños en la habitación de arriba creyendo que allí estarían más seguros. El hijo de Cuñada Tercera fue el primero en presentar los síntomas de la enfermedad. Le ardía la frente y tenía las mejillas muy coloradas. Al verlo me llevé a mis hijos a mi dormitorio y llamé a mi hijo mayor. En ausencia de mi esposo, debería haber consentido en su deseo de quedarse con su tío abuelo y el resto de los hombres, pero no lo dejé elegir.

– Sólo yo saldré de esta habitación -dije a mis hijos-. Hermano Mayor se ocupará de vosotros mientras yo no esté aquí. Tenéis que obedecerlo en todo.

Todos los días salía de la habitación una vez por la mañana y otra por la noche. Consciente de la gravedad de la enfermedad, me llevaba el orinal y lo vaciaba yo misma, procurando que nada de la zona donde se acumulaban los excrementos tocara el recipiente, mis manos, mis pies o mi ropa. Sacaba agua salobre del pozo, la hervía y la filtraba hasta que quedaba clara y limpia. Me daba miedo la comida, pero algo teníamos que comer. No sabía qué hacer. ¿Debíamos ingerir alimentos crudos, directamente arrancados del huerto? Cuando pensé en el estiércol que utilizábamos para abonar los campos, comprendí que eso no podía ser aconsejable. Recordé lo único que cocinaba mi madre cuando yo estaba enferma: congee. Lo preparaba dos veces al día.