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Un primo de Hadji Ali los acogió en un patio decorado con azulejos en el que había una gran mimosa y los invitó a dormir en la azotea de su casa. El Cairo estaba ya lejos; la noche era muy negra, sin luna y fresca. Durmieron bien.

Al día siguiente prosiguieron su camino muy temprano. A lo largo del río se extendía una inmensa llanura, sedosa a la vista como una tela de paño verde, con algunos rectángulos negros a modo de remiendos. Millares de campesinos, solos o en pequeños grupos, ponían una nota de color en el paisaje. En los caminos, otros conducían bueyes y cargaban con un arado de madera a la espalda. La pequeña caravana acortó camino a través de esta franja de tierras fértiles y alcanzó el desierto a la altura de las pirámides. Pasaron lentamente a sus pies, en la tibieza silenciosa de la mañana. Jean-Baptiste había soñado a menudo con este lugar desde que vivía en El Cairo. Dos veces había esperado ya el alba en la cima de Keops. Al llegar cerca de la Esfinge, Poncet se alejó discretamente de la caravana y rodeó ¿1 coloso de arena. Cuando estuvo enfrente de estas piedras conocidas por los árabes por el nombre de Abou El Houl, el «padre del terror», por el miedo mortal que les inspira, el joven clavó la mirada en sus grandes ojos sombríos y dijo:

– Nos volveremos a ver, lo juro.

Luego, a galope, se reunió con la caravana.

La segunda noche durmieron al aire libre, envueltos en pieles, en la linde entre el desierto y las tierras cultivadas. Durante las dos semanas que tardaron en llegar a Manfalout se impuso el ritmo regular de los camelleros: levantarse con el sol, beber un té muy dulce calentado con fuego de leña, cargar las bestias, avanzar en silencio en estado casi hipnótico, buscar un campamento, descargar, cenar y dormir.

Manfalout, adonde llegaron al cabo de catorce días de marcha, era una gran aldea que apenas sobresalía del suelo; sus casas de piedra eran tan bajas que parecían el zócalo del desierto. No obstante, cuando se internaron en sus calles, encontraron todas las comodidades y pudieron alojarse en casa de un mercader judío que cedió a los viajeros el piso superior de su vivienda.

En aquella ciudad habrían de sumarse a la gran caravana que los conduciría hasta Nubia. Hadji Ali sabía con certeza que llegaría «pronto», pero según el reloj del desierto, «pronto» sólo quiere decir menos que una eternidad. Los días pasaban, y la espera se prolongó en el sopor de la aldea aplastada por el calor.

Jean-Baptiste estaba más preocupado por sus acompañantes que por los peligros que supuestamente le esperaban durante aquel largo viaje. Hadji Ali tenía más o menos la misma conversación que sus camellos. Se pasaba horas hurgando entre sus dientes negros con un palito puntiagudo; cuando conseguía extraer el menor resto de comida, lo aspiraba con un ruido horrible y daba las gracias al Profeta. Por lo demás, cada vez que Poncet le hacía una pregunta, respondía que ya vería «si Dios así lo deseaba». Se negó a proporcionarle información alguna a propósito del viaje, de Abisinia y del Emperador. Jean-Baptíste pronto se convenció de que el camellero, que había aceptado hacer el viaje presionado por el cónsul y pensando sólo en sus propios intereses, no confiaba en él como médico y esperaba alguna misteriosa ocasión para ponerlo a prueba.

Con el padre De Brévedent, la comunicación era un poco más alentadora. Ante Hadji Ali, Jean-Baptiste debía contentarse con dar a su supuesto servidor órdenes breves, que por otra parte no se atrevía a impartir sin bajar los ojos. Pero durante la estancia en Manfalout aprovechó para llevarse al cura al campo en busca de plantas. Durante sus salidas se acercaban al Nilo y al llano limoso, donde descubrieron especies desconocidas de caña y algas de agua en los canales. También se lo llevaba al desierto, donde recogieron plantas crasas y observaron luchas entre los escorpiones. Al poco tiempo se dio cuenta de que el padre De Brévedent poseía unos sólidos conocimientos en el campo de las ciencias. Jean-Baptiste había guardado en su equipaje un minúsculo sextante de cobre que le había regalado un paciente turco. El jesuíta le enseñó a usarlo, al tiempo que hacía sabios comentarios sobre astronomía, con tono muy modesto. Cuando se familiarizaron un poco el uno con el otro, Brévedent le hizo una confesión, con su característica modestia.

– A decir verdad, en mi juventud, y de eso hace ya un montón de años, concebí un artilugio, no se burle, que estaba en constante movimiento. La cosa no era sena, pero parece que divirtió a los físicos. Incluso me atreví a confeccionar el modelo en madera y en metal…

Jean-Baptiste estaba entusiasmado y pedía detalles.

– No recuerdo bien -dijo el cura-. Hace mucho tiempo de eso.

Luego añadió ruborizándose:

– El periódico de la Academia quiso honrarme con la publicación de mis planos.

Como compañero de viaje, hubiera preferido a otra persona antes que a aquel jesuita melancólico para quien la astronomía rayaba en la frivolidad. Pero, en fin, había que hacerse a todo, y Jean-Baptiste, que no podía vivir sin amistad, le ofreció la suya al padre De Brévedent de buen grado. Al anochecer se les veía regresar juntos como compadres, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor, con cestos repletos de hallazgos naturales en los brazos y un odre de piel vacío en bandolera, del que habían bebido a lo largo del día. No obstante, a la vista de las puertas de la aldea, volvían a simular la comedia del señor y el criado.

Ahora que era consciente de las eminentes cualidades del cura, Jean-Baptiste se afligía cada día más al ver a Brévedent, aquel filántropo cultivado, de maneras delicadas y salud frágil, trotar jadeante bajo el peso de cubos de agua y doblar el espinazo ante Hadji Ali, que le trataba como a un ser despreciable. «¿Cómo puede aceptar una humillación semejante? -pensaba Jean-Baptiste-. Esta experiencia debe resultar mucho más cruel para un hombre que ha aprendido a razonar libremente.»

Sin embargo, no olvidaba el objetivo de su viaje y le desesperaba tener que permanecer allí. La gran caravana seguía sin llegar, y esto podía acarrear pésimas consecuencias.

Alix de Maillet se extrañó mucho de que le encomendaran una misión tan de improviso. Cuando su padre le expuso el asunto, le costó asimilarlo, pero enseguida se mostró llena de alegría. Se pasó la mañana canturreando en su habitación al son de un organillo. ¡Una misión! Era la primera vez en su vida que a alguien se le ocurría confiarle una responsabilidad. Todos sus deseos se habían colmado; por fin iba a poder salir de aquella casa que se había convertido en su prisión. Y por si eso fuera poco, tendría un lugar deshabitado para ella sola. La descripción que le hizo su padre, aquel dédalo de plantas y objetos despertó su curiosidad. No obstante, a esta curiosidad se sumaba cierto temor: ¿sería capaz de llevar a cabo su misión? ¿Se encontraría con objetos, y sobre todo con seres vivos -aunque fueran vegetales- hostiles e incomprensibles hasta el punto de no responder a sus cuidados y morir? El riesgo era lo suficientemente grande como para sentirse angustiada, pero en el fondo tenía confianza. Además, no estaría en un lugar completamente desconocido. Se trataba de la residencia de Jean-Baptiste Poncet. Iba a internarse en el lugar donde él había vivido y, pese a la decepción que le había causado su partida y su silencio, esperaba que aquella casa fuera el reflejo de los sentimientos que le había inspirado su dueño.