La forma de ser del jesuita empezaba a sacarle de quicio. Le irritaba tanto aquella actitud de presunto testigo, su inquietud constante y su seriedad que en ocasiones tenía que controlarse para no propinarle un puntapié.
– Imagínese que está solo en medio de una caravana de esta envergadura -gimió el padre De Brévedent- y que usted supiera, porque todo el mundo lo sabe, que hay otros tres cristianos. ¿No iría a verlos lo antes posible?
– Entre los aventureros de Oriente hay quienes prefieren pasar desapercibidos ante sus semejantes -dijo Jean-Baptiste, a punto de perder la paciencia.
– Entonces vayamos en busca de ese hombre. Es el mejor medio de saber si huye de nosotros y lo que esconde.
Jean-Baptiste acabó cediendo por cansancio y porque la inquietud de aquel cura era contagiosa. Y aceptó ir a dar una vuelta por el campamento. Joseph confió la cuchara a un nubio, no sin antes recomendarle que tuviera cuidado de que no se derramara la sopa. Dado que pronto anochecería y que la caravana era muy larga decidieron separarse, de manera que el jesuita se fue por un lado del coloso de piedra y Poncet por el otro. El día declinaba rápidamente. El sol rojizo desaparecía por el horizonte del desierto, y la luz rasante que difractaba el polvo del terreno difuminaba las siluetas, en una bruma borrosa. Antes de que se hiciera de noche, los dos hombres, cada uno por su lado, habían inspeccionado todos los grupos que habían podido aunque sin descubrir a nadie que tuviera la apariencia de un franco, de modo que el jesuita no se quedó tranquilo. El padre Versau le había recomendado que tuviera cuidado con las intrigas de los capuchinos, y Brévedent veía su sombra detrás de este misterioso asunto del viajero inaprehensible.
Los días siguientes fueron muy duros pues recorrían un desierto pedregoso donde no había ni una gota de agua. Joseph daba pena de ver. Cada vez que hacían un alto, iba a pegar sus labios resecos al odre de piel de cabra que colgaba de la montura de Poncet. A los dos días estallaron sus sandalias de hebilla y se vio obligado a andar descalzo por el suelo abrasado por el sol. En una jornada, las plantas de sus pies se convirtieron en una sucesión interminable de ampollas sangrantes. Poncet abrió el cofre donde estaban dispuestos ordenadamente sus re-medios, y aplicó a aquel desgraciado un ungüento que secó las llagas de los pies y le alivió el dolor. Pero, al día siguiente, cuando llegó la hora de ponerse derecho, el jesuita palideció y estuvo a punto de desmayarse. Al verlo en aquel estado, Jean-Baptiste le propuso montar en su lugar toda la jornada, pero Joseph se negó en redondo y caminó todo el trayecto sin proferir una sola queja.
«A este hombre le apasiona obedecer -pensó Jean-Baptiste-. Seguramente no hay nada que le dé tanto miedo como la libertad.»
Afortunadamente, durante las horas siguientes aparecieron en el cielo algunas nubes; hacía menos calor y el suelo, en esta parte del desierto, estaba cubierto de un polvo fino que resultaba menos agresivo para los pies. Al atardecer, cuando hubieron acampado, Hadji Ali se presentó para anunciarles que sólo faltaba un día de marcha hasta el gran oasis donde se detendrían algunos días. Luego se marchó para compartir la "cena con el jefe de la caravana. Hassan El Bilbessi había mandado sacrificar a un camello herido, y en ese momento su carne fibrosa se estaba asando en un gran fuego.
La mañana siguiente fue también muy calurosa y Joseph aún siguió con sus padecimientos. Al caer la noche llegaron por fin al gran palmeral que los antiguos llamaban Oasis Parva y los árabes El Vah. Estaban en el punto más extremo de la ruta bajo la autoridad del pacha. Un pequeño archipiélago de palmeras comunicado por estrechos corredores vegetales sobresalía en una zona de pedruscos. El oasis era casi tan grande como una ciudad. Pequeños manantiales empapaban la tierra negra y alimentaban una hierba verde, alta y compacta. Algunas parcelas cultivadas estaban rodeadas por tapias de piedras planas. Aquí crecían plantas como la sena y la coloquíntida. Por los senderos del palmeral pasaban grupos de niños de tez oscura y silueta de polichinela que cargaban, entre risas, con calabazas deformes sobre la cabeza. Siguiendo con sus costumbres, Hadji Ali, que se alojaba en uno de los palmerales donde una indígena hospitalaria le contaba entre sus clientes más fieles, obtuvo para Poncet una cabaña de ramas de palmera trenzadas en la que había una cama. Los camellos abrevaron en un estanque; luego los ataron y los dejaron pastar. Jean-Baptiste cedió su cama a Joseph y tendió una hamaca entre las dos palmeras.
3
Dos días después de su llegada al palmeral, Hadji Ali fue a sentarse junto a Jean-Baptiste, y como prueba de amistad se ofreció a preparar el té. Después de una hora larga de hablar para no decir nada, el camellero pidió al médico que entrara un minuto con él en la choza de paja.
– Mira esto -dijo el mercader en cuanto estuvieron dentro.
El hombre se alzó una de las mangas de su amplia túnica y le mostró un brazo, un hombro y la parte superior de la espalda ulcerados a consecuencia de unas pústulas de un aspecto repugnante.
– ¿Cuánto tiempo hace que estás enfermo? -preguntó Poncet.
– Tres años más o menos. El mal aparece y desaparece de repente.
– ¿Te rascas?
– Constantemente, de día y de noche. Qué el Profeta me guarde, porque en cuanto retira los ojos de mí, me desollo vivo.
Poncet le indicó que se vistiera. Salieron de nuevo, y Hadji Ali volvió a plantarse junto a la tetera. El médico fue hacia los bultos que habían apilado a la entrada de la choza y trajo consigo un frasco con un tapón de corcho.
– Úntate esto en las zonas afectadas por la mañana y por la noche, y dentro de tres días ya hablaremos.
Hadji Ali le besó las manos, tomó el frasco con precaución y salió de allí con la idea de combinar lo útil con lo agradable y dejar que su almea le aplicara el ungüento.
Brevedent, que había presenciado de lejos la escena, se sentó junto a Jean-Baptiste. Al parecer, el jesuita se había repuesto de las penurias de los días anteriores, pero aun así seguía siendo tan desconfiado y temeroso como siempre.-¿Por qué habrá esperado tanto tiempo? Podría haberle mostrado su enfermedad antes de partir -dijo mirando de reojo al camellero, que se alejaba.
– Mejor que no. Imagínese por un instante que mi ciencia se hubiera revelado inoperante antes de abandonar El Cairo. El viaje se habría anulado, simple y llanamente, porque habrían deducido que tampoco podría curar al Negus. Ahora le hemos pagado a Hadji Ali, así que estamos en sus manos. Y si tiene que deshacerse de nosotros, se las ingeniará para sacar el mayor provecho posible.
Se quedaron en silencio y Jean-Baptiste adivinó que el pobre jesuíta estaba más sumido que nunca en sombríos pensamientos.
La verdad es que el padre De Brévedent tenía poca confianza en las facultades médicas de Jean-Baptiste, sobre todo porque había tenido ocasión de comprobar sus frágiles conocimientos de farmacopea en el transcurso de sus salidas científicas. En varias ocasiones incluso había demostrado que sabía más que Jean-Baptiste, pero éste había aceptado sus comentarios sin inmutarse. «La botánica no es la medicina -había dicho-. Lo esencial es esa especie de entusiasmo e intuición que ayuda al buen entendimiento entre los seres y que permite encontrar la absoluta concordancia entre un hombre que sufre y la planta que le puede aliviar.»
Para Brévedent, aquel galimatías no era nada más que magia. Y tenía grandes dudas a propósito del efecto que producirían tales quimeras en el cuerpo de Hadji Ah hoy, y en el del Negus mañana. Pero era demasiado tarde para volver atrás; para bien o para mal, la suerte del jesuita estaba ligada a tan curioso herborista.
Para cambiar de tema y distender los ánimos, Jean-Baptiste llamó la atención sobre el nombre del oasis, El Vah.
– Creo que es una deformación de El Haweh, «aire». Habrán escogido ese nombre por el ambiente fresco que reina aquí y por ese vientecillo que agita las palmeras constantemente.