Brcvedent, por su parte se decantaba más bien por Halaoué, «dulzura». Como no se ponían de acuerdo, resolvieron que un nativo zanjara la discusión filológica. El primero que se cruzó con ellos fue un anciano que arreaba dos borricos cargados de dátiles, azuzándolos con una vara.
Los árabes aman su lengua, de manera que nadie se negaba a platicar sobre una palabra. El anciano, que tenía el rostro más arrugado que una momia, escuchó los razonamientos de los dos viajeros entre risas, y cuando hubieron expuesto sumariamente sus hipótesis, le pinchó en el pecho a Brevedent con su vara de madera, como si se tratara de un florete y sentenció: -¡No!
Y con Poncet hizo lo propio.
– El Vah -dijo, pronunciando la palabra correctamente mientras los animaba a seguirle.
Atravesaron un claro, bordearon un campo de coloquíntidas, con el anciano delante, Jean-Baptiste detrás, luego Brevedent, y finalmente los dos asnos. Por fin llegaron a un sotobosque poblado de zarzas de un verde oscuro. El viejo las señaló con la vara, y repitió tres veces:
– ¡El Vah!
La planta era una especie de acebo, con hojas brillantes, poco espinosas y de un color verde oscuro.
– La zarza de Moisés -dijo el viejo-. ¡El Vah!
Y señaló la planta.
– El bastón de Kahled lbn El Waalid es El Vah.
– ¿Quién es Kahled lbn El Waalid? -preguntó Brevedent con humildad.
El viejo frunció el ceño ante una pregunta que evidenciaba tamaña ignorancia.
– ¡El gran general -dijo-, el exterminador de los cristianos!
– ¿Es verdad eso? -preguntó el jesuíta aturdido.
– Antes el agua de aquí era amarga. Khaled lbn El Waalid golpeó los manantiales con su bastón, y desde entonces el agua se volvió pura. ¡El Vah!
Los dos hombres agradecieron al viejo sus explicaciones y regresaron en silencio.
– Y dígame -preguntó el padre De Brédevent, que veía a su compañero ensimismado en sus pensamientos-, ¿qué prodigiosas analogías le sugiere esta planta?
Jean-Baptiste hizo un gesto vago, y al llegar al campamento continuó paseando solo por el oasis.
Había reparado en que aquella zarza era igual a la que crecía alejada y solitaria en el jardín del consulado, y se acordó de que se disponía a cortar un vastago cuando apareció Alix. Y este recuerdo le sumió en una dulce ensoñación,
Hacía ya dos semanas que Alix iba cada día a casa de los boticarios, y aquello se había convertido en una agradable costumbre. El padre Gaboriau se dormía en el diván después de tomar su brebaje, mientras la muchacha subía a hablar con los pájaros y las plantas. Como había presentido Jean-Baptiste, Alix había descubierto por instinto qué necesitaba cada una, alentaba a las más pequeñas, y de vez en cuando frenaba a golpe de tijera de podar el ímpetu de conquista de las más grandes. También tenía tiempo para hojear los libros, y tocar temerosamente las empuñaduras de los floretes que colgaban de la pared. Incluso tuvo la audacia de estirarse en la hamaca. Todo aquel decorado rezumaba ausencia. Según fuera su estado de ánimo, veía a Jean-Baptiste en todos los lugares donde había dejado su impronta, o faltaba en todas partes, como una cabeza separada del cuerpo que lo ha dejado sin vida.
Tuvieron que pasar dos semanas para que, una vez familiarizada con la casa, osara avcnturarse a la terraza que daba al patio interior. Aunque todas las persianas estaban cerradas, siempre podía haber alguien que observara detrás de una de las ventanas y temía que las habladurías llegasen hasta su padre.
Las primeras veces sólo salió unos minutos. Detrás de las ventanas por donde podría ser vista no había rastro de vida, así que se armó de valor, llevó una silla y terminó pasando al aire libre la mitad de las mañanas.
Quince días después de la partida de la caravana, Alix oyó un ruidito detrás de un postigo. La muchacha se estremeció y se quedó paralizada. No obstante consideró que lo más conveniente era aparentar que no estaba asustada y no salir huyendo, como si estuviera haciendo algo malo. Al final volvieron a oírse unos arañazos procedentes de la ventana más próxima, situada a menos de un metro de la terraza. De repente se abrieron los dos postigos de golpe y apareció la silueta de una mujer en la ventana. Se llevó un dedo a los labios para que Alix no gritara, pues era evidente que la muchacha se había llevado un buen susto y que en cualquier momento se podía poner a pedir auxilio. Alix se tranquilizó, y las dos mujeres se miraron en silencio. La persona que acababa de abrir la ventana tenía la apariencia de una mujer madura; al verla, la joven se imaginó que habría acariciado ciertos ribazos de la vida que a su edad parecían imposibles de alcanzar. Todo esto para decir, simplemente, que tenía más de cuarenta años. Sus bellos rasgos de campesina resaltaban en un rostro redondo, iluminado por unos ojos sonrientes y cómplices que miraban siempre de frente para expresar a los amigos la sinceridad, y a los otros el coraje y el orgullo de los pobres. Llevaba un vestido sencillo de sirvienta, de tela marrón, del que rebosaban, como frutos de un cesto demasiado lleno, sus brazos redondeados, sus hombros fuertes y una garganta firme que terminaba escindiéndose en un surco profundo.
– ¡Amiga! ¡Amiga! -musitaba agitando una mano, y con la otra todavía en los labios.
Cuando vio que Alix se había tranquilizado, le dijo en voz baja:
– Mire a ver si el cura sigue durmiendo.
La joven asintió.
«¿Cómo sabe que hay un cura?», pensó mientras bajaba con cuidado la escalera.
El padre Gaboriau roncaba plácidamente, así que volvió a la terraza y le hizo una señal afirmativa.
– Voy a bajar -dijo la mujer con segundad.
La joven no se atrevió a contradecirla. Entonces vio que aquella robusta mujer pasaba ágilmente una pierna por el alféizar antes de saltar por la ventana con una gracia felina. Pese a sus sandalias planas era más alta que Alix. Se alisó el vestido dando dos golpes secos con la palma de la mano y se acercó a la joven. Le sujetó las manos con amistosa firmeza y alzó ligeramente los brazos.
– Realmente es usted muy bella -dijo la mujer.
Alix se puso colorada.
– Más bella aún de lo que él había dicho -agregó la mujer.
Su rostro desprendía una ternura inexplicable y reconfortante, que probablemente emanaba de su buen humor, de su sonrisa, y de las arrugas que se advertían alrededor de los ojos y de la boca; las huellas de lágrimas y de sufrimientos añadían, a la simple alegría, la seriedad de quien es capaz de asumir grandes empresas.
– ¿Quien es ése? -preguntó Alix.
– Juremi, por supuesto -dijo la mujer riendo.
La señorita De Maillet no pudo reprimir un ademán de pesar.
– Porque me lo ha dicho él -añadió la desconocida con una mirada enigmática.
La mujer tomó a Alix de la mano y la condujo hasta la silla para que se sentara, mientras ella se apoyaba en la baranda.
– Hace quince días que la observo. Sé todo de usted, su nombre, y también quién es el hombre de sus sueños. Esto es demasiado injusto. Yo también debo decirle algo. Me llamo Françoise y vivo en esa casa de donde acabo de salir. Cuando los droguistas estaban aún aquí, venía cada día a prepararles la comida. Eso es todo. ¿Está más tranquila ahora?
– Sí… no… no sé -dijo Alix turbada.
– Por supuesto, esto es un poco cruel -dijo Françoise-. Habría podido dirigirme a usted hace mucho tiempo. ¿Cree que me complacía ver cómo daba vueltas por aquí sola, a dos pasos de mí?
Un mechón espeso de cabello se desprendió de su moño de azabache, le cayó sobre la sien, y Françoise lo volvió a colocar en su sitio. Alix observó sus manos enrojecidas por el trabajo y sus uñas rotas y cortas; sin embargo eran las manos de una mujer, se veía en la calidad de su piel que tornaba invisible el relieve de las venas para darle la gracia de un objeto liso.