Выбрать главу

Me pregunto por qué le digo todo esto ahora que voy a partir; por qué la abandono ahora, si realmente mis sentimientos son tan profundos, y también me pregunto de qué sirve expresarlos puestoque me marcho. Estos últimos días he pensado en todo esto con la exasperación de alguien que toda su vida se ha negado a darle cabida a la menor brizna de melancolía. A fuerza de darle vueltas a este asunto en la cabeza, he terminado por verlo de una manera diferente que hace dichosa mi partida. Sí, Alix, quiero convencerla de que este viaje es una oportunidad, la nuestra. Si me hubiera quedado en El Cairo, nada de esto habría podido ser. En cambio, todo será posible cuando haya salido victorioso de la prueba que el destino me ha impuesto. Este triunfo me alzará hasta usted y, si usted quiere, seremos iguales y por lo tanto libres.

Desde que hice el juramento de cumplir esta misión por usted, y sólo por usted, no hay peligro que no me sienta con fuerzas de afrontar con este propósito. Cada paso que me aleja de usted me acerca más. No tengo ninguna duda del éxito de mi empresa. Volveré. Y mi única esperanza es que tenga la paciencia suficiente para esperar mi regreso. Aunque no pueda reunirse conmigo en el lugar donde me encuentre cuando lea mi carta, sepa, Alix, que tampoco me puede abandonar. La sensación de que usted me acompaña es un constante motivo de placer. Y ahí, en los caminos del desierto, libre de toda suerte de ataduras, me siento con la audacia de abrazarla.

– Y todo este embrollo -dijo Françoise cuando terminó de leer- para decirle que se ha enamorado de usted.

– Pero si apenas nos hemos visto -dijo impulsivamente la joven con la mirada ausente-. Ni siquiera hemos hablado…

– Según usted, ¿cómo se enamora uno? ¿Viendo cada día a alguien que no le gusta, durante un período de tiempo prudencial?

– No, desde luego, pero ¿cómo puedo saber que es sincero?

Alix revelaba con visible aplicación el fruto de las cavilaciones de la noche anterior.

– Un hombre que emprende un viaje semejante no tiene razón alguna para mentir -dijo Françoise.

– Puede ser un desafío, un deseo nostálgico o una fanfarronada. Después de todo, no tiene nada que perder pidiéndome que le espere…

– ¿De verdad está segura de lo que está diciendo? -le preguntó Francoise. La joven bajó la mirada, como si reflexionara un instante. Una lágrima rodó por su mejilla.-Por supuesto que no -confesó al fin-. Estoy tratando de convencerme de lo contrario, porque todo mi ser me dice que me ama… como yo lo amo.

– ¿Y tan grave sería aceptar las cosas simplemente como son?

– Si así fuera -continuó la joven, que seguía su propio razonamiento-, seré desgraciada pase lo que pase.

– ¿Se puede saber por qué? -preguntó Françoise.

– Juzgue la situación usted misma -respondió Alix, mirando a su amiga con los ojos llenos de lágrimas-. Si no vuelve de ese viaje, habré muerto para siempre. Y si vuelve…

– Todo será posible, él se lo ha dicho.

– ¡Usted no conoce a mi padre!

«Qué niña», pensó Françoise con ternura antes de añadir dulcemente:

– Va demasiado lejos. Espere sólo a que vuelva. En cuanto a lo demás, tenga confianza en él. Sería inaudito que un hombre que habrá forzado la puerta de reinos ignotos, persuadido a príncipes indígenas y ejecutado las voluntades del Rey de Francia y del Papa, no pudiera doblegar al padre más obcecado.

Alix le sostuvo la mirada con el semblante de tierno recelo que se adopta cuando un amigo le dice a uno dignamente las palabras que desea oír.

– Venga aquí todas las mañanas y charlaremos. El tiempo pasará más deprisa -dijo Françoise.

Luego abrazó a la joven, acarició sus cabellos y la dejó llorar.

Todo fue bien hasta llegar a Senaar. La gran caravana llegó a la ciudad al cabo de unos diez de días de marcha por el desierto de Bahiouda. Conforme avanzaban hacia el sur, la vegetación iba reapareciendo poco a poco. Entraron en el país que los árabes habían llamado Rahemmet Ullah, «la misericordia de Dios». Esta misericordia consistía en que ya no era necesario tomarse el trabajo de regar la tierra, como en Dongola, pues las lluvias del trópico se encargaban de hacerlo de una forma natural. Por todas partes se veían pastos verdes, arbustos de gran altura e incluso grupos de árboles. Gracias a estos favores del cielo, los campesinos estaban descansados y se contentaban con pasear a sus asnos cantando.

Senaar, la capital, estaba situada a orillas del Nilo azul que desciende de las montañas de Abisinia transportando lodo de esquisto. Erauna gran ciudad agrícola y comercial dotada de ricos bazares, bellas mezquitas y un palacio residencial donde el Rey y su corte vivían permanentemente. Todas las construcciones eran de piedra y una argamasa de arcilla roja.

Durante esta última etapa del desierto, el viaje transcurrió sin incidentes. Tras la alegría del reencuentro, el maestro Juremi se había vuelto tan silencioso como de costumbre y hacía gala de su mal humor habitual. Entre el jesuíta y el protestante había una relación de tregua armada. Se evitaban y sólo se dirigían la palabra a través de Poncet, que se veía obligado a su pesar a actuar de mediador entre los dos hombres. Pero Joseph se sentía más fastidiado aún pues mientras su enemigo viajaba como un señor, él se humillaba como criado, tenía que cargar y descargar las bestias, preparar la sopa en cada alto y llenar los odres en los pozos. Aunque Poncet le sugería que hiciera oídos sordos, Hadji Ali le daba cada vez más órdenes directamente. Pero ahora estaban en tierra extranjera y el camellero ya no les temía, así que lo mejor era ser prudentes. El supuesto respeto que dispensaba a Jean-Baptiste no era óbice para que el caravanero no desperdiciara ninguna ocasión para exigirle el pago de exiguos tributos que siempre terminaban siendo grandes sumas. En pleno desierto de Bahiouda, Hadji Ali aprovechó un alto para intentar un nuevo chantaje. Llegó a la tienda de los francos acompañado del impenetrable Hassan El Bilbessi, envuelto en un turbante que sólo dejaba a la vista sus ojos enrojecidos por la arena.

– Dentro de dos días llegaremos a Guern -dijo Hadji Ali-. Es un puesto de guardia para controlar las viruelas.

Explicó que en las fronteras del reino de Senaar, el Rey, a quien aterrorizaba esta enfermedad, había mandado establecer puestos de guardia para someter a cuarentena a los viajeros sospechosos.

– Hassan dice que conoce bien al jefe -prosiguió Hadji Ali-. A los árabes los dejará pasar. Pero no se fiará de usted, así que nos veremos obligados a dejarle allí y continuar solos. A menos que…

– ¿A menos que qué?

– A menos que le dé algún dinero para convencer al funcionario.

Hadji Ali mencionó una suma exorbitante. Luego siguió la consiguiente comedia con Hassan El Bilbessi, con el que hablaba en dialecto, mientras este último sacudía la cabeza como un campesino testarudo que no quiere saber nada. Al final bajó el precio, pero tuvieron que pagar. Dos días después llegaron al puesto de guardia y encontraron los edificios abandonados. Probablemente habría pasado el peligro de epidemia, y las medidas de cuarentena se habían suprimido. Pero ni Hadji Ali ni Hassan quisieron devolverles el dinero que sin duda ya se habrían repartido.

En Senaar todo empezó a las mil maravillas. Se presentaron en el palacio para darle al Rey sus cartas y sus presentes. Como en Dongola, el soberano, al saber que Poncet era médico, le pidió que curara a uno de sus parientes. A partir de ese momento las cosas dieron un giro.

En una estancia contigua al salón del trono, el Rey había convocado a Poncet y al maestro Juremi, pues en la carta de presentación rezaba que este último era un boticario titular. El soberano era un hombre enjuto, con la piel negra y mate como el carbón; sus ojos pequeños reflejaban la inquietante crueldad de quien ha ordenado muchos actos espantosos y teme ser objeto de venganzas aún más abominables en el momento más inesperado. Hadji Ali no fue convidado al examen pues el Rey en persona iba a explicar el asunto en árabe, lengua que Poncet y el maestro Juremi comprendían perfectamente. Un guardia hizo entrar a un muchacho de unos catorce años, que pese a su edad era más alto que los dos franceses. Por mandato del Rey, el joven paciente se desprendió de la túnica negra con bordados en oro y enseguida se hizo patente toda su delgadez.